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Ya estoy vieja. Fui puta. Estudié matemáticas. Vivo sola. Sobre la descendencia, lejana, nada sé. Abandoné para siempre a mis padres y al barrio natal cuando cumplí catorce años. No lloré. Mi pseudónimo es Niarral. Viajé. He venido adquiriendo el sentido de la temporalidad como vacío. El día está nublado. Hay silencio en mi habitáculo. Ahora soy pobre. Tengo de qué subsistir. Un perro ladra en el vecindario. Llega otro invierno. Los árboles se deshojan. Conocí a muchos hombres. Secas están mis manos. No salgo. Hago el aseo. Nunca supe qué es el amor. Como y bebo poco. Lo que sea. Dios no existe. Duermo desnuda. Antes leí. Duelen los huesos. Soy indiferente a la emoción ajena. Hablo varias lenguas. Nada debo demostrar. Carezco de deudas. Me resta un millón de dólares. Bastan y sobran. La tecnología bancaria y almacenera se ocupa de mis asuntos, mediante el teléfono y el computador, donde me hallo escribiendo esto. Me gustaba cantar. En eso residió una especie de felicidad. Me fue propuesto ser profesora. Preferí aprender. No lo obtuve. La búsqueda de alegría en la actividad sexual era gris como este día. No encontré hombre válido. Mis precios eran elevados debido a la llamada hermosura. Se inventa en sociedad nociones como belleza, inteligencia y bondad. Son tonterías. Debí ser de sexo masculino. En ocasiones fui gratuita. Tampoco aprendía con esto. Los hipotéticos padres se encargaron de los cinco hijos. No me interesaba la maternidad. Un viento remece a las ramas que veo por la justamente apelada ventana. Como en inglés: window. En el ejercicio sexual no tuve trabas ni pudor. Hice todo eso que no se debe hacer y sobre cuyo detalle poco vale la pena entrar; la pena. La pena es un sentimiento estéril. Reparé en mi en mi envejecimiento y en mi vejez -cumpliré pronto noventa años- con posterioridad a la menopausia. Ocurrió en aquella noche del martes en agosto. Hace treinta años de eso. Comprendí de súbito que mi vida ya había sido lo mismo que nada. Ninguna huella quedaba en el camino. El impulso hacia la búsqueda desde su negación estaba hecho mil pedazos de olvido. Todo pudo ser tan distinto. Nunca he logrado comprender a los hombres. Son maquinarias de la ausencia. El semen tiene el sabor nutritivo de un gargajo. Jamás toqué a una mujer. No tengo amistades. Una bocina resuena en la calle. Sobrevivo en esta ciudad indigna. Riego las plantas. Debí ser vegetal. Debí ser tortuga marina. Nunca robé o maté. Salvo moscas. Y a mí misma. Soy suicida fracasada. De niña sorprendí a mis padres golpeándose. El odio era evidente. Algo, no sé qué, se extinguió entonces definitivamente en mí. Huí del tiempo. Mi cuerpo crecía. Setas me salían frescas en el pecho. Una tarde sangré. Me lavé. Nada dije. Yo ya había leído todo al respecto. Fui interrogada a los trece años por esa pareja, padre y madre. Callé. Miré a ella y a él. Vi la mentira allí viviente. Pronto, como dicho, partí. Yo inventaba frases, canciones y números mientras caminaba al azar del consuelo. No. No los inventaba. Llegaban saliendo por su cuenta a mí. Pedí auxilio, acogimiento, a un señor distinguido y solitario, quien me desfloró. Consentí de antemano. Estaba decidido: seré puta. Cobré, pues. Fui remunerada. Más que eso, fui instalada en esa casa desde donde proseguí los estudios gracias a José. Él trabajaba. Durante el tiempo libre realicé el sueño de una límpida prostitución. Escondí el dinero evitando la inflación gracias a un instinto agraciado sobre cómo funciona el sistema financiero: es un secreto que quizás narraré. Calculé. Sí. Ya tenía lo suficiente como para ser autónoma y vivir mi vida. Otra vez partí sin tampoco esta vez despedirme ni dar las gracias a ese hombre. La desfloración repetitiva y repetida me quemó el fondo durante largo tiempo. Cambié el lugar de estudio. Obtuve muy buenas notas. Fui orientándome hacia las matemáticas por detestar sus postulados. Mantuve la práctica indiferente de la prostitución. El cielo sigue nublado. Se aproxima la noche. Debo encender la luz. Siento ganas de cagar. Las postergo. Obedecen. Ya no fumo. Partí pues en resumen a la libertad de mi vida. Estuve en numerosos parajes y países. Bebo leche. Ignoro para qué ha sido todo esto. Recorro la historia de este cuerpo iletrado. Arrugas de piel hecha papel son recorridas por mis dedos. El reloj está detenido. Recuerdo páginas pintadas de musicalidad.

El sentimiento de culpabilidad proviene del sentimiento de culpabilidad. Tal redundancia o verdad tiene desde la Biblia su representación como vergüenza tras el “pecado original”. Adán y Eva son expulsados del Edén por haber caído en tentación satánica de soberbia y mentira. Al lado de acá de la puerta custodiada por dos arcángeles celestiales la pareja se siente culpable en todo, generación tras generación. E incluso su acción de bien, como procrear a Caín, se le transforma luego en remordimiento, por haber adquirido una conciencia cualitativa y moralizada, recordativa de la soberbia, sobre sí misma: mal está sentir que hice bien, soy otra vez culpable.

Esta culpabilitis -acertado y culpable neologismo- se amplía hacia el interior de sí misma y hacia su exterior.

Hacia el interior: soy culpable no sólo por ser pues bien pude culpablemente “no ser” v.gr. atando con disimulo el cordón umbilical al cuello sino además por cualquiera cosa bajo el sol. Culpable de haber robado, culpable de este amor calculado, de mi éxito que postra a otros en su dolor de fracasados, de ese dolor reverberante o  indiferente en mí, de mi saber aplastante y fingido, de esta falsa modestia, de dormir poco o en exceso, de mis sueños barrocos, la declaración fugitiva de inocencia introspectiva, el sarcasmo, la humillación, la ofensa, otra mentira, la caricia mecánica sobre aquel cuerpo rutinario, la infidelidad, la blasfemia como imán para un desconcierto escandalizador y narcisista, la grosería. Son ejemplos. La lista podría ser más larga. Culpable por abreviarla, perezoso, eres. Culpable del pecado imitativo en tus hijos. Culpable de atribuirte culpabilidad generativa y degenerada. De condenar aun por pretexto cívico de ordenamiento social. Sin entrar en más detalles como violar, cometer pedofilia, asesinar, declarar la guerra.

Y hacia el exterior: soy culpable por haberte hecho creer en el amor que jamás sentí, soy culpable del rebuscamiento en mi palabrería exacta, elegante y concisa. Soy culpable de culparte hasta hacerte sufrir como culpable. Culpable por la pérdida de tiempo en una sociabilidad desvalorizada. Del desdeño altanero hacia la humanidad particularizada en quien sea y por ejemplo por ahora en ti. De la dialéctica huidiza y auto-justificativa. De la ermita que me leva a Dios en la cripta hermética de algún falso o “metafórico” San Pedro. Del militantismo figurón y arribista. Del consejo vano. Del suicidio filial pronto atribuido a acceso de locura. De mi alcoholismo, del fracaso matrimonial, del orgullo en el acto de escribir, de ti, del tiempo, del conflicto israelí-árabe, de la nada misma, del Demonio. Podría seguir. También aquí soy culpable de no hacerlo. Culpable de respirar cansancio, de besarte en letras, de botar un voto en la urna del cadáver. Culpable de cualquiera cosa, de casi todo, del casi, del adverbio “quizás”, de la norma, de la hipérbole por no decir exageración.

Soy así culpable en el interior y hacia el exterior. Juicio final: culpable. Culpablemente perdonado por la culpabilidad condescendiente de Dios y por el tranquilizador olvido de la ceremonia social, también culpable. Conclusión: somos culpables. ¿De qué? Ya lo dije: en esencia, de serlo. No es posible vivir así. Alguna gente se suicida por no soportar tal permanente conciencia. Y también culpable -otra vez incluso por lacónica indiferencia- es de ello. El hijo pequeño llora, culpable por desamor. Se hace virtuoso monje culpable de autoritarismo sobre su puritana moralidad.

No hay solución. Sí. La hay. Consiste en que el ser inocente sintiéndose culpable de Hiroshima haga en efecto su Nagasaki. El sentimiento de culpabilidad adquiere así una justificación real. Ya no soy culpable como en la tautología inicial sólo de ser culpable y en consecuencia de detalles. Ahora soy de hecho culpable y nada más. La delincuencia lava al pleonasmo. Te estrangulo como Althusser a su esposa Hélène para borrar de mí la causa del sufrimiento culpable: su redundante injustificación. Ahora sí, sin reiteración de sí misma, soy sólo y derechamente culpable. Nada más. Grito en el patio de la rue d’Ulm: “¡La maté!”. Como soy filósofo (de mis cojones) me veo condenado no al presidio sino al manicomio. Por un tiempo. Luego recobro la libertad. Y escribo la más bella página sobre el amor. Por fin soy verdadero. Mi culpabilidad es inocente. Camino solo y cansando. Pronto muero.

Moraleja: es necesario pecar para ser santo.

No lo digo por gusto a la paradoja, me guste ésta o no. Lo digo porque así es. Cualquier delincuente juvenil o bancario lo sabe. Ud. también.

No releo.

La noche duele en la boca. El sueño no es inocente. Su contenido trae las trazas de mañana. El alumbramiento de la nubosidad matutina resulta retroactivo. Duele la boca en la prosecución de la noche durante el día. Los sueños portan luces que los despiertan inconsolables. Otra vez se vive. Otra vez. Cansa vivir. Descansa para la repetitiva fatiga matutina dormir. El tiempo se paraliza en su simulación. Nada le responde. Callan las golondrinas invernales. La bolsa de comercio pone números a la clasificación social. Nombres de ciudades son reiterados en la televisión. Nadie en realidad está. Sobre sí se yergue cayendo la tecnología de la omnipotencia humana. El pájaro de fuego dicta sus últimas seis notas. No hay nombres de hombres. La prostituta ora en su soledad. El ser ya carece de ser. Se desvanece el concepto de la tristeza. La música ha fallecido. Restan cadáveres sonrientes en su osamenta. La locura no existe. La vida eterna ha llegado a su fin. El credo era sombra en la caverna. En el principio era el verbo. Nada hay dentro de la nada. El fuego se ha apagado. No quedan agua, viento ni piedra. Las estaciones se igualan. El norte no tiene más sentido que el sur. El polen es ficción. Nada hubo.

Miente la Historia.

La noción de sentido no tiene sentido. Duele indolora la boca en el día. Caen los dientes amarillentos. Frío sienten desde los huesos por su interior los pies. Es un frío insensible. La mandíbula ha sido extraída por la intemporalidad. Cortada ha sido la lengua. El corazón muerde al pulmón izquierdo. El ave carroñera observa esperando su turno en la Historia que jamás existió. Una especie de extraña risa rodea todo este vacío de amor. Nada llora. Nada implora. Nada hay que busque nada. Simulacro sería la escoria de la existencia. La basura se revuelve en parodias de la fe. Su humo envenena incluso a la nada del infierno invernal. Los ángeles se precipitan según el dictamen de Hieronimus Bosch y de Brueghel el Viejo. La ortografía de los muertos no respeta regla alguna. Brujas queda en Chiloé. Es en todo tiempo y en todo lugar que toda la vida ha llegado a su fin, eterna, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de todas las siglas verbales, amén. El demonio habría demostrado a la divinidad. Duelen sus nocturnas fauces. El Nictálope merodea al Amor: “Me rodea”.

Verdadera es la Historia.

Quiero algo imposible. Quiero amar. Amarte. No sé qué es. Es lo que quiero. Amarte sería que estas palabras fueran música cantada por ti. Sería que yo descubriese en tu descubrimiento el cántico aún no imaginado y redescubierto en tu voz. Amarte sería hallar en mis palabras jamás pronunciadas su pronunciamiento por ti. Amarte sería esto de ahora mismo, aquí, con el día y los pies helados. Sería besarte sin la necesidad de un beso. Sería recorrer tu piel en la nocturnidad del día. Sería leer tus labios y en ellos la historia de la tranquilidad. Dime, ¿por qué las cosas hermosas de la vida suelen ser tan tristes? ¿Por qué la alegría precede indefectiblemente al desconsuelo? ¿Por qué un huérfano muere de soledad en Afganistán? Dime tú por qué no estás conmigo estando en mí. Dime por qué el tiempo pasa y pasa. Amarte sería que existieras. Yo te regalo esta poesía que conoces letra a letra de antemano pues es tu poesía recogida en mí. No olvido a la tierra. Dime, ¿qué es amar? ¿Es esto? ¿Tú crees? ¿Es esto amarte? Quiero algo imposible. Quiero que esta canción esté en las letras y alrededor de las letras. Quiero a la gente humilde. Quiero renacer para inventar otra vida más. Con ésta, otra, distinta, con ésta, otra, con ésta. Quiero a la palabra paseo. Quiero a la palabra ciudad. Quiero a la palabra que está escrita así, palabra. Te quiero. Eres la casa. Eres el jardín en las cuatro estaciones. Eres el camino que lleva al camino. Ya no sé qué más decirte. No cómo decírtelo. Las flores y el cielo huelen a ti. Hueles a la perseverancia de la piedra. A la llamarada del volcán.

Se acerca la soledad de la noche sucesora de la soledad del día que precede a la soledad de otra noche culminante por fin en la soledad fría y rígida del ataúd durante la noche constante del cementerio donde el vecindario acogedor huele a podrido. Digna de compasión es la profesión de guardián de tumbas quien me robó los zapatos y dejó resumiendo en pelotas. El cuerpo se va también resumiendo en descarnadas y desnudas ramas óseas pronto hechas polvo llevado entre hendijas por el viento de la polinización bíblica. O los gusanos optan por otros cubículos más juveniles. Son pederastas. El guardián substrae para sí, además, la madera terciada vendida a la avaricia familiar como tepa nativa y revendida como aserrín que antes nos recubría. Revende eso con certero disimulo a una organización caritativa especializada en la industria de las mediaguas donde habitan seres pobres como yo metamorfoseado en ermitaña termita. Observo. Saco conclusiones sobre la vida humana. Me nutro de plástico por sentir sed. Descubro la ley de la porosidad inmanente en el movimiento. Huyo dejando otro hoyo de ese habitáculo. La pluviosidad será justiciera. Vuelo cual lágrima de luciérnaga por el competitivo y moderno plenilunio. Voy por el aroma al cementerio sobre cuyo pasto gente de alcurnia juega golf. Evito las pelotas. Bajo el tallo amarillento del césped hay epitafios. Por egocentrismo busco el mío, olvidando que ya sólo sé escribir mas no aun leer. Flores artificiales están dispersas por el campo. Este club huele a gato encerrado. Invento pero omito mi vergonzoso epitafio que ni siquiera esta neoliberal e inédita publicación admite. Y

En la construcción eclesiástica donde ocurrió mi funeral no había prácticamente nadie. Fui en la vida indiferente, odiado o amado por miserables iletrados. Un cura desconocido, de posta, hizo una homilía torpe sobre mi vida y el Espíritu Santo. Yo, dentro de la caja ya en negociación, reía de pena. Si no hubiera estado muerto, habría saltado ahogándome inundado en el llanto energético de la risa. Pero estaba muerto. ¡No podía creerlo! ¿Tanto esfuerzo para esto? Dios mío, dame tu mano. Las huevas. Para después será, puh. Si hay después. Dios no se apresura. Es como el Papa. La eternidad consiste en la música de la nada, donde nadie en rigor ya nada. Algunos huesos que son fruto de la dictadura flotan no obstante por ahí, dispersos, sobre el mar, más denso que aquéllos. Para ser exacto, durante el funeral los seis espectadores presentes se aburrían como yo sin saber por qué estaban ahí. Todos se rascaban las manos. Había mi aliviada madre ya viuda, una hermana, un desconocido, Francisco de Asís si no me equivoco y dos ex amantes de sexo femenino como corresponde según la aristotélica y luego aquiniana ley natural. Detesto esas columnas negras y retorcidas del Vaticano. Pero ya no estoy en situación de polemizar. Soy luciérnaga de cadáver. Viví para amar. No lo logré. Que yo sepa, no. Por el momento me drogo entre amapolas y me siento mariposa al sol.

No fue difícil vivir. Era otro observatorio pagado por el trabajo desgraciadamente platónico pero unificado de la bondad, la inteligencia y la belleza. Condiciones efímeras, es cierto. Mas todavía envidiadas en esta obra del sexto día donde reinan como consecuencia lógica la indiferencia, el rencor, el odio y la venganza de la aparente ausencia. Las angelicales lumbres del pensamiento divino me recogen desde el pasto llevándome hasta el Reino, desde donde releo por redescubrimiento nuestro común epitafio, aquí ya titular. Sí, Manuel Contreras Sepúlveda. Sí, Carlos Altamirano Orrego. Sí, Flaca Alejandra. Sí -pero sin Purgatorio- yo.

No se crea que el Cielo es una lata de letanías o de bailes glamorosos entre ensordecedoras trompetas. No. Es la comprensión universalista y más que universalista, es la total, del amor cual paz. La naturaleza innatural es allí sencilla admiración gozosa de la sabiduría intemporal de la temporalidad tan pequeña donde cual luciérnaga estábamos. El espacio muere en cuanto tal pues no hay distancia, a pesar que tú sigas siendo tú; y yo, yo. Los cadáveres de alma indefectiblemente resucitada vivimos ya. Es la magia conmovedora de la Creación. Por siempre, incluso en los clavos de la Cruz, incluso allí, el amor es más fuerte que el mal. El mal es el clavo. El amor es el grito a menudo incomprendido del Hijo sobre su abandono por el Padre. Ese grito grita amor por la partida transitoria a esta mierda humana. Cristo deja su comprensión incomprensible sobre nosotros. No maldice a Eva, a Caín o a Judas. Jesús permite ser suicidado para ser la buena nueva de este hijo pródigo en pronto retorno. No comerá ya desperdicios echados a los respetables y comestibles cerdos. Entrará con el permiso venial de ambos arcángeles al Edén donde saboreará para nosotros la fruta del árbol de la vida como escribió esta vez magníficamente, por error, Goethe.

Nada importa en el Cielo la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Ese vegetal ha muerto sin ninguna posibilidad de resurrección. Es la higuera que Jesús quemó. No hay perdón del absoluto. No al atentado contra el Espíritu. Aquel árbol simplemente nunca ha existido desde acá. Torpe fue, es y será, pero no por siempre, ese escribiente genético y bíblico que osó poner en la boca del Señor, hijo de María, esa huevada sobre el total conocimiento ya entonces actualizado de la cretina humanidad (Gn. 3.22).

Dios no perdona. Tampoco condena. El Mamo sí pide o pedirá perdón. Yo, precoz, ya lo hago. Si el infierno está aquí, en ti y en mí por ejemplo, es que la inclemencia vigente entre el dinero y la avidez han desaparecido Allá.

El cansancio lleva al renacimiento. De allí, sin altanería, el próximo y definitivo bautismo, Mamo.

Esta página no existía. Luego sí existió, en blanco. Ahora, frases se desplazan por ella. ¿Qué dicen? Que se interrogan. ¿Sobre qué? Lo ignoran. Las alternativas son innumerables. Una de ellas, variante en el camino, ha de prevalecer sobre las otras, aunque en cierto modo por lo menos indirecto las contenga y reciba su influjo que modifica al sendero y a su obrero. También podría ocurrir que la página termine aquí mismo. Un nuevo vacío se abriría, llenado por Ud., si lo llena. Pero en el fondo toda sinfonía es inconclusa. A la presente página, aun completada, sigue potencialmente la próxima. Y, quién sabe, actualizada, plural, infinita, posterior incluso a su publicación eventual.

El obrero coge la pala y escribe: “Dios es”.

Observa el hueco hecho en el plantío. Un pájaro cruza el cielo. Hay nubes. Lloverá. Alguna gente observa. El riachuelo emite su sonido diagonal de agua en las piedras que brillan bajo la luz del día. Unos peces cruzan el cauce culminante tramo a tramo en el mar. Otras paladas son asestadas cortando vegetación.

“Si Dios es, está aquí”.

Una joven mujer se acerca y pregunta al forastero -quien siente serlo de todo lugar- “qué haces”. “No sé”. “Yo sí. Vas haciendo una senda que se detenga en un espacio donde construirías tu casa. Está prohibido. La tierra aquí ya tiene propietarios”. “Haré bien al sitio. Seré cultivador de cerezos. Ven conmigo”. “Vivo con mis padres y hermanos. Pero te acompañaré durante un rato”. “Amenaza llover”. “No importa. Eso sí, no me tocas”. Avancemos en silencio”.

“Dios está en nosotros”.

La construcción tranquila de la casa progresa. Se ve el lago. Hay conejos. Llega una perra vagabunda. La mujer tiene un hijo. Aparece el propietario, estatal, quien felicita a la pareja por la obra realizada. Le vende a crédito dos vacunos, seis gallinas y un gallo, más semillas de flores. La pareja agradece. La familia numerosa de la joven madre llega de visita. Se la ve contenta ante esta nueva situación.

“Está en nuestro hijo. Falta una hija. Somos felices”.

La página llena el vacío anterior con la materialidad espiritual de la vida. El padre, la madre, el hijo, la hija y el entorno están conscientes de la lejanía por el viento que trae humo ciudadano. La soledad es así para ellos comunitaria. Este paraje es idílico. No molesta la noción de la muerte. Vecinos construyen casas alrededor.

“Esto es ya más que una página”.

Dios mío, ayúdame. Haz si es tu voluntad que las siguientes palabras, dudosas para mí, pasen de su potencialidad a su actualidad, para el bien complejo de la humanidad. En caso que tu voluntad esté en el sentido contrario de mi proyección por ahora sólo embrionaria pero sabia, oh omnisciente, por ti, te imploro en nombre de ti y de la libertad a veces maldita de la cual he sido beneficiario por tu creatividad, un completo silencio.

Veo que sigo. La libertad otorgada es más amplia de lo imaginado. O lo es la fuerza del Demonio. O no escuchas ya por cansancio empírico e incrédulo mi pobre plegaria. Pero continúo, en consecuencia, ignorando si soy digno de ser creído por ti, tú, ser mudo para el alma que no quiere oír, por el simple hecho inocente de desconocer el significado, por ejemplo, de “querer” o de “oír”. Salvo de modo apenas aproximativo. Es decir, abreviando, nada. ¡Pues no afirmarías que tu Resurrección poco envidiable deriva de un “casi no”! Caso no es casa. Ni excepto por excepción exponencial, por lo demás únicamente hipotética, regla. Menos aún de vertientes reglas.

Escribiré nuevamente sobre el asco. Lo haré en dos pasos. Ninguno se relaciona con tragar babosas crudas y maceradas en zumo de semen hermafrodita. Los ejemplos son peores, o sea más cercanos. Se experimenta repugnancia vomitiva por el excremento diarreico y fétido de la novia(o) que por todos los miasmas en la estrella Sirius, comprobadamente existentes  gracias a la innovadora ciencia física cuya refutabilidad ni siquiera Popper desdice.

El primer paso será descrito brevemente. El segundo con un poco más de largueza. Se refieren respectivamente a una tortura en campo chileno de concentración durante Pinochet. Y el segundo a un concurso caro pero libre que tiene lugar cada 12 de octubre año en la fea ciudad de Lugo, en Galicia, España, desde 1940. No seré de descripción minuciosa a fin de evitar desagrados y quién sabe qué más.

Este proyecto modesto busca mostrar por hechos elocuentes algo poco novedoso. El asco no es algo objetivo como sí lo sea por lo menos en sus inicios una adicción a la coprofagía por ejemplo. Yo no tragaría sin desde luego náuseas la defecación de Ud. ¿Ud. sí la mía? ¡Hasta la idea salivar y lengüeteada de un anodino beso le provoca rechazo! Sin hablar del hecho que por lavar culpabilidades cuya causa está poco profundizada si no ignorada le lleva a asear con agua y jabón sus manos tras el contacto de un billete, de un populacho sudoroso o de un sapo cuarentón que  por sí mismos no tienen nada más de repugnante que el aire o el mar. Dicho en otras palabras, el asco no es el asco. Es el sentimiento del asco aplicado y luego por repercusión derivada de algo. ¡Se puede tener asco hasta de Dios, explicaba no sin argumentos condenatorios el Marqués de Sade!

La cuestión reside por tanto no en suprimir al objeto nada objetivo de la repugnancia sino el sentimiento subjetivo aunque objetivado de su ser hecho reincidente y callejero vómito, por ejemplo. De más está añadir que para expresar esto he debido experimentarlo y suponer que Ud. al menos por sincronía también. No se avergüence por tal reconocimiento que además puede negar sin enfado y sin que le importe suscitar perfecta incredulidad: ¡ya tras el destete el bebé sufre arcadas cuya acritud a él mismo molesta, según mi recuerdo!

La supresión del sentimiento asqueado es simple y compleja. Simple en cuanto sólo exige distraerse de la realidad y de poner la atención en cualquiera otra cosa, como incluso una inocente paloma cagando sobre mi calvicie que limpio de inmediato acudiendo a un preventivo trozo de papel depositado en el próximo basurero urbano, sin que por ello el ave haya aún dejado de celebrar su exacta puntería y de reír de pico superior a pico. Y de hecho la gente en Chile no anda escrutando el cielo sino más bien por ancestral pesadumbre el suelo.

Pero hacer abstracción eficaz de aquel sentimiento exige además su desplazamiento y fijación en otro objeto -como una flor del pensamiento, una ola o un bello par de tetas- y, sobre todo (aquí está lo esencial), en que tal fuga sea realizada sin tener conciencia de estar siendo llevada a cabo. Paso de la mierda en la esquina a la flor y borro así el sentimiento del asco aunque para perseverar en tal éxito siga mi camino con la memoria todavía olfativa del pensamiento en flor y con una admiración intima por la belleza de las palabras y de su practicable movimiento. No miento. El método es, que yo sepa, infalible. Popper no lo refuta, por no haberlo imaginado. Gratuito es el consejo que doy a Ud., señor y, en particular, señora. Pues ceder al sentimiento del asco lleva con frecuencia  defecar y es por eso entre otras razones como la temperatura ambiental que el ser civilizado usa falible, sí, un pantalón más calzoncillos si es hombre u otros protectores si mujer. Motivos culturales e ideológicos tornan más “asquerosa” a una mujer que a un hombre cagados por la calle. ¿O no?

De todo hay sin embargo en la viña del Señor. Conocidos son los casos de algunas personas que gozan defecando en público aunque disimuladas ante la vigilancia policial no siempre totalmente ajena a tal vicio. En lo personal, opto por salubridad no correr riesgos sin salir de mi límpida casa o si no puedo evitarlo a causa del Banco por hallarme atravesando cual hormiga un frondoso bosque de flores del pensamiento donde el mío se extravía en gracias al Señor, a sus nombres y a mi libertad por Él dada.

Mi lenocinio funciona perfectamente. Concebí un sistema rentable, sencillo, limpio, donde sólo son permitidos cinco clientes, uno por día de lunes a viernes. No tienen horario para ser servidos. Yo no aparezco en nada. Tengo una empleada bien remunerada que se ocupa del papeleo. Se paga sólo en efectivo. Cada cliente ha elegido a su niña sin cambio posible. El correspondiente quinteto de jóvenes son cultas, hermosas, honestas, etc. Ningún dinero circula entre ambas partes. 50% va para cada chica, esto es, $2 millones al mes. La otra mitad es para mí y en ¼ para la empleada intermediaria que ya mencioné. Yo guardo el derecho gratuito de estar íntimamente con una putita jamás menor de edad cuando yo quiera, haciendo esto compatible con la organización eficiente del hogar. Ningún nombre figura en la empresa. Relaciones de simpatía son indispensables. Si se ha comprendido bien, en el lugar -elegante- nunca habrá más de tres personas. Pues cuando me halle allí yo, sábado o domingo, ningún cliente habrá. Y en realidad seremos sólo dos, porque la empleada descansa durante el fin de semana. La atención además es diurna, de 9 a 21, y no nocturna.

Habrá música únicamente clásica, excluidos Wagner, Bruckner, Berg o polifonías por lo general pomposas e insoportables de ese tipo. Ninguna droga propiamente tal será permitida. La decoración del departamento -no casa- es agradable para cualquier hombre de clase alta. Yo mediante un amigo elegiré a los candidatos. Como asimismo previamente a las beneficiarias de su absoluta generosidad corporal. Serán jóvenes delgadas y de preferencia rubias, como las querría yo. Su confianza al respecto depende ya de Ud. Sobre mí ya se sabe lo suficiente en este sitio de Internet. El cliente ha de ser preferentemente maduro, de buen aspecto y en ningún caso obeso. Un certificado médico de sanidad genital será exigible pues este lugar funciona sin la incomodidad del condón. El recurso a la sodomía está prohibido. No así la fellatio. Pero sin violencia. Hay personal para disuadirla.

Conviene que el vecindario no se entere de esta empresa. La discreción, la sobriedad, son por tanto exigibles, incluso por cierto en las mujeres. Ello no excluye la deferencia ni la pulcra elegancia. He evitado el recurso aquí a artificios propios de Las Vegas, como baños turcos o aromas sofocantes.

Las cinco mujeres elegidas lo serán por razones obvias pero también por otras menos evidentes, del tipo lenguaje.

Si en este texto falta información, que me sea pedida. Es la primera vez que propongo la instalación de un burdel además correcto. La iniciativa más que vergüenza me proporciona entre esperanza monetaria, risa y, sobre todo, comunicación.

Mis datos personales figuran varias veces en este sitio. No temáis. La cultura forma parte del cuerpo. El contacto de la carne con la carne es una reiteración. Todo el asunto está en quererse de mirada ensoñada por un distributivo dinero durante un maravilloso día. La caída en amor no se halla interdicta. Sin que mi proposición represente un anhelo de sacerdocio en humilde congregación. No. La directriz moral es el dinero y el placer asegurados.

P.S. Instalada está ya y en buen funcionamiento una casa de putos para señoras necesitadas. Ayúdanos, Señor.

“El Mercurio”, diario chileno, más que mentir, hábito éste popular de cada día -sea en grande o en chico- es sobre todo una soberana mierda, es el excremento agrio de la incultura nacional. Carece de toda dignidad. Pone por ahí a algún “negro de Harvard” bien pagado para que juntos den una ilusión falsa de objetividad, de apertura y pluralismo. Se hace llamar este periódico “el Decano” habiendo sido precedido de lejos en el tiempo por “La Aurora de Chile”. El fundamento de su riqueza financiera, en ocasiones muy titubeante como durante su condicionamiento político y económico por el Primer Infante de la Nación, es decir ese asesino y ladrón que impuso su horrible dictadura al país, es más que evidente: la obsecuencia pavloviana. Me da asco que un hijo mío lea esta mierda. Su ética consiste en la conveniencia entre el va y el ven. Si me conviene, voy. Y si no, me voy. Así su propietario gracias a Federico Santa María, Agustín Edwards, no dudó un día para huir de Chile tras la elección popular de Salvador Allende, ni otro en regresar tras el golpe de Estado. Ignoro cómo irán a morir ese hombre y sus mayoritarios secuaces. Nada deseo al respecto. Pero imagino inevitables y merecidos gritos de dolor, de soledad, fingimiento, un sufrimiento cercano a la soberbia frustrada del propio demonio. Cuando se vive sólo por el dinero además realmente acaparado gracias al abuso de la gente pobre, la vida entera se condensa en el instante eterno de la completa infelicidad. Esta eternidad se horroriza y es exactamente dantesca. Yo no odio a esta mierda, donde aprendí por lo demás a leer un lenguaje asaz defectuoso, como hasta hoy, aunque menos descuidado v.gr que su competidor “Las últimas noticias” o “La segunda”, sin hablar de provincias. Tampoco como es obvio amo toda esta caca. No me habría disgustado mejorarla en el plano moral, donde por ejemplo ese otro ser repugnante, de cilicio escondido, Hasbún, cohabite con las putas de los saunas y otros masajes mercuriales. No. No odio esto. Es lástima que me da. Es… virtud de compasión que el excremento me proporciona. La compasión duele. Lástima de la visibilidad de la cobardía. Propuse una vez tras el exilio trabajar allí. No hubo respuesta. Era lógico. Satanás había adivinado mi incompatibilidad con él. Hay momentos de dulzura y de maldad en el periódico del veneno metálico y comerciante. Priman entre tales momentos del constante memento los últimos. No digo con esto que lea “La 3ª” o “La 4ª”. Antes tales opciones, no lea nada. Mejor diario era “La Época”. Pero nuestro Decano se la “compró” corrompiendo a los falsos y serviciales izquierdistas de antaño y de este persistente hogaño en quienes sin que les importe nada creo. Menos mal, ahora tenemos a Piñera…

Hay numerosos motivos o impulsos para ponerse a escribir. Uno de ellos consiste tras un período relativamente largo de excesivo ocio, entre bostezo y bostezo, de cansancio en cierto aburrimiento reacio ya a la televisión, a la lectura, al encuentro con alguien cuyo previsible diálogo causa tedio de antemano, a un paseo o a un cine, por ejemplo, en ir sin entusiasmo ni plan al computador. Allí resulta justamente posible recurrir a un curso desconocido de palabras que por la lógica de su hueca oscuridad no convencen, quedando sin embargo la vaga y perezosa esperanza de un despertar que por ocurrir aportaría un sentimiento válido al hipotético lector. Se lo puede imaginar de sexo femenino, masculino, neutro, individual, anónimo, infantil, divino o de otras formas por lo demás combinables. Transcurre un lapso molesto en que ninguna idea llega. El cerebro insiste en permanecer vacío de palabras provistas de un mínimo sentido. Pues se resiste (feo: insiste, resiste) a ir hacia la flor del copihue o a Das Capital por simple capricho como si de tales arbitrariedades pudiera surgir -aunque por qué no: por falta de ganas- algo valioso. La atrofia ojalá pasajera de la inteligencia decide entonces tomar como punto de partida la fatiga en el comienzo y en el final de la literatura, mas no así, por obligación profesional, en su transcurso, del modo semejante en que por fortuna Ud. y yo ya estamos viendo con curiosidad, si bien no aún pasión.

El abandono progresivo del aburrimiento gracias al hecho de  digitar no va desde el autor a las frases sino viene de éstas a aquél. Así, el solo párrafo anterior ya presenta bajo la mirada de su conjunto un aspecto parcial de partitura legible incluso en voz alta, es decir hasta cierto punto musical. Un dúo en polifonía sería realizable sin caer necesariamente por ello en cacofonía. Notas serían concebibles en el ritmo de las sílabas. Y de pronto la improvisación deja de serlo. Empezamos a vernos lanzados en el cántico cuya hermosura atrae a otros seres transformándolo en trío, en cuarteto, quinteto,… coro. Un sentimiento responsable de alegría entra en la composición. Advienen instrumentos diversos fuera de la voz, como un corno inglés, un triángulo, la viola, timbales, piano y muchos otros más. Sin darnos cuenta, estamos ejecutando gracias a la poesía de Schiller y a Beethoven el último movimiento de la novena sinfonía; o algo que se le asemejaría. La diferencia no tendría mayor importancia. La obra podría ser interpretada como la première de algo original. ¿La de la antedicha novena? Por qué no. Ninguna música es en estricto rigor première. Ni que se sepa, todavía, dernière. Hay Mozart en Beethoven, Beethoven en Brahms… o Stravinsky en Bardawil aún no nacida. El público está ahora visiblemente extasiado. Guarda religioso silencio. Se halla dispuesto a un aplauso bien merecido que nos halaga por la superación de ese lejano tedio que experimentábamos antes de la primera nota. Más aún cuando en el momento de escribirla en la pauta ignorábamos que todo esto iba a dar lugar a “La pasión del invierno” en sí bemol menor. Llegamos a momentos de paroxismo vocal y espiritual. El numeroso grupo de bailarines se desplaza cual elegantes esculturas de Rodin en movimiento. Todo el museo de halla aquí. Se lucen “El beso”, “El pensador”, “Los burgueses de Calais”, “Balzac”, “María Magdalena abrazada al Crucificado”… todos. Incluso las obras de Camille Claudel. De pronto comienzo no obstante a sufrir un primer síntoma de abatimiento. El público comprende el acercamiento del final. Recibimos los aplausos tan demostrativos. Salimos contentos. Miramos ya aburridos la calle repitiendo una y otra vez que la representación fue exitosa. Nos despedimos. Nos separamos como palomas nocturnas caminando por la calle de esta ciudad. “L’enfer, c’est l’ennui” (Nietzsche).

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