Dios mío, ayúdame. Haz si es tu voluntad que las siguientes palabras, dudosas para mí, pasen de su potencialidad a su actualidad, para el bien complejo de la humanidad. En caso que tu voluntad esté en el sentido contrario de mi proyección por ahora sólo embrionaria pero sabia, oh omnisciente, por ti, te imploro en nombre de ti y de la libertad a veces maldita de la cual he sido beneficiario por tu creatividad, un completo silencio.

Veo que sigo. La libertad otorgada es más amplia de lo imaginado. O lo es la fuerza del Demonio. O no escuchas ya por cansancio empírico e incrédulo mi pobre plegaria. Pero continúo, en consecuencia, ignorando si soy digno de ser creído por ti, tú, ser mudo para el alma que no quiere oír, por el simple hecho inocente de desconocer el significado, por ejemplo, de “querer” o de “oír”. Salvo de modo apenas aproximativo. Es decir, abreviando, nada. ¡Pues no afirmarías que tu Resurrección poco envidiable deriva de un “casi no”! Caso no es casa. Ni excepto por excepción exponencial, por lo demás únicamente hipotética, regla. Menos aún de vertientes reglas.

Escribiré nuevamente sobre el asco. Lo haré en dos pasos. Ninguno se relaciona con tragar babosas crudas y maceradas en zumo de semen hermafrodita. Los ejemplos son peores, o sea más cercanos. Se experimenta repugnancia vomitiva por el excremento diarreico y fétido de la novia(o) que por todos los miasmas en la estrella Sirius, comprobadamente existentes  gracias a la innovadora ciencia física cuya refutabilidad ni siquiera Popper desdice.

El primer paso será descrito brevemente. El segundo con un poco más de largueza. Se refieren respectivamente a una tortura en campo chileno de concentración durante Pinochet. Y el segundo a un concurso caro pero libre que tiene lugar cada 12 de octubre año en la fea ciudad de Lugo, en Galicia, España, desde 1940. No seré de descripción minuciosa a fin de evitar desagrados y quién sabe qué más.

Este proyecto modesto busca mostrar por hechos elocuentes algo poco novedoso. El asco no es algo objetivo como sí lo sea por lo menos en sus inicios una adicción a la coprofagía por ejemplo. Yo no tragaría sin desde luego náuseas la defecación de Ud. ¿Ud. sí la mía? ¡Hasta la idea salivar y lengüeteada de un anodino beso le provoca rechazo! Sin hablar del hecho que por lavar culpabilidades cuya causa está poco profundizada si no ignorada le lleva a asear con agua y jabón sus manos tras el contacto de un billete, de un populacho sudoroso o de un sapo cuarentón que  por sí mismos no tienen nada más de repugnante que el aire o el mar. Dicho en otras palabras, el asco no es el asco. Es el sentimiento del asco aplicado y luego por repercusión derivada de algo. ¡Se puede tener asco hasta de Dios, explicaba no sin argumentos condenatorios el Marqués de Sade!

La cuestión reside por tanto no en suprimir al objeto nada objetivo de la repugnancia sino el sentimiento subjetivo aunque objetivado de su ser hecho reincidente y callejero vómito, por ejemplo. De más está añadir que para expresar esto he debido experimentarlo y suponer que Ud. al menos por sincronía también. No se avergüence por tal reconocimiento que además puede negar sin enfado y sin que le importe suscitar perfecta incredulidad: ¡ya tras el destete el bebé sufre arcadas cuya acritud a él mismo molesta, según mi recuerdo!

La supresión del sentimiento asqueado es simple y compleja. Simple en cuanto sólo exige distraerse de la realidad y de poner la atención en cualquiera otra cosa, como incluso una inocente paloma cagando sobre mi calvicie que limpio de inmediato acudiendo a un preventivo trozo de papel depositado en el próximo basurero urbano, sin que por ello el ave haya aún dejado de celebrar su exacta puntería y de reír de pico superior a pico. Y de hecho la gente en Chile no anda escrutando el cielo sino más bien por ancestral pesadumbre el suelo.

Pero hacer abstracción eficaz de aquel sentimiento exige además su desplazamiento y fijación en otro objeto -como una flor del pensamiento, una ola o un bello par de tetas- y, sobre todo (aquí está lo esencial), en que tal fuga sea realizada sin tener conciencia de estar siendo llevada a cabo. Paso de la mierda en la esquina a la flor y borro así el sentimiento del asco aunque para perseverar en tal éxito siga mi camino con la memoria todavía olfativa del pensamiento en flor y con una admiración intima por la belleza de las palabras y de su practicable movimiento. No miento. El método es, que yo sepa, infalible. Popper no lo refuta, por no haberlo imaginado. Gratuito es el consejo que doy a Ud., señor y, en particular, señora. Pues ceder al sentimiento del asco lleva con frecuencia  defecar y es por eso entre otras razones como la temperatura ambiental que el ser civilizado usa falible, sí, un pantalón más calzoncillos si es hombre u otros protectores si mujer. Motivos culturales e ideológicos tornan más “asquerosa” a una mujer que a un hombre cagados por la calle. ¿O no?

De todo hay sin embargo en la viña del Señor. Conocidos son los casos de algunas personas que gozan defecando en público aunque disimuladas ante la vigilancia policial no siempre totalmente ajena a tal vicio. En lo personal, opto por salubridad no correr riesgos sin salir de mi límpida casa o si no puedo evitarlo a causa del Banco por hallarme atravesando cual hormiga un frondoso bosque de flores del pensamiento donde el mío se extravía en gracias al Señor, a sus nombres y a mi libertad por Él dada.