Se acerca la soledad de la noche sucesora de la soledad del día que precede a la soledad de otra noche culminante por fin en la soledad fría y rígida del ataúd durante la noche constante del cementerio donde el vecindario acogedor huele a podrido. Digna de compasión es la profesión de guardián de tumbas quien me robó los zapatos y dejó resumiendo en pelotas. El cuerpo se va también resumiendo en descarnadas y desnudas ramas óseas pronto hechas polvo llevado entre hendijas por el viento de la polinización bíblica. O los gusanos optan por otros cubículos más juveniles. Son pederastas. El guardián substrae para sí, además, la madera terciada vendida a la avaricia familiar como tepa nativa y revendida como aserrín que antes nos recubría. Revende eso con certero disimulo a una organización caritativa especializada en la industria de las mediaguas donde habitan seres pobres como yo metamorfoseado en ermitaña termita. Observo. Saco conclusiones sobre la vida humana. Me nutro de plástico por sentir sed. Descubro la ley de la porosidad inmanente en el movimiento. Huyo dejando otro hoyo de ese habitáculo. La pluviosidad será justiciera. Vuelo cual lágrima de luciérnaga por el competitivo y moderno plenilunio. Voy por el aroma al cementerio sobre cuyo pasto gente de alcurnia juega golf. Evito las pelotas. Bajo el tallo amarillento del césped hay epitafios. Por egocentrismo busco el mío, olvidando que ya sólo sé escribir mas no aun leer. Flores artificiales están dispersas por el campo. Este club huele a gato encerrado. Invento pero omito mi vergonzoso epitafio que ni siquiera esta neoliberal e inédita publicación admite. Y

En la construcción eclesiástica donde ocurrió mi funeral no había prácticamente nadie. Fui en la vida indiferente, odiado o amado por miserables iletrados. Un cura desconocido, de posta, hizo una homilía torpe sobre mi vida y el Espíritu Santo. Yo, dentro de la caja ya en negociación, reía de pena. Si no hubiera estado muerto, habría saltado ahogándome inundado en el llanto energético de la risa. Pero estaba muerto. ¡No podía creerlo! ¿Tanto esfuerzo para esto? Dios mío, dame tu mano. Las huevas. Para después será, puh. Si hay después. Dios no se apresura. Es como el Papa. La eternidad consiste en la música de la nada, donde nadie en rigor ya nada. Algunos huesos que son fruto de la dictadura flotan no obstante por ahí, dispersos, sobre el mar, más denso que aquéllos. Para ser exacto, durante el funeral los seis espectadores presentes se aburrían como yo sin saber por qué estaban ahí. Todos se rascaban las manos. Había mi aliviada madre ya viuda, una hermana, un desconocido, Francisco de Asís si no me equivoco y dos ex amantes de sexo femenino como corresponde según la aristotélica y luego aquiniana ley natural. Detesto esas columnas negras y retorcidas del Vaticano. Pero ya no estoy en situación de polemizar. Soy luciérnaga de cadáver. Viví para amar. No lo logré. Que yo sepa, no. Por el momento me drogo entre amapolas y me siento mariposa al sol.

No fue difícil vivir. Era otro observatorio pagado por el trabajo desgraciadamente platónico pero unificado de la bondad, la inteligencia y la belleza. Condiciones efímeras, es cierto. Mas todavía envidiadas en esta obra del sexto día donde reinan como consecuencia lógica la indiferencia, el rencor, el odio y la venganza de la aparente ausencia. Las angelicales lumbres del pensamiento divino me recogen desde el pasto llevándome hasta el Reino, desde donde releo por redescubrimiento nuestro común epitafio, aquí ya titular. Sí, Manuel Contreras Sepúlveda. Sí, Carlos Altamirano Orrego. Sí, Flaca Alejandra. Sí -pero sin Purgatorio- yo.

No se crea que el Cielo es una lata de letanías o de bailes glamorosos entre ensordecedoras trompetas. No. Es la comprensión universalista y más que universalista, es la total, del amor cual paz. La naturaleza innatural es allí sencilla admiración gozosa de la sabiduría intemporal de la temporalidad tan pequeña donde cual luciérnaga estábamos. El espacio muere en cuanto tal pues no hay distancia, a pesar que tú sigas siendo tú; y yo, yo. Los cadáveres de alma indefectiblemente resucitada vivimos ya. Es la magia conmovedora de la Creación. Por siempre, incluso en los clavos de la Cruz, incluso allí, el amor es más fuerte que el mal. El mal es el clavo. El amor es el grito a menudo incomprendido del Hijo sobre su abandono por el Padre. Ese grito grita amor por la partida transitoria a esta mierda humana. Cristo deja su comprensión incomprensible sobre nosotros. No maldice a Eva, a Caín o a Judas. Jesús permite ser suicidado para ser la buena nueva de este hijo pródigo en pronto retorno. No comerá ya desperdicios echados a los respetables y comestibles cerdos. Entrará con el permiso venial de ambos arcángeles al Edén donde saboreará para nosotros la fruta del árbol de la vida como escribió esta vez magníficamente, por error, Goethe.

Nada importa en el Cielo la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Ese vegetal ha muerto sin ninguna posibilidad de resurrección. Es la higuera que Jesús quemó. No hay perdón del absoluto. No al atentado contra el Espíritu. Aquel árbol simplemente nunca ha existido desde acá. Torpe fue, es y será, pero no por siempre, ese escribiente genético y bíblico que osó poner en la boca del Señor, hijo de María, esa huevada sobre el total conocimiento ya entonces actualizado de la cretina humanidad (Gn. 3.22).

Dios no perdona. Tampoco condena. El Mamo sí pide o pedirá perdón. Yo, precoz, ya lo hago. Si el infierno está aquí, en ti y en mí por ejemplo, es que la inclemencia vigente entre el dinero y la avidez han desaparecido Allá.

El cansancio lleva al renacimiento. De allí, sin altanería, el próximo y definitivo bautismo, Mamo.