“El Mercurio”, diario chileno, más que mentir, hábito éste popular de cada día -sea en grande o en chico- es sobre todo una soberana mierda, es el excremento agrio de la incultura nacional. Carece de toda dignidad. Pone por ahí a algún “negro de Harvard” bien pagado para que juntos den una ilusión falsa de objetividad, de apertura y pluralismo. Se hace llamar este periódico “el Decano” habiendo sido precedido de lejos en el tiempo por “La Aurora de Chile”. El fundamento de su riqueza financiera, en ocasiones muy titubeante como durante su condicionamiento político y económico por el Primer Infante de la Nación, es decir ese asesino y ladrón que impuso su horrible dictadura al país, es más que evidente: la obsecuencia pavloviana. Me da asco que un hijo mío lea esta mierda. Su ética consiste en la conveniencia entre el va y el ven. Si me conviene, voy. Y si no, me voy. Así su propietario gracias a Federico Santa María, Agustín Edwards, no dudó un día para huir de Chile tras la elección popular de Salvador Allende, ni otro en regresar tras el golpe de Estado. Ignoro cómo irán a morir ese hombre y sus mayoritarios secuaces. Nada deseo al respecto. Pero imagino inevitables y merecidos gritos de dolor, de soledad, fingimiento, un sufrimiento cercano a la soberbia frustrada del propio demonio. Cuando se vive sólo por el dinero además realmente acaparado gracias al abuso de la gente pobre, la vida entera se condensa en el instante eterno de la completa infelicidad. Esta eternidad se horroriza y es exactamente dantesca. Yo no odio a esta mierda, donde aprendí por lo demás a leer un lenguaje asaz defectuoso, como hasta hoy, aunque menos descuidado v.gr que su competidor “Las últimas noticias” o “La segunda”, sin hablar de provincias. Tampoco como es obvio amo toda esta caca. No me habría disgustado mejorarla en el plano moral, donde por ejemplo ese otro ser repugnante, de cilicio escondido, Hasbún, cohabite con las putas de los saunas y otros masajes mercuriales. No. No odio esto. Es lástima que me da. Es… virtud de compasión que el excremento me proporciona. La compasión duele. Lástima de la visibilidad de la cobardía. Propuse una vez tras el exilio trabajar allí. No hubo respuesta. Era lógico. Satanás había adivinado mi incompatibilidad con él. Hay momentos de dulzura y de maldad en el periódico del veneno metálico y comerciante. Priman entre tales momentos del constante memento los últimos. No digo con esto que lea “La 3ª” o “La 4ª”. Antes tales opciones, no lea nada. Mejor diario era “La Época”. Pero nuestro Decano se la “compró” corrompiendo a los falsos y serviciales izquierdistas de antaño y de este persistente hogaño en quienes sin que les importe nada creo. Menos mal, ahora tenemos a Piñera…