Algo significativo de lo que aún más asombra en la existencia de la humanidad es su tremenda capacidad incomprensiblemente tolerada en ella por Dios para resistir al sufrimiento afectivo y material. Si se lo pudiese pesar aunque no fuese sino por semiología, el planeta sería por comparación liviano. No poso de profeta. Escribo lo que pensando, observando y experimentando siento con variabilidad. Es éste el huevo estelar del dolor en el espacio y el tiempo. Los artificios de la “creatividad” van viendo uno tras otro esterilizada su efectividad, trátese de religiosidad, de filosofía, ciencia, tecnología, activismo, juego, sexualidad, sueño, medicamento, por ejemplo. En sustancia la lista de los artilugios guiados a nublar la inmensidad del dolor sensible es corta pero por calculado aunque estrecho sentido práctico les cambia de aspecto, de nombre, precio, etc. Esfuerzo perdido, reemplazable, perdido… Alcanzada la cima de esta potencialidad sufriente, el ser sensible descubre  otra más alta que empeora las cosas por experimentarlas ahora cual ser no sensible. El dolor se esfuma en su maximización como rutina viviente.

Fue vivido el tiempo de las convicciones. Está siéndolo el de otro nihilismo esta vez herido que -es peor- pronto cicatrizará. Allí nada queda, exceptuada la nada en la circulación de las mercancías vanamente anestésicas que concibe el animal racional agotado sobre sus ruinas productivistas. No importa la muerte. No importas tú. No me importo. No importa el lenguaje. Ni siquiera el dinero termina por importar. No importa la destrucción planetaria. No el arte. No un nosotros desnosotrosizado puramente pronominal, a lo sumo integrista y fanático. No las hambrunas. No las epidemias. No la memoria ni el olvido. No. No importa ni importa que no importe. Se incrementan entonces las tasas de suicidio infantil particularmente en esas regiones nórdicas donde según las estadísticas fundadas sobre la imbecilidad y la mentira está ejemplificada la felicidad.

Restan papagayos antropomórficos que en coloridos festivales del fetichismo bailan la danza de la esperanza, vocablo ruidoso que carece ya de todo sentido. Algunos de ellos, más dementes que el resto, se interrogan sobre qué sería posible para mejorar la situación mediante el proyecto de la serenidad y del amor, otros ruidos éstos, o abatidos se desploman desde el alma en la ermita del hormiguero circulatorio cuyo cerebro agitado los mantiene estacionados discutiendo solitarios contra la televisión. Cuerdas vocales repiten sin orar: “oremos”.

“Dentro de otro tiempo me volveréis a ver”.

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