Envidiando con sincero rencor a Usted y a amplias multitudes -lo reconozco-, no cualquiera persona hace por redundancia de periodista sin valía esto que yo a pesar mío sí repito: escribir durmiendo. Peor: profundamente dormido. Los ojos están cerrados. La mente devanea si miento en el viento. Transcurre en ella la voz baja de Boris en la ópera rusa. Allí la ferocidad del silencio se pasea ebria. El do sostenido mayor avanza confirmándose por ahogo en el oleaje gris y agrietado del cerebro. Pero admito el mérito involuntario de reencontrar en este ambiente mi condición humana. Resucitado estoy quizás. Reencarnado no. Un muro en la eternidad sutil desune uniendo a las culturas de Oriente y de Occidente. Dragón no soy. Tampoco roca o alerce milenarios que por lo demás cohabitan cada uno dentro de sí, de manera semejante que lo hacen animalidad aquí y allá. Los tres reinos de la vida material permanecen en inerte copulación de apariencia, aunque sin perder del todo el derecho de propiedad privada sobre su respectivo ser en sí y fuera de sí. El intercambio de la posición, muerto, vive. Soy hombre de sexo exteriormente definido y, por el interior, curioso sobre mi esencia. Es el alma, ajena al conjunto de lo sensorial pero simultáneamente secante hasta incluso ecuatorial en éste, que atribula al ser cual incertidumbre derivada e integral sobre sí mismo. Respetando por la fuerza de la voluntad a la voluntad de Dios, le ruego que como hombre resucitado no tenga yo la misma vida que ésta ya vivida, aunque más no sea para evitar la recaída periodística en el dicho profesional de acuerdo con el cual es manifestada, asertiva, aquella frase, “valga la redundancia”, estúpida y extintiva de todo movimiento en la vida. Descartada pues la innoble función específicamente periodística, procedo a otras eliminaciones sucesivas, como ser abogado, ser médico, pianista, chino, cabizbajo, cornudo o escritor. Preferiría ser ebanista.  Pero noto que estando ya quizás perfectamente muerto, transformado en comestible para voraces bacterias y gusanos, me hallo al mismo tiempo tan vivo que, como se ve, incluso escribo, sí, estas interesantes reflexiones y, más extraño aún, que las exponga tan dormido como si estuviera en sueño eterno. Peor, para mi desconcierto, no cometo faltas en la escritura, aunque ignore, sí, a qué se refiere ella. Todo se desplaza al igual que un sueño cuya trama consiste en no tenerla. Hay sin embargo una especie de pesadilla afiebrada. 40º Celsius indica según adivino el termómetro puesto por mi madre en la boca enferma, tras un cáncer, de esta molesta necrosis. Elevado es el número 40. Oigo letanías que atraviesan la madera hacia el interior del ataúd. Son tediosas pero me siento cómodo. Otra frase va saliendo de la mente y se inscribe superficialmente en la negritud de la noche vegetal. No logro leer qué dice. Sólo leo en ébano. No en imitación por plástico. Este material aglomerado se desvanece con tardanza en la relatividad restringida.

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