El sentimiento de culpabilidad proviene del sentimiento de culpabilidad. Tal redundancia o verdad tiene desde la Biblia su representación como vergüenza tras el “pecado original”. Adán y Eva son expulsados del Edén por haber caído en tentación satánica de soberbia y mentira. Al lado de acá de la puerta custodiada por dos arcángeles celestiales la pareja se siente culpable en todo, generación tras generación. E incluso su acción de bien, como procrear a Caín, se le transforma luego en remordimiento, por haber adquirido una conciencia cualitativa y moralizada, recordativa de la soberbia, sobre sí misma: mal está sentir que hice bien, soy otra vez culpable.

Esta culpabilitis -acertado y culpable neologismo- se amplía hacia el interior de sí misma y hacia su exterior.

Hacia el interior: soy culpable no sólo por ser pues bien pude culpablemente “no ser” v.gr. atando con disimulo el cordón umbilical al cuello sino además por cualquiera cosa bajo el sol. Culpable de haber robado, culpable de este amor calculado, de mi éxito que postra a otros en su dolor de fracasados, de ese dolor reverberante o  indiferente en mí, de mi saber aplastante y fingido, de esta falsa modestia, de dormir poco o en exceso, de mis sueños barrocos, la declaración fugitiva de inocencia introspectiva, el sarcasmo, la humillación, la ofensa, otra mentira, la caricia mecánica sobre aquel cuerpo rutinario, la infidelidad, la blasfemia como imán para un desconcierto escandalizador y narcisista, la grosería. Son ejemplos. La lista podría ser más larga. Culpable por abreviarla, perezoso, eres. Culpable del pecado imitativo en tus hijos. Culpable de atribuirte culpabilidad generativa y degenerada. De condenar aun por pretexto cívico de ordenamiento social. Sin entrar en más detalles como violar, cometer pedofilia, asesinar, declarar la guerra.

Y hacia el exterior: soy culpable por haberte hecho creer en el amor que jamás sentí, soy culpable del rebuscamiento en mi palabrería exacta, elegante y concisa. Soy culpable de culparte hasta hacerte sufrir como culpable. Culpable por la pérdida de tiempo en una sociabilidad desvalorizada. Del desdeño altanero hacia la humanidad particularizada en quien sea y por ejemplo por ahora en ti. De la dialéctica huidiza y auto-justificativa. De la ermita que me leva a Dios en la cripta hermética de algún falso o “metafórico” San Pedro. Del militantismo figurón y arribista. Del consejo vano. Del suicidio filial pronto atribuido a acceso de locura. De mi alcoholismo, del fracaso matrimonial, del orgullo en el acto de escribir, de ti, del tiempo, del conflicto israelí-árabe, de la nada misma, del Demonio. Podría seguir. También aquí soy culpable de no hacerlo. Culpable de respirar cansancio, de besarte en letras, de botar un voto en la urna del cadáver. Culpable de cualquiera cosa, de casi todo, del casi, del adverbio “quizás”, de la norma, de la hipérbole por no decir exageración.

Soy así culpable en el interior y hacia el exterior. Juicio final: culpable. Culpablemente perdonado por la culpabilidad condescendiente de Dios y por el tranquilizador olvido de la ceremonia social, también culpable. Conclusión: somos culpables. ¿De qué? Ya lo dije: en esencia, de serlo. No es posible vivir así. Alguna gente se suicida por no soportar tal permanente conciencia. Y también culpable -otra vez incluso por lacónica indiferencia- es de ello. El hijo pequeño llora, culpable por desamor. Se hace virtuoso monje culpable de autoritarismo sobre su puritana moralidad.

No hay solución. Sí. La hay. Consiste en que el ser inocente sintiéndose culpable de Hiroshima haga en efecto su Nagasaki. El sentimiento de culpabilidad adquiere así una justificación real. Ya no soy culpable como en la tautología inicial sólo de ser culpable y en consecuencia de detalles. Ahora soy de hecho culpable y nada más. La delincuencia lava al pleonasmo. Te estrangulo como Althusser a su esposa Hélène para borrar de mí la causa del sufrimiento culpable: su redundante injustificación. Ahora sí, sin reiteración de sí misma, soy sólo y derechamente culpable. Nada más. Grito en el patio de la rue d’Ulm: “¡La maté!”. Como soy filósofo (de mis cojones) me veo condenado no al presidio sino al manicomio. Por un tiempo. Luego recobro la libertad. Y escribo la más bella página sobre el amor. Por fin soy verdadero. Mi culpabilidad es inocente. Camino solo y cansando. Pronto muero.

Moraleja: es necesario pecar para ser santo.

No lo digo por gusto a la paradoja, me guste ésta o no. Lo digo porque así es. Cualquier delincuente juvenil o bancario lo sabe. Ud. también.

No releo.