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Crucificaste a Jesús por amor. Por amor te suicidaste, Violeta Parra. Auschwitz fue una epopeya del amor. A tu hija violaste por amor. Por amor ordenaste la muerte en Hiroshima. Mataste a Víctor Jara por amor. De tanto amor impusiste la hoguera a las brujas. Abusáis de los pobres por amor. Por amor lucráis. Fuiste infiel por puro amor. Por amor desperdiciaste tus talentos de amor. Causaste tristeza por amor. Por amor abandonaste a tu madre enferma y anciana. Dijiste te amo por espíritu amoroso de posesión. Por amor a ti no vives sino en pos de reconocimiento social. Aplazaste al amor por amor. Por amor te devora el miedo. A la naturaleza destruyes por amor. Por amor te entregaste a la avaricia. Mientes en la oración a Dios por amor. Por amor reniegas de él. Eres cobarde e hipócrita por amor. Hice por amor que el amor sólo significase la palabra amor. Ella por amor se instaló en la ignorancia. Él por amor se desinteresó de su filiación. Fue demolida la familia por amor. Dijimos el odio por amor. Por amor hemos asesinado al amor. Sin amor hemos quedado por nuestra falsedad en el amor. Sacrificada fuiste por amor a la muerte. Te vengaste por amor. Por amor al proletariado hiciste los procesos de Moscú. Es por amor a la Patria que torturaste a inocentes. Por amor te conservas en alcohol. Traficas drogas mediante niños por amor. Abortas por amor. Por amor estafas. Sudas en pesadillas por amor. Por amor propagáis pornografía. Así dais pan al hambriento por amor. Así soy la verdad por amor. Así me visto de oro por amor. Así me contemplo en el espejo por amor. Así soy caritativa por amor. Así lucho a favor de la justicia y condeno por amor. Así me apiado de la miseria por amor. Así practico la caridad por amor. Así tengo la conciencia limpia por amor. Así me emociono hasta las lágrimas de mi bondad incomprendida por falta de amor. Así te maldigo. Así vamos por amor. Así nos contentamos de refranes por amor. Por amor hiedo a mierda así. Por amor el tiempo de la vida se te derrama así. Por amor ella golpea a su hijo así. Por amor la excepción confirma la regla. La habitación está inmunda por amor. Por rencor estéril te envenenaste. Hubo misa por amor. La guerra por amor. Por amor la hecatombe. La indiferencia por amor. Por amor el incumplimiento de lo prometido. El escepticismo por amor. Por amor el chiste. Jaime Guzmán por amor. Y tú mi amor por amor.

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La cultura específica de una sociedad respecto de otra suele ser con detenimiento revelada por comportamientos de apariencia anodina. Son como relatos casi inconscientes de la historia común desde la calle, desde la reunión, la ceremonia, la piscina, el metro, el parque, la comida, la vestimenta, el aseo o, entre otros miles de casos, la mirada dentro del ascensor. Creo conocer relativamente bien a Chile y Francia. Acá la gente se mira. Allá, por respeto, no. Allá mirarte es agresión. Es invasión de tu vida privada. Los ojos simulan pues estar cerrados en algo semejante a una lectura o un techo y un muro. El ascensor tarda. El cuerpo pica. La técnica para huir el cruce excepto fugaz pero inolvidable de las pupilas está eficazmente reglamentada por la implícita ley republicana desde 1789. Prohibida está la expropiación de la intimidad en particular mañanera. Un baile cómplice de los párpados y del cuello se toma por la mano del espíritu allí. “Buen día”, “hace frío” o “que esté bien” es de rigor. Nada más. Si caes desmayada por un infarto, acudo quizás en tu ayuda poniendo en juego mi horario, es decir mi vida. El deber de la fraternidad se ve memorizado en mi ciudadanía. Es curioso. Se nos indica y lo creemos como el pueblo más individualista del planeta. Y conservamos una solidaridad más práctica que afectiva a partir de la cual estamos orgullosos por pagar correctamente los impuestos directos, por el Estado, la educación pública y gratuita y la más feroz e histriónica autocrítica política entre dos copas, no más por ahora, sin locuaces extranjeros. Acá la mirada en el ascensor es enfrentamiento de seducción. ¿Quién resiste más? ¿Tú o yo? Veamos. Los pubis se unen sin pudor a las niñas oculares. Estamos ya en la cama de una virtualidad tan real como consentida. No hay palabras de saludo, de despedida o antes climáticas. Te olvido de inmediato. Voy a otra mirada que también me acoge; o viscosa, sin “lectura”, me desecha. Yo te escupo desprecio. Fuimos aquel día martes a un dormitorio. Hemos perdido nuestros nombres. Jamás nos reconoceríamos otra vez en un ascensor. Las miradas en Chile representan flechas menos de Edipo que de Lautaro. Acá se mira con la chupilca del diablo. La violación es recíproca, quejumbrosa, antijurídica, rentable y repetitiva. Los ojos se crucifican por un poco de dinero. La mujer visita con los hijos al reincidente preso. Le lleva un pollo asado con petaca de pisco y marihuana adentro. Los gendarmes se hacen los listos pues nada han visto. Existe un compañerismo en la mirada delictiva de la amable chilenidad. Una de las estupideces corrientes consiste en decir que las comparaciones son odiosas y que no se debe comparar lo diferente. No se mira de la misma manera allá que acá. Generalizo abusivamente, es verdad, pero se entiende. ¿O debo volver con la lata de la excepción que confirma a la regla? Yo vivo en Chile. Francia, triste, sonríe. No facilitaré aquí la lectura a Ud. Omito esa frase de la cretina dialéctica hegeliana que por lo demás usted compatriota a pesar de su sesito ya adivinó. ¿O no? ¿No? Entonces, ¿qué hace aquí? No es éste lugar cibernético para idiotas. ¡Váyase! Cuartéese afuera. Míreme. Vamos subiendo. Estoy en el espejo versallesco del ascensor. Sí, 2º piso. Ladies first.

Pues fumar produce cáncer. Adelanta la muerte tras larga y penosa enfermedad. Hace sufrir a los prójimos. Restringe tu capacidad temporal de la generosidad. Es suicidio.

Y a mi qué. Yo fumo. Me encanta. Toda la vida es un suicidio más o menos rápido. O lento: da igual. Ella no se mide por la cantidad de días sino por su calidad. Cristo vivió 33 años. Tu abuelo, jodiendo con su Alzheimer en la más absoluta y enigmática soledad espiritual, hasta los 96.

Cuando yo esté a punto de morir -ya lo dije-, me echaré unos puchos, unos whiskies, una puta joven, un beso de amor a mi mujer, comprensiva; y una oración. Listo, chao.

Este fetiche de la “salud” es enfermo, cretino y caro. ¿Qué importa morir 10 años antes o después? Nada. Cristo fumaba. Todo el asunto está en dejar buena siembra entre los hijos. Eso sí importa. El tiempo es ilusorio. No depende de puchos, sino de Dios.

La “esperanza de vida” suele ser sufrimiento complementario. Llamémosla más sencillamente longevidad: una lástima, en general. Por lo demás, la medicina “moderna”, siempre moderna, va evolucionando desde hace rato como la “ley de los rendimientos decrecientes” en la agricultura. No avanza ya. Sólo lo hace por apariencia: más viejos, porque menos nacidos, debido al miedo adulto, por ejemplo. Vamos así hacia una estéril y precoz senilidad humana nutrida por hombres y mujeres, incluso núbiles. El hijo es un temor económico, una incomodidad. Pero la procesión viene luego además por dentro cual tormento.

¿Solución? No fumar, no esto, no lo otro, el colesterol “bueno” o “malo”, ir donde los “doctores”, gastar, ingerir medicamentos, preocupar hasta la indiferencia a la familia y en definitiva joder.

Yo fumo y no me importa un carajo. Eso sí, no lo hago si ello molesta a otra gente, como a mí. No boto un pucho en la calle. El respeto ciudadano es de rigor. Incluso para mí: así, respetándome, fumo, lo disfruto, sin molestar. La ambición disciplinada de no “morir” todavía mata la vida ya. Es Dios quien decide sobre el tiempo de nuestros involuntarios suicidios.

Existe una historia divertida de Churchill, quizás la haya yo ya contado en nuestro sitio. Estaba viejo, pero aún Primer Ministro, después que después de la guerra. Seguía fumando diez puros y bebiendo una botella de whisky al día. Un periodista impertinente le preguntó: “¿Cómo lo logra?”. Respuesta: “¡Sobre todo, ningún ejercicio físico!”.

¿Dijo Jesús: “mens sana in corpore sano”, como una manzana? No. “Salud, dinero y amor” debe ser al revés, manteniendo al del medio entre paréntesis (para ganarlo sin darse cuenta). Me cago en mi mortífero cáncer que no tengo o tengo y fumo. Las publicidades disuasivas del cigarrillo son respetables pero no me tocan ni atemorizan. La vida es lo que es. No me importa el tiempo, que no existe. Sí su calidad. Y la ceniza cae sobre el computador. Dios dirá. Hay soberbia torpe en la ambición de longevidad porque sí y en el culto cotidiano de la “salud”, fenómeno por cierto no sólo chileno, ¡peor es en Alemania o en los USA!

No releo. Recibid mi salud terminal… ¡Un pucho!

         Por favor, no me toques el ombligo.

         Perdona, era un cariño no más, una risa, una cosquilla.

         No soporto un dedo en el ombligo.

         ¿Y en los pezones?

         Soy insensible en las tetas.

         ¿Dónde entonces, te penetro?

         No…

         ¿El dedo?

         Sí.

         ¿Para eso estás aquí?

         No sé.

         Vete.

         Tengo sueño. Un besito.

         Ándate a la chucha. Ya, partiste.

         Dame un whisky.

         No. Basta.

         Ay qué pesado.

         Vístete.

         ¿Cuál es tu nombre?

         Jaime.

         Conozco a otro así.

         No me digas.

         Sí, mi marido.

         Soy yo.

         ¿Tú?

         Vete.

         No puedo.

         Llamaré a la policía, dado cómo te hallas.

         Qué susto.

         Yo te llevo.

         Mis hijos están dormidos.

         Fui tonto al dejarte venir.

         Como siempre.

         ¿Te sirvo un vaso de leche tibia?

         Ándate a la chucha, maricón.

         Bueno, voy a dormir en el otro dormitorio.

         Enciende la tele.

         Buenas noches.

         Concha de tu madre.

         Sí.

         Te amo.

         Yo no.

         Por qué no.

         Uf.

         Ven.

         Demasiado tarde.

         ¡Ven!

         No grites, Angélica.

         Me decías Angelita.

         Antes.

         Qué nos pasó.

         Sabes.

         ¿Nunca me perdonarás?

         Nunca.

         Nada más idiota que los cornudos rencorosos y todavía enamorados.

         Tú lo has dicho.

         Sigues jugando con las palabras.

         En el principio era el Verbo.

         Huevón maricón.

         Bien. Me voy.

         ¡Ven!

         Cierro la puerta.

 

Ella se duerme al instante. Él no. Ambos son en esto sinceros.

Compatriotas:

He sido electo Presidente de la República por el voto popular que agradezco con una emoción serena. Expreso el más sincero respeto hacia mi competidor y a sus partidarios. Yo seré con la petición personal a Dios el representante democrático de toda la Nación, preocupándome principalmente por que haya menos desigualdad social. Esto significa desde luego probidad administrativa, en la herencia republicana de Pedro Aguirre Cerda, de Jorge Alessandri, Eduardo Frei Montalva, Patricio Aylwin, Michelle Bachelet y otras autoridades cuya memoria está viva hasta siempre en la historia de Chile. Pero no se trata en lo primordial de la función política y ni siquiera estrictamente económica. La labor nuestra es cultural. Esto significa sentirnos unidos, solidarios en la historia, sobrepasar disputas a veces sangrientas, valorizar el perdón sin olvido, o con olvido, esto es asunto personal que se haría ciudadano desde cada persona y su conjunto pero no por un dictamen gubernativo. Tal transformación de la cultura nunca va a existir sin un cambio tendiente al bien en mí, en nosotros y en otros. La humildad es un imperativo para la fuerza en la modernidad cada vez más amante y cuidadosa de la naturaleza que con su generosidad nos permite vivir. Hagamos que nuestra indispensable industriosidad tenga respeto por ella. Somos una nación grande en el alma. ¡Démosla! Pero sin dictar lecciones absurdamente soberbias. Debemos en particular reforzar el respeto a las inquietudes de nuestros vecinos, sin que ello se reduzca a palabras hermosas pero sin que al mismo tiempo haya menoscabo a nuestra soberanía. La historia duele muchas veces mas historia es. Así ha ocurrido en el mundo del cual formamos parte y en el cual vivimos.

Tenemos ahora claras fuentes de esperanza provenientes de nuestro propio esfuerzo y desde también el exterior. Las dificultades fuentes de esperanza son.

En Chile la prioridad es, dentro de los criterios ya descritos:

Una autonomía energética con fuentes diversas, entregadora de verdadera calidad educativa y no ya más de simulacros diplomados en la casa, creadora de empleo y contributiva para una mayor igualdad social cuya realidad desata delincuencia, desesperanza, drogadicción.

Dicha prioridad lleva consigo numerosas implicaciones valóricas y prácticas que nuestro pueblo por su inteligencia no requiere explicar más de lo dicho, salvo por aspectos como el anuncio de una inmediata y sensible baja del IVA, un aumento significativo de los salarios bajos, una austeridad real y controlada en los sectores público y privado, una mayor seguridad ciudadana, un estímulo vigilante de la economía de mercado en el contexto pacífico de la globalización y, sin duda, amor a la Patria, es decir, entre nosotros. Bajo mi gobierno no admitiré la falta de respeto en la ciudadanía. Tendré una especial dedicación a la juventud como asimismo a la ancianidad. Necesitaré la ayuda atenta de Ustedes, compatriotas. No haré demagogia. Pido confianza. Confío en darla.

He dicho. ¡Viva Chile!

Firmado por orden alfabético:

Eduardo Frei o Sebastián Piñera.

PS: Ambos me pidieron separadamente sin obligación ni siquiera verbal de reserva un proyecto de discurso ya hecho en media hora. Helo arriba, sin relectura. La transparencia es democracia. Saber antes es mejor que no saber después. La diferencia entre ambas personas reside en que para dichos 30 minutos de arduo trabajo una me ofreció 88 millones de dólares y la otra nada. No diré quién qué. Sólo importa en términos cívicos el contenido aquí ya impuesto a cualquiera.

Las palabras del lenguaje humano son siempre portadoras de ideología “consciente, subconsciente y/o inconsciente”, según la distinción consagrada, discutible y también ideológica de Freud. Esta hipótesis así afirmada por mí no escaparía al significado de su contenido, que no me corresponde examinar aquí, por lo menos, pues el objetivo de estas líneas es otro, bastante limitado. La proliferación “conejil” (a veces el recurso desaconsejable a neologismos parece inevitable no obstante que por excepción acrecienten al diccionario) de ciertas palabras reproduce culturalmente y de manera más o menos dinámica pero substantiva un encuentro/desencuentro ideológico. Sin entrar al detalle de este teorema lingüístico ya incorporado a la maleza cultural del sentido común, hasta tal extremo que éste da la impresión de ignorarlo como indiferencia de hábito, puedo escoger ahora una entre miles de restantes palabras -en realidad, cualquiera- para ilustrar la validez eventualmente generalizable de mi frase inicial. Esa palabra se relaciona por ADN con su “original”: el infinitivo de un verbo, que es “creer”. Su utilización políglota y masiva está aglomerando el espacio ya casi intemporal y no forzosamente explícito de las ideologías en los diversos idiomas. Esto sucede en la calle o en el ágora del poder, de la ciencia y del deseo. “Yo creo que yo creo, creo que, creo…” alude de modo incluso clandestino a una forma por lo menos individual aunque bullente de fe. Un impulso de religiosidad aun agnóstica y con mayor razón oficial se infiltra por allí: el ateo “cree” en la creación sólo humana de Dios; mientras cualquier cura de pueblo cree que todos los caminos conducen a Roma. Tal vocación religiosa en el concierto polifónico de la ideología planetaria puede cambiar como moda estructural de forma (“intuyo”, “me tinca”, etc.) pero su fondo sigue siendo el mismo, sólo que adaptado a cada contexto, por ejemplo policial. Y aquélla lleva en sí un embrión tan totalitario que, como he sugerido, integra a su propia negación: la creencia en la increencia. Pero este totalitarismo llega a su orgasmo ontológico cuando se universaliza cual majestad en el ámbito pronominal de una unidad: “nosotros creemos”. La ridiculez conjetural de la absorción por el “yo” de “todos” carece de importancia, comparada a su eficacia social: “no estoy solo, pertenezco según él dice a un grupo, al cual por tanto adhiero”. El ejercicio sumario que acabo de realizar podría ser aplicado de modo extensivo y más profundo a todo el lenguaje y en cada parte suya e incluso “fuera” de él, como a la entonación o a la elocuencia de los silencios.

La felicidad para mí consiste en tener:

 

         Un Rolls.

         Tres 4×4.

   Un yate.

         Un helicóptero

         Los hijos en un internado religioso de Suiza.

         Varias casas y tierras.

         Esposa obediente y fiel, un poco tonta y rubia.

         Minas.

         40 mil millones de dólares no más.

         Cama king marca Steps made in London.

         Ropa de Boss.

         1.000 dólares al mes para la esposa.

         200.000 para las nenas.

         Menos para el Cardenal.

         Un canal de TV.

         Línea aérea.

         Sonrisa constante.

         Populacho.

         Servidumbre.

         Caballos, perros, ningún gato y ningún ratón.

         Admiración, aplausos y presencia.

         Irreprochabilidad moral en el plano público.

         Letrina de oro.

         Misa a veces.

         CV fiable pero falsificado para reír.

         Mi mamá resucitada.

         El Gobierno para no sé qué.

         Permanente cuidado estético.

         Ninguna droga ya.

         Papagayos con sueldo aceptable.

         Un Rasputín que me aconseje.

         Langostas con mayonesa.

 

Ya, con eso soy feliz, pues mi superioridad queda demostrada, ¿o no, José?

Creo en la conveniencia de ella para la democracia. Pero habría valores o mejor dicho semivalores a los cuales mi creencia debe subordinarse. Como simplemente ¿quién en lugar de quién? ¿Quién entre los males mayores, más o menos y menores es el mal menor? Porque nadie está pretendiendo encontrar ahora al bien mayor, al bien más o menos y ni siquiera al bien menor. La opción está clara. Se trata de optar por el mal menor y punto. ¿Cuál, entre Frei o Piñera? Yo ya tomé mi decisión. El mal menor por el cual votaré es Frei.

 

¿Iré a votar? Veré. Un taxi, la cola, el sol, algún saludo quizás conmigo prefiriendo mirar el suelo, la mesa, la caseta, el lápiz, los anteojos, la raya, los dobleces, la saliva, la urna, la despedida, el sol de nuevo, la búsqueda de otro taxi, la casa, la cama por fin. Y qué me importa el resultado. Sólo me interesaría un verdadero servicio al país cuya proposición a nadie interesa porque estoy enfermo de excesiva inteligencia dada por Dios no sé para qué pero no por mí, aunque sepa que es para nada. Dios es malulo. Crea a gente culta con el objetivo de rendirla entre extremos lujuriosa o amargada. Decidí resentido. Se nota. Aunque ambas condiciones puedan coexistir. No es mi caso. Depresivo y punto aparte.

 

Uf, hace calor. La alternancia es cara o cara con improbable canto. En algunas monedas sello o sello es también posible. Pero la improbabilidad del canto cívico prueba que la cara igual a la otra cara es igual que el sello igual que el otro sello, es decir que cualquiera cara es igual que cualquier otro sello porque sellos son caras, caras son sellos, cara es sello, sello es cara y el canto por ahí revolotea hasta que se detiene bajo el sol como cara o sello. Uno vota entonces un poco al lote, decididamente por cara a sello al lote, por rencores, ambiciones u otras causas tan probas como las de los “señores politiqueros”. Según se crea quizás convenir equivocadamente por el bolsillo. ¡Voté por Frei o Piñera, les pasé plata, pinté paredes y ninguno me dio ni siquiera un ministerio o la secretaría para el juzgado de policía local en Chimbarongo, es el colmo! Ni como temporera se me subcontrata.

 

La alternancia es sinónima de la alternancia. Incluso le es homónima. Y parónima o antónima por homogamia de la hegemonía indiferenciada. “Cuatro chauchas” son lo mismo que “cuarenta mil dólares” pero no que un milésimo de chaucha. La contabilidad es contigua y continua. Es como la alternancia desde por lo menos González Videla hasta Bachelet pasando -qué lata otra vez- por Ibáñez, Alessandri, Frei, Allende, Pinochet, Aylwin, Frei Jr., Lagos y Piñera. Uf, qué calor. Eso es la alternancia. Son necesarias caras nuevas porque la cara es la forma del alma y el elma es el fondo de la cara. Yo estoy a favor de la alternancia. J’aime le guépard. Lo mismo es distinto que lo mismo distinto. Y al revés. Lo distinto es mismo que lo distinto mismo. O en síntesis como Ud. quiera. Pero de algo estoy convencido. Frei no exportará el territorio chileno a las islas Caimán. ¿A lo sumo eso de Tompkins (no sé si se escribe así, ese gallo “ecologista” del Sur, ya nadie habla de él, la memoria en Chile es una monada).

 

Bien. Yo no tenía nada que escribir. Fue para pasar el rato no más. Como en la vida. A propósito, ¡viva Frei! No sean tontos, comunistas de derecha y vice-versa lo que es lo mismo: ¡no nos desconviene! Aunque en lo estrictamente personal me dé lo mismo porque A.I. sí es una fuente gratuita de verdadera calidad educativa y tengo muchos testimonios juveniles de ello. Aquí no se sabe educar. Pero la alternancia solucionará todo…

 

La alegría ya reviene.

Berta no era una adolescente bondadosa, inteligente o bella. Mentía, desvariaba y engordaba. Pero tenía una virtud escasa. Amaba únicamente y con sus cinco sentidos a las cebollas. Le gustaban su esfericidad visual evocativa de la leyenda lobezna y aullante pero llena en la preñez conjetural de la tristeza lunar, además de encantarle su aroma de acidez indiscernible, de su sabor crudamente cruel, su… No importa, en el destiempo del tiempo es decir durante la banalidad dramática de la alegría rutinaria por la llamada vida, como por la amplitud de un instante, Berta vieja y estéril pero donante furiosa al Fisco de la fortuna acumulada por el cultivo en el amor a la cebolla de cuyo cabello ella inocentemente hedía, se dio cuenta que estaba muriendo, porque el hueco infra-pulmonar entre la entrada del oxígeno y la salida del anhídrido carbónico se le había triplicado en tres días. No compungía a Berta quien detestaba su nombre más que la supervivencia el hecho de morir asumido desde la condición fetal cuyo recuerdo vivo seguía disgustándole a causa de las constantes náuseas maternales prohibitivas desde entonces para ella de cualquiera disposición a amar, salvo a la tomatilidad solariega del laberinto cebolliento en Luna menguante. Se desentendió pues de todo el mundo haciéndose la idiota enriquecida por aquellas esferas de papel sin centro donde el mercado encontraba esta vez el sabor frutal del llanto terrestre. Esto parece bonito pero me da una soberana lata seguir, porque sí, de modo que parto al lecho desde donde miraré el techo pensando con desdeño en la oda a la cebolla de Neruda, exitoso comerciante sefardí de mediocre escritura.

En el computador aparece “bienvenido”. Está bien, soy hombre. Pero ¿si el computador fuera de mi mujer? Debería decir “bienvenida”. Pero no. Le habla en el género masculino. Es machista. El machismo se nota desde pequeñeces indicativas de “grandezas” como un golpe de macho a hembra en el hocico ya preparado desde “bienvenido” a la ausencia de “bienvenida”. Existe aquí una ideología larvada que corresponde suprimir. En la mentira pequeña se ve la potencialidad actualizable y pronto actualizada de la gran mentira. Una sueca se enfadó conmigo porque en Francia yo había comprado y hecho instalar en mi departamento unas cortinas a su juicio peores que aquéllas por ella ya adquiridas, que nunca aparecieron o existieron, no obstante que yo podía aún restituir las mías de data inmediata y ser legalmente reembolsado. Pero esas otras cortinas simplemente eran un invento en la historia fracasada de la improbable dominación amorosa. Se trataba de culparme por la compra, muy bella además. Nunca más pude creerle nada. Ni siquiera en su eficaz sexualidad.

 

Hay además en esto una falla gramatical que la computación debería corregir en castellano o francés, por ejemplo. “Bienvenido” es un adjetivo, nunca un substantivo, salvo como esa herejía lingüística constituyente del “adjetivo substantivado”. “Bienvenida” también puede ser adjetiva y así escribo sin problema “primavera bienvenida” o recíprocamente “otoño bienvenido”. Pero “bienvenida” en sí, sin el acompañamiento de un substantivo, es substantiva. De este modo, yo coloco sobre mi oficina adecuadamente en plástico el substantivo “bienvenida” (“bienvenue”) independientemente del sexo al cual pertenece quién vendría.

 

Machismo y mal lenguaje van juntos, ¿viste, huevona? La ideología en simiente de la crueldad masculina, que no desmiente a aquélla emergente desde la feminidad, viene acompañada con mucha frecuencia por el descuido gramatical, que la computación al menos podría evitar, aunque más no fuere por un mínimo de elegancia marquetera.

 

BIENVENIDA, por qué no en la alfombra de la entrada.

 

(Mujer bienvenida, hombre bienvenido, pueblo bienvenido, poblada bienvenida: no abriré la puerta, estoy escribiendo).

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