Ya estoy vieja. Fui puta. Estudié matemáticas. Vivo sola. Sobre la descendencia, lejana, nada sé. Abandoné para siempre a mis padres y al barrio natal cuando cumplí catorce años. No lloré. Mi pseudónimo es Niarral. Viajé. He venido adquiriendo el sentido de la temporalidad como vacío. El día está nublado. Hay silencio en mi habitáculo. Ahora soy pobre. Tengo de qué subsistir. Un perro ladra en el vecindario. Llega otro invierno. Los árboles se deshojan. Conocí a muchos hombres. Secas están mis manos. No salgo. Hago el aseo. Nunca supe qué es el amor. Como y bebo poco. Lo que sea. Dios no existe. Duermo desnuda. Antes leí. Duelen los huesos. Soy indiferente a la emoción ajena. Hablo varias lenguas. Nada debo demostrar. Carezco de deudas. Me resta un millón de dólares. Bastan y sobran. La tecnología bancaria y almacenera se ocupa de mis asuntos, mediante el teléfono y el computador, donde me hallo escribiendo esto. Me gustaba cantar. En eso residió una especie de felicidad. Me fue propuesto ser profesora. Preferí aprender. No lo obtuve. La búsqueda de alegría en la actividad sexual era gris como este día. No encontré hombre válido. Mis precios eran elevados debido a la llamada hermosura. Se inventa en sociedad nociones como belleza, inteligencia y bondad. Son tonterías. Debí ser de sexo masculino. En ocasiones fui gratuita. Tampoco aprendía con esto. Los hipotéticos padres se encargaron de los cinco hijos. No me interesaba la maternidad. Un viento remece a las ramas que veo por la justamente apelada ventana. Como en inglés: window. En el ejercicio sexual no tuve trabas ni pudor. Hice todo eso que no se debe hacer y sobre cuyo detalle poco vale la pena entrar; la pena. La pena es un sentimiento estéril. Reparé en mi en mi envejecimiento y en mi vejez -cumpliré pronto noventa años- con posterioridad a la menopausia. Ocurrió en aquella noche del martes en agosto. Hace treinta años de eso. Comprendí de súbito que mi vida ya había sido lo mismo que nada. Ninguna huella quedaba en el camino. El impulso hacia la búsqueda desde su negación estaba hecho mil pedazos de olvido. Todo pudo ser tan distinto. Nunca he logrado comprender a los hombres. Son maquinarias de la ausencia. El semen tiene el sabor nutritivo de un gargajo. Jamás toqué a una mujer. No tengo amistades. Una bocina resuena en la calle. Sobrevivo en esta ciudad indigna. Riego las plantas. Debí ser vegetal. Debí ser tortuga marina. Nunca robé o maté. Salvo moscas. Y a mí misma. Soy suicida fracasada. De niña sorprendí a mis padres golpeándose. El odio era evidente. Algo, no sé qué, se extinguió entonces definitivamente en mí. Huí del tiempo. Mi cuerpo crecía. Setas me salían frescas en el pecho. Una tarde sangré. Me lavé. Nada dije. Yo ya había leído todo al respecto. Fui interrogada a los trece años por esa pareja, padre y madre. Callé. Miré a ella y a él. Vi la mentira allí viviente. Pronto, como dicho, partí. Yo inventaba frases, canciones y números mientras caminaba al azar del consuelo. No. No los inventaba. Llegaban saliendo por su cuenta a mí. Pedí auxilio, acogimiento, a un señor distinguido y solitario, quien me desfloró. Consentí de antemano. Estaba decidido: seré puta. Cobré, pues. Fui remunerada. Más que eso, fui instalada en esa casa desde donde proseguí los estudios gracias a José. Él trabajaba. Durante el tiempo libre realicé el sueño de una límpida prostitución. Escondí el dinero evitando la inflación gracias a un instinto agraciado sobre cómo funciona el sistema financiero: es un secreto que quizás narraré. Calculé. Sí. Ya tenía lo suficiente como para ser autónoma y vivir mi vida. Otra vez partí sin tampoco esta vez despedirme ni dar las gracias a ese hombre. La desfloración repetitiva y repetida me quemó el fondo durante largo tiempo. Cambié el lugar de estudio. Obtuve muy buenas notas. Fui orientándome hacia las matemáticas por detestar sus postulados. Mantuve la práctica indiferente de la prostitución. El cielo sigue nublado. Se aproxima la noche. Debo encender la luz. Siento ganas de cagar. Las postergo. Obedecen. Ya no fumo. Partí pues en resumen a la libertad de mi vida. Estuve en numerosos parajes y países. Bebo leche. Ignoro para qué ha sido todo esto. Recorro la historia de este cuerpo iletrado. Arrugas de piel hecha papel son recorridas por mis dedos. El reloj está detenido. Recuerdo páginas pintadas de musicalidad.