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Sin ti, si existes como es lógico, nada podemos. ¿Para qué nos ayudarías? ¿Para sobrevivir aun bajo otras formas en la eternidad que tú eres o serías? ¿Con qué objetivo, puesto que ser vale tanto como no ser: así lo corrobora quien no soy, no fui ni seré, excepto como ausencia del ser aquí ya en cierto moro presente tal cual me resulta evidente? Nada importa al muerto su muerte. O, importándole, nada salvo por paupérrima suposición se “sabe” de ello. Aunque pueda ser concebida sin mayor estupidez alguna prosecución transformada de cierta vida. Vive una roca en su composición mineral, vegetal, animal, quizás artística. Luego, hecha arena, vuelve del mar en calentamiento cual tsunami. La vida eterna sería entonces una redundancia de trama impredecible. Hasta que, por qué no, todo muera definitivamente. Da lo mismo.

Subsisten por ahora cosas y palabras: imágenes misteriosamente comunicativas y reproductoras, no sin “deformaciones”, de “vida”. Más allá de acá, más allá, fuera de acá, sólo de tu obra puedo ser y soy, si soy, como soy. Descendiente de dinosaurio y de hormiga soy. Ascendiente de algo soy. O sería. O no. El tiempo no cuenta para ti. Sus tres dimensiones se te han integrado desde siempre constituyendo juntos al cero y a la totalidad más aquello -tú- que sin límite los rodea carente de rodeos. Eres infinito metido en el núcleo de la madera. Eres el Amor de la creación libre, feliz y desesperada o neutra.

Digo esto sin saber qué digo. Pero lo digo amparado por el título antepuesto. No me da mucho miedo repetir que desde el abismo clamo a ti, Señor. O Señora. U otra cosa culturalmente hoy llamada Dios. Dios, Amor: sin que yo tenga la menor idea sobre qué significa esto, simple acto del pleonasmo, un poco como tú según ha sido escrito: “soy el que es”.

Salto. Soy canguro del lenguaje. Indispensable es el recurso a la parábola. Queda energía.

El espejo solar filtra, perturba e incluso interrumpe la radiación del sol. Le chupa y roba potencialidad pedida por la interioridad de este planeta en consecuencia químicamente rebelado mediante erupciones, tifones, sequías, inundaciones, catástrofes parabólicas, como diría René Thom. El oro es adorado por la intuición –fuente de toda ciencia- de ser condensación terrenal del sol como representante encarnado de ti. Es energía potencial aún inutilizable en el plano tecnológico, pues la humanidad comprende aquello que no comprende aún. Entiende sin embargo entre sus humos y sus guerras que el ocultamiento de la radiación mataría al metal de la ancestral moneda convertida ahora en papel y conservada dentro del subterráneo terrestre. Construye así, “suicida”, el famoso hoyo de la capa de ozono como protector amante e ignorante de tu áurea vida acá. Al cual añade por poesía bipolar el big bang y el agujero negro, representativos en el mismo orden de tu creación y del infierno. Vida y muerte se infiltran. La reciprocidad es una. La existencia se olvida de sí y olvida a su negación como a su contradicción, pero sin cesar sigue soñando durante su noche en algún paraíso incluso perdido.

Te pide ayuda la voz que clama en el desierto donde nada pero absolutamente nada hay salvo culebras, ratas, ruinas, esqueletos, arenales, polvo, viento, cactus, moscas, estrellas de sol. La energía industriosa está por doquier. Comerla es transformarla y en un sentido provisional extinguirla. El orador del desierto produce 1 w por segundo estando simplemente arrodillado en su ermita o su iglú. Nada le impedirá no obstante caer de muerte sobre el suelo. Ignora cuándo excepto por suicidio (et encore!) y cómo, si en guerra interior o en paz aun exterior. Las muchedumbres callejeras de la ciudadanía están compuestas por soledades olvidadas de las oraciones que oran sobre el tesoro del oro. Imploro paz al Señor. Esa paz que nos dejó y nos dio. Ésa que se llevó a los cielos.

La energía rompe aquello donde irrumpe, desapareciendo al mismo tiempo de sí misma. Pero la entropía no desconoce a la imbecilidad de la dialéctica. Se reafirma negándose. Es el demonio de Maxwell en la creación de Dios, cuyo séptimo día, de descanso, tiene durabilidad, como se ve. La humanidad no es más imagen y semejanza del Señor que un clavel o un asteroide. El hecho de afirmar como la llamada Biblia lo contrario revela simple antropocentrismo. Hay un Cristo para “otros rebaños”, del tipo Centauro, Venus u Osa Mayor. Dios se halla “encarnado” en toda su creación, incluida la rápidamente giratoria partícula elemental. Cada especie de ser tiene su Biblia propia. Aunque haya más que una superior a ésta nuestra, por no haber necesitado estar escrita y sernos poco descifrables.

Nada se obtiene exceptuada la lucha -si representa ésta un logro- con luchar por la lucha buscadora de energía. La ecuación de Einstein al respecto constituye una tautología medianamente sabia. La sabiduría es una tarea de aflicción que Dios ha impuesto a ciertos seres. Más vale la estupidez de Esaú con sus lentejas que la astucia de su hermano acaparando la primogenitura. La felicidad terrestre es indiferente al hecho que tras suyo venga el diluvio universal. Noé era un cretino. Herederos suyos somos. Dejamos fuera del arca a seres sin nombre. Su energía permanece quemando nuestra alma en el hielo de la nada. Somos peces estelares como las pisadas cómplices del cristianismo primitivo, destinado a Constantino.

Da pena la vida. Da pena la muerte. Da pena el valle. Pero no todo da pena. Llamamos alegría a la ausencia exacerbada de tristeza. Tal ausencia ocurre por lo general en sueños, en enamoramientos, parajes, aromas, sentidos, desvaríos y noches estrelladas. Mas no allí donde nada hay de nuevo: bajo el sol. Cristo nunca rió. En el paraíso nadie ríe. Cristo llevó consigo la paz que nos había dejado y dado. Ella nos espera allá. Poco no es. El esfuerzo incluso torpe realizado acá -tanto esfuerzo repleto de poquedad- adquiere el sentido del silencio carente de música debido a la ley de la relatividad general consintiente en la existencia de Dios. Esta ley es muy sencilla. Una hora junto a una mujer fea dura un siglo. A una hermosa un segundo. La longevidad sería un mal. Dios mío, alúmbrame de sabia idiotez. Ayúdanos. Haznos agotar la “reconstituible” energía cinética que nos hace ansiar; ansiar otra torre de piedra literal.

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Dijo la revolucionaria alemana.

Antes yo te amaba. Te sentías amada sin que te lo dijera o demostrase. Ahora te amo aun más. El universo ha venido como engrandeciéndose alrededor de ti, por ti, para ti, en mí, desde mí. Pero mis palabras incluso sinceras de amor que no siempre omito me dejan el sentimiento de no haber llegado a ti. Llego a dudar de su veracidad. Es como si fueran cáscara de un huevo hueco cuyo eco expresa una nada repetitiva de sí misma. Y sin embargo te amo. Lo sé a ciencia cierta porque de tanto amarte te amo. Cuando estás me sobras y cuando no estás me faltas. Es el intersticio amante en los extremos de este movimiento que me hace poner la mesa, la luz y la música para tu crepuscular llegada. Te he preparado como cena delicias de la sencillez. Pero ya me pareces cansada. Miras vacía mi beso. Te cuento cuentos de alegría para aliviar el dolor del aire que ha entrado en tu hombro. No escuchas. Ni siquiera oyes. Si no me amases estarías ausente de aquí. No disfrutas de la codorniz asada con coliflor al limón. Borras a Beethoven. Soplas la vela del divertimiento romántico. “¡A nuestra edad!”. Te pregunto qué sucede. “Es tu muerte”. Una sombra recorre y se instala en tu rostro. Acaricio tu mano derecha. Es otra vez lo mismo que nada. Bebes una copa de vino tinto. No. Es su contenido que bebes. Sonríes apenas. A penas. Ya no sé cómo hacer contigo. No es por un menú de amor que lograré rejuvenecer tu alma. No te perdonas no perdonarte. No perdonas a tus padres bajo tierra. No me perdonas. A la vida exhaustivamente no perdonas. La presencia sólo espiritual de tus hijos da mordiscos a tu alma. No encuentras sentido a los esfuerzos vividos durante tanto tiempo ya. No cesas de moverte. Cambias de lugar el cenicero. Observas una mancha de aceite en mi camisa. Aseas la mesa limpia. Arrugas la frente. Das unos pasos de ida y vuelta. Emites con un suspiro el único vocablo universal: “ay”. Mi entrada en tu levedad de sufrimiento lo profundiza. Te hablo de Kundera para pasar a Shakespeare y de aquí a Dulcinea del Toboso y callas. Inquieres sobre el cambio de las sábanas. Yo te invito a las sabanas del Sahara y al desierto florido. Una picazón naciente en la espalda me demuestra que estoy montando en cólera. Enmudezco por la paz. El trabajo de la mudez me torna rígida el alma. Si es que alma tengo. Dios no responde. Te envío la mariposa de un beso que vuela haciendo parábolas hacia ti. “Detesto las polillas”. Son arenosas. Comen ropa. Fijas la mirada en mis ojos. Son dos garfios. No crees que yo te ame. La situación se torna poco sostenible. Hundes las uñas en las palmas de las manos. Preguntas qué he hecho durante el día. Escribí que todo texto tiene frases ausentes pero leídas por el buen lector. Comentas que en la oficina Cristina fue desagradable contigo. Profieres dos o tres garabatos a su propósito. No soy tan católico como para reprochártelos. Al contrario, les hago eco en su textualidad exacta, que no repito por respeto oficial al ser que nos concibe ahora mismo en el curso de las palabras. Ellas son un río del cual río por la coincidencia del léxico. Interpretas aquel eco y esta risa como si constituyesen una burla nada fluvial de la calle donde aún te suenan los bocinazos que tú también das. Frenas en seco ante la repentina luz roja. Apenas pruebas la codorniz que compré en el mercado de Diego de Almagro, ese conquistador. La unté en mostaza de Dijon, le puse ajo fresco y pimienta negra por mí molida. Nada de sal. Ningún otro aliño. A la coliflor sólo dejé chorrear un poco de aceite de oliva sin reparar en que una pesada y densa gota había caído sobre mi camisa regalada por ti con ocasión de la última Navidad. No solemos celebrar algo. Salimos una nada. Ya hemos visto todas las películas. La novedad es añeja como una pasa. Desabrida vemos a la gente en un restaurante. Mejor se come acá. Te levantas de la mesa. Lavas a pesar de mi petición para que no lo hagas pues mañana viene la señora María Teresa a quien calumniaste. La calumnia es una mentira ejercida sobre otra mentira anterior. Te lo comenté sin espíritu acusatorio. La molestia te invadió ayer. ¿Alguna mujer acepta la crítica? ¿La hay que pida perdón? Ahora partes a la cama. Cuando llego tras haber terminado este texto estás francamente dormida en el rincón opuesto a mí. Observo tu nuca. Huelo el sonido de tu vaivén respiratorio que demuestra tu sueño sin contenido aparente. De pronto te remeces y roncas. ¿De dónde emerge ese gemido? A fin de evitar despertarte, me acuesto con cuidado y sin besarte. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos el amor, como inadecuadamente se dice no sólo en castellano, pero tampoco como “ay”? Hace poco hubo elecciones presidenciales. Votaste por la derecha. Yo por la izquierda. Ganaste. No te alegraste. Tampoco lo habrías hecho si hubiera ganado yo. ¿Ganar qué? ¿Convicciones? Murmuras pidiendo que apague la televisión ya apagada y la desamparada luz de mi velador. No tengo el derecho de leer algunos párrafos del críptico Apocalipsis. Frío siento en las manos y los pies. Te amo. En fin, creo que te amo. O por lo menos eso supongo. Aunque te esté odiando porque aún no regresas o ya no más. Tu amor era una práctica inconsciente de la simulación. Paso horas suputando viajes sin espacio ni tiempo. Voy donde algo como ajeno a mí me lleva. Dios es un tema de vaciedad recurrente. Toma palabras: verbo, pan, vida, espíritu. Yo me siento extraño a mi vocabulario. Un grillo gruñe afuera. Lo estrangularía. El frío y la oscuridad me inhiben de tal idiotez contemplativa. Me levanto. Voy al computador. Me impacienta la eternidad de su tardanza para hacerse útil. Útil para escribir que la tecnología sólo sirve con el fin de ser destruida por otro terremoto. Bella considero a la naturaleza muerta de los escombros tras la furia planetaria que la humanidad produce por dinero. Pero la reconstrucción empieza de inmediato en la burocracia, en la cesantía, el llanto o la astucia. Nada se gana con ganar aunque mucho se pierda perdiendo la fe, la esperanza y la caridad. Me llamas. Apago. Voy. Me meto en la cama. Te beso. Experimento el contacto de tu cuerpo. Te acercas. Me cercas. Digo que te amo. Tú me dices lo mismo, aplicado a mí. Yo querría que fuese a ti. Pero no hay caso. ¿Existe la mujer que fuera de todo narcisismo se ame? No. Ella ama sólo a sus hijos. Ese amor se los traga. Es ignorante de la paternidad. Pienso esto mientras corcoveas conmigo dentro de ti. Tal pensamiento me distrae del aquí y del ahora. Ya estoy otra vez en una lejanía inconsistente. Lo lamento. Frunzo el ceño amando el amor sin amor. El esfuerzo titánico por amarte se desvanece en su sentido terminal y termina para tu gloria como larga e inercial demostración de erectilidad. El pico parado demuestra a la mujer que es amada. A la mierda la codorniz. Te lo digo tras horas de yacimiento no sé cómo despierto. Aseguras que tan idiota no eres como para sobrevivir así. Te pregunto entonces cómo. La respuesta es otro orgasmo. No finges. Es animal. El placer sexual de la mujer es lugareño fuera de sí. Ella canta gimiendo a grito pelado.  Unos pájaros matutinos emiten sus sonidos sobre los árboles del jardín. Reconozco al grupo de distintas etnias. Siempre llegan a la misma hora. El horario londinense les es indiferente. Luego se van. La mujer ha tenido su último orgasmo por esta vez y también se va al mencionado rincón letal. Nada agradece de mi meditativa aplicación. Mi semen es lágrimas. En la fiel esposa del esposo fiel había durante el galope un rostro inconfundible de muerte femenina. Es una muerte furiosa. Mi madre me llama en el teléfono. Da un consejo.

Reapareció sola la cosa del I. Pero mano de víbora culebrea por aquí. Y a mí qué. Sigo, pues. Íbamos si no me equivoco en que si Blaise Pascal no está santificado es por lo menos a causa de su apuesta, en francés “pari”. Pero interrumpo de nuevo a las 20:56 pm para “revisar” -como dicen los cultos periodistas- las noticias, no dadas sino revisadas. Hasta un rato. Agradezco vuestros comentarios numerosos y tan estimulantes. “Nothing is too good to be true”, cristiana.

Pasó el rato. Antes de tiempo por aburrimiento. La negativa vaticana a la canonización de Blaise sería esta vez justa. Pues “le pari pascalien”  sus “Pensées” no representa nada más que un mercantilismo lógico entrometido en lo teológico, por tanto algo inaceptable como es lógico para la sacrosanta ética curial. Esa apuesta consiste simplemente aunque sea compleja en que si Ud. no cree en Dios mas éste existe, pierde y mucho por no decir todo, en circunstancias que sín existir Él Ud. le da su fe, nada pierde. Por lo cual conviene creer.

El ciego soy yo. Mi nieta se limita a transcribir estas palabras. La memoria ve por figuración. ¡Cuánta fragilidad representa no obstante en la Historia de la Humanidad un papiro además computarizado! En la noche oscura donde nada veo que es mi existencia he aprendido no obstante a leer y escribir por desgracia del alma susceptible a significados como el mar, el peligro, la rosa, el lenguaje, la chimenea, la música, la lejanía, la guerra, la biblioteca, la ciencia, la pobreza, el cementerio, el firmamento, la lástima, el beso, “por ti Cristo creo en Dios” según Pascal, Pedro lloró amargamente tras el tercer canto del gallo o los nombres falsificados como el mío: Tomás el Mellizo.

El hecho es que gracias a mi nieta Gratia así leo y escribo de alma a alma y a ama como cualquiera persona anormal. Leo y escribo el mar como Ud. lo ve según le consta, ¿ve? Ya no necesito meter el dedo en ninguna llaga. La sola idea de hacerlo me asquea como el rojo de la carne cruda y abierta. Te veo, Gratia, desde el principio que era el Verbo restringente de Pascal a un ramplón ruletero celestial. Nadie respeta ahora las prohibiciones. No busque Ud. un IV. Con III socialmente basta y sobra.

Continúo. Ciencia englobada por fe son susceptibles de error. Además, la propia mentira, entre aquéllos, suele estimular intelectualmente por juego o maldad la comunicación de corto plazo. Incluso por mitomanía. Mas no de largo plazo. Goering ya lo sabía y lo dijo con todas sus letras. No es sin embargo el caso ahora. Nada nazi hay aquí.

El ser de quien hago mención es sincero. Ni siquiera juega con la verdad. A lo sumo la confunde por error posible con la sinceridad. Se puede mentir sinceramente. Como caer en una verdad sin sinceridad. Sobre tal encrucijada y sus ramificaciones somos incapaces por falta de autoridad pensante de juzgar. Sólo Dios, existiendo, como por lógica amorosa existe, podría hacerlo. Se advierte la sinceridad o veracidad del ser sobre quien escribo en el balbuceo de su conversación. La duda no metódica reluce allí. Ella demuestra una fiabilidad moral. Pues al contrario la certeza aun de la fe, fanática por definición, prueba falsedad. El belicismo de las guerras santas miente por siglos desde por lo menos aquel “¿soy acaso el guardián de mi hermano”? adjudicado quizás sin justicia a Caín, quien por lo demás no era guardián de Abel, aunque haya caído en malignos pero comprensibles celos por una cuestión relativa a la dirección de los respectivos humos sacrificiales: pedestres los del cuidador de vegetales, celestiales los del cuidador de la carne; injusticia o brutal prueba divina, que no sería la primera tras la Creación al menos de la humanidad acompañada por la serpiente e inducida a la entonces irresistible tentación del poder y del infructuoso ocultamiento. En cambio, el anciano ser de quien yo hablo, veraz, me repite tras un tartamudeo significativo de duda y fragilidad dignas de respeto que a fin de cuentas se vive entre todos los activismos sólo para narrar. Esta frase permanece anclada en mí.

Supongo que ningún mentiroso puede por su cerebro escribir en el mío algo así -narrar-  sin advertir al mismo tiempo que ya está escribiendo bajo la página, sobre la madera hoy de plástico, sus más comprometedoras y decisivas aunque finalmente ilegibles o ininteligibles frases, pues desconozco los esencial, lo natural y lo accidental de su contenido en el transcurso de esa pasajera e insignificante vida, incluso por improvisación plagiada, como ésta de Blaise Pascal en su diálogo con el señor de Saci: “fuera de la ley todo esta en la incertidumbre”. No, un mentiroso no escribiría tal cosa en mi cerebro. Sólo podría hacerlo un ser cuya honestidad llegue a dar miedo, sí, miedo, incluso a ti, como además lo reconoces sin dificultad aparente, querida. ¿Querida? Sí. En el fondo, sí. Sólo en el fondo. Pero ya es algo. Si Pascal no es santo es a cusa de su apuesta.

Pero otra vez debo proseguir después. Cada frase aprieta mi vientre. Pido de nuevo excusas. Luego del escusado intentaré dormir otro rato y después continuaré con el número romano III. Gracias por vuestra impaciente paciencia.

No lo describiré.

Ese viejo ciego allí escribe sin cometer errores. No más que yo, clarividente sin lente ni siquiera de contacto en este mismo lugar. Sé lo primero por haberle ya leído textos. Y lo segundo por irrefutable y popperiana base empírica que Ud. puede si desea comprobar por sencilla visibilidad óptica. Allí donde está escrito “leo” Ud. lee en efecto sin problema no “lo mismo” sino directamente “leo”. Ud. lee. Por tanto, salvo dificultad manual por lo demás técnicamente superable gracias por ejemplo a la ayuda de otra persona, por qué no su prima Alicia, hermoso nombre, escribe. Hermosa interposición de persona que en nada niega la completa literalidad suya. ¿Pero cómo consta experimentalmente su ceguera? No según toda evidencia por el bastón y el perro, probables simulaciones para una recepción gota a gota de caridad apiadada o demostrativa de cierta discutible ciudadanía. Es porque me lo murmuró cual cántico definitivamente fiable en el tempo y el timbre del susurro. Me resulta imposible descreer en esa voz de música dulcemente quebrada por la edad. La juventud sobrevive cual quejumbre en la vejez. Tal simultaneidad da alegría y pena que en toda persona por la senilidad llegará. Es por lo cual Maria Callas y Carlos Gardel fenecieron en temprana edad. Aunque no haya sido ésta la única causa de tal precocidad moral y mortal. Pero un mínimo sentido de la discreción impide entrar en detalles sobre estos agraviantes asuntos. No obstante la diferencia entre ambos géneros musicales.

Ya está antedicho: creer es más que saber. Mejor dicho, la creencia engloba al conocimiento, esmirriado en ella. La fe cerca a la inteligencia. O ésta es esclava de aquélla. La catequesis católica os lo demuestra por afirmación verdadera, propia e indiscutible. No obstante que sea el cerebro elaborado del catolicismo que os lo señala. El contenido del cráneo tampoco escapa a la fe. Como tampoco a la esperanza o la caridad. Ni llegado el caso a sus negaciones o contrarios. El Demonio es ubicuo. Dios deja libre a la libertad.

Continuaré en “Casino Viña del Mar” (II) pues siendo las 7:07 am la somnolencia me acecha. Más no temáis. Todo lo que viene está ya acá.


Ninguna frase se expresa con exactitud, aunque dé la impresión superficial de una extremada simplicidad. Así, “la casa es verde” plantea numerosos problemas, del tipo:

1º ¿De qué casa se trata al haber escrito “la”? De una que es verde, claro. Pero hay numerosas construcciones de ese color. Algo debo entonces precisar. ¿Me he acaso referido al lenocinio amazónico de Mario Vargas Llosa? En tal caso, disculpe, más ¿quién es este señor? Un escritor peruano, por cierto. Sin embargo, ¿quién en el fondo de su alma? Ni él lo sabe. Titubea. Y así seguidamente. Hasta el fin de la inconclusa, fatigante y por último inexacta conversación.

2º “Casa”. ¿Qué es no obstante la casa? Aunque, antes, ¿qué es que? Compleja cuestión. Pero menos, quizás, que “es”, como muestra Sartre en “El ser y la nada”. Empezamos a sentir un escozor en la espalda. Si bien podría ser en la cabeza. El hecho de rascarse aviva la picazón. Dejamos pues estos incómodos asuntos de lado. Más inexactitudes quedan en el camino. Con insatisfecha resignación salto directamente a la casa que indico con el dedo: es -otra vez- ésa”. Mi interlocutora, ignorante por completo de la lengua castellana, es ciega, sorda y muda. La llevo al médico. No hay especialistas en ese lugar de la Amazonía. De todos modos, la casa que he señalado ¿es alta o baja, cúbica o multiforme, grande o pequeña, moderna o antigua…? Más inexactitudes aparecen. Las elimino noción tras noción con autoritarismo, desconociendo ya mi horizonte literario, donde reina una incertidumbre. La literatura se torna arbitraria, aleatoria. El escozor se agrava. Y

3º “Verde”. ¿Verde oliva? ¿Verde que te quiero verde, verde mar? Antagonismos ideológicos se producen a estos respectos. ¡Además por dentro no es verde sino blanca! Voy así de inexactitud en inexactitud. Todo esto para la frase más simple que sea.

Este dilema -insoluble en un texto cuyo contexto no es capaz de carecer de límites ni siquiera por el ingreso de la palabra Dios exigente de una teología muy discutida- resulta como es obvio más complejo aún si me refiero por ejemplo en más de una frase, para ganar potencialidad comprensiva, no ya a la casa que es verde sino por ejemplo al movimiento intersticial cuyas oscilaciones generalmente multipolares  bordean a la lucidez y la locura, escindiéndolas o unificándolas, modificándolas, paralizándolas. Dejemos por simulación de comodidad metodológica a la lucidez de lado. Quedémonos con la locura. Seré más preciso (menos exacto y menos exhaustivo). Empiezo a despertar. Todavía no lo sé. Se desplazan por ahí imágenes y palabras a menudo confundidas, entre otras razones por tener cada palabra una imagen y cada imagen un nombre o un apodo cargado de inexactitud. El contexto en el hormiguero humano es estelar. La vía láctica está compuesta por luciérnagas. Yo enciendo un cigarrillo que sueño en vigilia. Acomodo la cabeza en la almohada. Subo al tren en Budapest. Ignoro la hora y la fecha. Consumo los medicamentos prescritos por mi padre muerto. Le sonrío sin que alguien esté pegado al muro gris del amanecer. Cierro los ojos. El cerebro se mueve. Una golondrina no hace verano. Quien olvida algo está recordando otra cosa. Hubo un tiempo en que tuve ilusiones de paz. Hace frío. Partituras de Violeta Parra se me pierden de izquierda a derecha bajo la pintura mural, no las alcanzo. Leo, sí, en cambio: “L’exil est un alégorie de la condition humaine en general”. Jankélévitch delimita así la significación trágica de la deportación. Desciendo del buque en Valparaíso. He perdido el cabello. Aburre la idea matutina de ir a orinar. Los hijos se han alejado de mí. Escaso dinero me va quedando. ¿Existe Dios?  ¿Es él la expresión poética del cero? No sé ya qué hacer de mi vida. Una posibilidad es nada. Otra es algo. Caca, por ejemplo. Proyecto poco ambicioso. Necesidad no hace suficiencia. Mejor no me levanto. El alma y el cuerpo pestañean entre sí. Están fijos en su ubicuidad. Son instantáneos y lentos. La casa es verde. No, es un departamento rojo. Mi madre, anciana, está mejor de salud que yo. Ella engorda. Caminando de noche por Grenoble se me cruzó un ratón. Casi es una palabra enigmática. Casi perdí sobrevive en gané, royéndolo, amenazante. En política se finge seguridad. Ser y parecer frágil debilita hasta el fracaso. Las experiencias más intensas y profundas sobre el poder se producen durante la niñez. El resto es rutina de retrasado mental. Se acerca el invierno. Juan Pablo II estaba aquí cuando dijo que el infierno está aquí; incluyéndolo. Debería haber vivido bajo la cúpula de un iglú en descongelación debida al calentamiento global. Los volcanes vomitan lava, eructan gases y arenales; y el planeta, donde nada entra, se vacía. Una gaviota se para tranquila frente a mí. No quedan bosques. Todo está cubierto de cemento. Los automóviles y los otros vehículos no logran moverse por falta de espacio entre uno y otro. Tampoco es ya posible caminar en la compacta muchedumbre. Es un bloque petrificado y vivo. La muerte global fue sólo retrospectiva. La eliminación exitosa y total de la pobreza causaba hambre y sed. Mario comió la última vaca. Su mujer el último racimo de uvas. Ella le sobrevivió, comiéndoselo crudo. Fue la historia de la locura coincidente con la lucidez. Nadie llora. Nadie canta. Nadie baila. Nadie lee. La diversidad ha desaparecido. No hay agua. Sólo emerges tú, el ratón grenoblés, desde tu caverna, preguntando como por observación: qué habéis hecho. No es comprendido tu lenguaje. Estás en el espacio provisional de lo sordo, lo ciego, lo mudo. Es la Recreación.

Mapuche o goda,

con o sin boda,

por nada la enloda

ni menos la poda

ofrecerle  cual moda

una apetitosa soda

acompañando a toda

una dorada “roda”

que significa entre otras acepciones un delicioso “pez luna”

sin olvidar de nuestro poético satélite su juego con la duna

siempre una

jamás huna

(desde la cuna

comiendo tuna)

ni si se apuna

en la Puna.

¡Y me largo!

Sé bondadosa, verdadera y bella como tú

Bondadosa como alguien que osa

Pues predecible sería decir diosa

Verdadera cual enredadera

Muy obvio estaría poner pera

Y bella como una estrella

Rebuscado sería encontrar a ella.

Pero mejor todo eso que lo contrario:

Malvada, mentirosa y fea.

Aunque haya bien que por mal venga.

Verdad que por mentira aparezca.

Y hermosura aun en una tonsura.

La libertad se abre camino ahora.

Dentro de ciertos límites por cierto.

Morales, intelectuales y estéticos.

Un cura no va a abusar de un niño durante el oficio.

Un físico no dirá que el vacío está lleno de nada.

Ni un Mr. World se disfrazará de Eduardo Frei.

Hay no obstante otros valores superiores.

Introducidos esta vez por Cristo y no por Platón.

Explicados y aun jerarquizados por Pablo de Tarso.

Son como Ud. sabe yendo de menor a mayor

la fe, la esperanza y la caridad.

Sobre los cuales no me explayaré por simple lata

Además compartida con Ud.

Porque el tema ya ha sido muy tratado en este sitio.

Y porque estoy dejando de lado el tema central:

Las mujeres hechas Usted.

Y Ud. hecha las mujeres.

¡Qué cruce! ¡Qué complicación! Veamos.

Fuera como dije de continuar siendo Ud. Ud., Ud. debe en mi concepto añadir a ese trinitario atributo otros más, cuya gramática varía. Sea gaviota, sea estar durmiendo, esté simulando escuchar al marido o pareja salvo cuando se trata de plata o de “la otra” y en este último caso saque de inmediato las garras que la paciencia y Dios le dieron, hágase una mesada clandestina que si sorprendida era “para la Navidad…”, constituya en “¡negar, negar, negar!” su máxima absoluta pero obviamente sólo interior para cuando le convenga (por ejemplo si el enemigo oficial u oficioso la ha pillado comiendo chicle), en lo posible para que haya paz familiar no hable ni menos vaya a hacerlo de calzones, de facturas, de la empleada, de los niños, de las notas colegiales, de la profesora de inglés, de su yoga, en resumen de nada relacionado con la vida real. Pero si es del caso como habiendo visitas hable algo, poco. Y deje hablar a su medio pollo sobre las cosas abstractas de siempre: la excelencia, la calidad total, el “know how”, la taza de interés, los términos de intercambio, la competitividad, la cacha de la espada.

¿Y por qué no se separan, puesto que nada práctico los une, salvo esas aburridísimas vacaciones en Caburga? Ay, qué lata. Pura foto. Cama pura. Menos mal. Los niños… un amor: otra lata. Pero no puedo irme. Quedaría la escoba. No puedo engordar, no puedo tomar, no mostrar las piernas, no pederme, no esto, no lo de más allá, pero “te amo”, “es el amor de mi vida”, ahora te ha dado por ir a misa, chancho en misa, y comulgas, hipócrita, No puedo separarme, el negocio es hasta que la muerte nos separe, pronto.

Digamos ahora algunas pavadas para arreglar la cosa en parte al menos si se puede. Sin la mujer el mundo no sería lo que es. Sin la mujer habría que inventarla. El mundo sería distinto si tú no estás junto a mí (o algo así). I love you, I love you, I need you, Cecily. La vie en rose. Sans le latin la messe nous emmerde. Gold bless America. Quand je serai riche. Saldré a comprar. ¿Después jugamos a algo, Canasta por ejemplo?, ya, tú, dale siempre con el Metrópoli y últimamente con El Tablero Chino. Ya chao. ¿Vamos niños?

“Parecía que la vergüenza fuera a sobrevivirle”. Esta última frase de La metamorfosis escrita por Kafka es aplicable a Adán o a Eva expulsados con vergüenza del paraíso. La reconocida castidad que caracteriza al clero de la Iglesia Católica ha escogido a la hoja de parra como símbolo del pudor. Es poco probable que tal metonimia se deba a la evocación de la mano que produce aquel vegetal. La Curia ama poco a la ironía. Aunque la opción adoptada bien podría ser interpretada como el símil de esa extremidad puesta allí para cubrir justamente “eso” semejante por un lado a la mano y por otro a un mínimo racimo de uvas o según la edad de pasas acompañado por su correspondiente sarmiento.

La adquisición original y pecaminosa de la vergüenza provocada por la acción de ese sarmiento animal que es la angula o -vista bajo telescopio- la serpiente, puede haber sobrevivido a nuestros ancestros, ganando incluso terreno en la historia de la humanidad. Así lo sugiere masculina la omnipresencia terrenal del cilindro, ese gigante pétreo, en la arquitectura; desde aun Babel. Del mismo modo que lo indica la paridad  negra, rosada o blanca  de los volúmenes oviformes situados por designio divino a los lados de aquél. Y aquella femenina Ψ interiormente tan compleja, incomprensible para el hombre si no también por invisible, salvo espejo, pero entonces  de imagen enrevesada (Bergman  en su película “Gritos y susurros” proporciona una representación terrorífica de tal narcisista y sangrienta escena).

El mundo está lleno de sinvergüenzas cuya monta varía en la espiritualidad y en la materialidad. Los hay incluso completamente fracasados o llenos de riquezas, sin que se sepa a ciencia cierta qué ocurre en su alma al final: si susurros o gritos; si una sonrisa desde Más Allá (o de Nada) o si la rigidez lívida de una torsión definitiva y desesperada. A lo sumo es posible sospechar allí paz o acá tribulación. ¿Pero retorno al Edén por el adiós histórico a la vergüenza basada sobre la preservación en el cinismo de la más perfecta crueldad: aquélla no del avergonzado  Diógenes sino ésta más tardía del desvergonzado Maquiavelo? No. El camino recorrido desde la soberbia edénica junto a la serpiente, al árbol de la ciencia del bien y del mal (la manzana nada tiene que ver en esta historia), al árbol de la vida, a Jehová y, por último, a “nosotros” los ángeles, querubines y serafines, es sin retorno. Las puertas del paraíso se hallan bien resguardadas por dos recios arcángeles a quienes nada puede vencer.

¿Puede morir sin cinismo pervertido sino por conversión religiosa la vergüenza? ¿Lo puede por dolor en el arrepentimiento de haber hecho sufrir aun a Dios, una vez arrepentido de haber creado al hombre en el día postrero -sexto- de su Creación? ¿Borra el arrepentimiento ajeno al arrepentimiento propio y éste a aquél? ¿Hay interlocución veraz y elocuente entre el hombre y Dios? ¿No tiene éste otros afanes que excedan a este último ser? La venganza es fruto de la envidia y ésta lo es de la paradisíaca soberbia. La envidia odia como por “comprensibles” celos odió Caín a Abel y prepara su orgía compuesta por ese néctar de uvas fermentadas que bebieron por succión seminal las hijas de Lot ebrio.

¿Soy descendiente de Caín? ¿Lo soy del Iscariote? Parodia soy.

No se hable salvo por necesidad de amor. Hacerlo envenena por lo general la Palabra. En nombre de ella son cometidos crímenes que sólo la infinita misericordia divina podría perdonar. El acto humano de bondad persigue más el reconocimiento social -y como gratificación el poder político o lujurioso- que la gratuidad de la dación. Pues la humanidad por sí misma no merece el perdón. Callad. No creáis en los falsos profetas que nos gobiernan. No confiéis en quienes cuyas fauces a lo sumo babean los signos inconfundibles de la avidez y la codicia. Sed ya más popperianos que adornianos, preferid no dañar que santificaros. Y dejad a vuestra vergüenza vivir.

Afilo cuchillos. Llevo un mono en el organillo donde hago rodar “o sole mio”, que además canto. Los niños y las niñas del barrio llegan corriendo. Se empujan sin maldad. Detenidos han llegado a estar. Observan serios al loro verde. Ahora escuchan “Torna a Sorrento” en la calle República cerca de la Alameda. El organillero ante el griterío del niñerío sonríe pero comienza a sentirse aburrido pues debe llegar a la plaza Italia ida y vuelta para llegar con más plata a la casa. Dos niños compran una pelota elástica que bajan y suben rellena de aserrín, envuelta en papel colorido y anudada. La bola pronto se rompe. El aserrín enloquecido por un súbito viento se reparte cual arena por el suelo de asfalto. . El artista no restituye dinero pero canta a la infancia acompañado por el loro verde la “Cueca del Guatón Loyola”. Bailan los chicos. Termina el verano. Hace calor. Atardece. El cielo enrojece. El organillero ante el niñerío sonríe pero comienza a sentirse aburrido pues debe llegar a la plaza Italia ida y vuelta para llegar con más plata a la casa. Siente cansancio. Además ha de comprar pan, huevos, alcachofas, leche y manzanas. Está en le lista. Todo por una tortilla que preparará Maira. Nada resulta más triste que ser viudo. O sí: huérfano. La última frase estuvo de más. Todo viudo es huérfano. Soy viudo de una mujer viva. Partió al norte culpándome de ir al sur. Pero norte y sur se cruzan abrazados sin pensarlo dos veces. Hay hielo en un polo y polo en el otro. Perdón: y hielo en el otro. En el fondo da la mismo. Hielo y polo en ambos. Eso sí, más hielo en el sur que en el norte y correspondientemente, como es lógico, lo contrario. ¿Se lo explico de modo sucinto? Bien. Más polo -tierra- “arriba” que “abajo”. Representando estas latitudes extremistas una evidente estrechez conceptual de la geología. Sin hablar de longitudes, dado el volumen elpisoidal del planeta, cuando cataclismo ecuatorial no amenaza a la vida eterna. Es por lo cual razonablemente -Ud. tan inteligente ha comprendido- opté en primer lugar por étirer des sommières y en segundo por aguïser des couteaux. Compris? Chapeau!

Morir debe ser horrible si ocurre en una lenta y sufriente agonía del alma comprobante de un fracaso moral a lo largo del tiempo -“¡qué hice!”- y de una paralela -por lo general simultánea- aniquilación corporal donde todo sin exclusión duele. Es el cansancio del alma en el cuerpo y del cuerpo en el alma. Es el tiempo cual sobra que a cada instante está de más, pero está. Es susurros tardíos de un arrepentimiento precario y sincerado por la hipocresía de la necesidad: “Dios quiera que tanto sufrimiento sirva para algo”, “qué he hecho Dios mío para sufrir así”. Es el proceso del purgatorio como infierno. O puede ser también, sin que lo dicho cambie, la ausencia de cualquiera evocación divina, por la valerosa o porfiada tenacidad dentro de una convicción agnóstica, donde la persona moribunda reafirma su saber superior sobre la futilidad de la creencia en un dios.

La perspectiva de la muerte genera en principio una confusión sobre lo que la sucederá. Nada. Y en tal caso nada pasa, salvo el dolor hipotético y complementario debido al dolor que la muerte provocará de modo probablemente transitorio en los seres que amarían o aman a quien está muriendo. Ese dolor ajeno se traslada como propio al pronto cadáver. Llora por el llanto de las lloronas. O después del proceso mortuorio -la muerte jamás es propiamente instantánea- suceden en catequesis católica paraíso, purgatorio, infierno o limbo. Sobre los cuales circulan metáforas naturalmente inexactas y poco convincentes, salvo para almas dotadas de una candidez que linda no sólo por rima en la estupidez: respectivamente, felicidad, pago, pena perpetua y vacío. La catequesis simplificadora de la historia colabora por ahora mediante sus curias y textos dogmáticos al “desencantamiento del mundo”, pues el populacho culto de la post-modernidad ha desistido de seguir escuchando chorradas provenientes de tufos espirituosos. Un cataclismo de carácter apocalíptico sería indispensable para que una conversión se produjese en estos respectos de fantasía barroca.

Pero existe en cualquier caso la posibilidad no táctica de morir en relativa y por comparación con el resto de la vida propia en casi completa paz. Independientemente de cualquier medicamento, el cuerpo enfermo casi no sufre y lo agradece. El alma se alegra. La persona moribunda sonríe, crea o no (?) en Dios. Sus amistades admiran con espontaneidad el realismo espiritual de la escena. Llegan a confiar en su próximo destino como algo semejante a tal ejemplo donde ninguna simulación resulta concebible. ¿Qué ha ocurrido?

Desde luego, un mínimo de astucia práctica -como la disposición a recibir un maná- ha impedido que exista la miseria material de un frío harapiento y afiebrado. Ello inhibe un enloquecimiento a todas luces prescindible gracias por lo menos a la meditación inaplicada que conlleva la divagación entre sueño y sueño, sueño despierto, por qué no. Esto implica un desprendimiento de las “cosas de la vida”. No hay avidez. No atesoramiento ni siquiera afectivo. Dios, si existe, es amigo a pesar de todo y allí está; si no existe, es como si existiese, igualmente amigo. Una relación de amistad se inicia con el universo. La fiesta serena de la mortalidad vitalicia ha recomenzado. Se me declara muerto pero estoy aún vivo y para sorpresa de los supuestos espectadores así lo hago saber: abro un ojo, en cuya mirada digo “ah, llegaste, está bien”, como lo hizo mi padre conmigo, demostrándome la esencia eminentemente  procesal del fenecimiento. A un balazo y al último suspiro sigue una expulsión de gases y a ésta… adivine, buen adivinador. De noche, los cementerios charlan.

Es posible pues morir contento.

Algo olvido aquí, porque estoy recordando esto. Ya vendrá. “Ah, llegaste”. Y si no, ¿qué?

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