Hay numerosos motivos o impulsos para ponerse a escribir. Uno de ellos consiste tras un período relativamente largo de excesivo ocio, entre bostezo y bostezo, de cansancio en cierto aburrimiento reacio ya a la televisión, a la lectura, al encuentro con alguien cuyo previsible diálogo causa tedio de antemano, a un paseo o a un cine, por ejemplo, en ir sin entusiasmo ni plan al computador. Allí resulta justamente posible recurrir a un curso desconocido de palabras que por la lógica de su hueca oscuridad no convencen, quedando sin embargo la vaga y perezosa esperanza de un despertar que por ocurrir aportaría un sentimiento válido al hipotético lector. Se lo puede imaginar de sexo femenino, masculino, neutro, individual, anónimo, infantil, divino o de otras formas por lo demás combinables. Transcurre un lapso molesto en que ninguna idea llega. El cerebro insiste en permanecer vacío de palabras provistas de un mínimo sentido. Pues se resiste (feo: insiste, resiste) a ir hacia la flor del copihue o a Das Capital por simple capricho como si de tales arbitrariedades pudiera surgir -aunque por qué no: por falta de ganas- algo valioso. La atrofia ojalá pasajera de la inteligencia decide entonces tomar como punto de partida la fatiga en el comienzo y en el final de la literatura, mas no así, por obligación profesional, en su transcurso, del modo semejante en que por fortuna Ud. y yo ya estamos viendo con curiosidad, si bien no aún pasión.

El abandono progresivo del aburrimiento gracias al hecho de  digitar no va desde el autor a las frases sino viene de éstas a aquél. Así, el solo párrafo anterior ya presenta bajo la mirada de su conjunto un aspecto parcial de partitura legible incluso en voz alta, es decir hasta cierto punto musical. Un dúo en polifonía sería realizable sin caer necesariamente por ello en cacofonía. Notas serían concebibles en el ritmo de las sílabas. Y de pronto la improvisación deja de serlo. Empezamos a vernos lanzados en el cántico cuya hermosura atrae a otros seres transformándolo en trío, en cuarteto, quinteto,… coro. Un sentimiento responsable de alegría entra en la composición. Advienen instrumentos diversos fuera de la voz, como un corno inglés, un triángulo, la viola, timbales, piano y muchos otros más. Sin darnos cuenta, estamos ejecutando gracias a la poesía de Schiller y a Beethoven el último movimiento de la novena sinfonía; o algo que se le asemejaría. La diferencia no tendría mayor importancia. La obra podría ser interpretada como la première de algo original. ¿La de la antedicha novena? Por qué no. Ninguna música es en estricto rigor première. Ni que se sepa, todavía, dernière. Hay Mozart en Beethoven, Beethoven en Brahms… o Stravinsky en Bardawil aún no nacida. El público está ahora visiblemente extasiado. Guarda religioso silencio. Se halla dispuesto a un aplauso bien merecido que nos halaga por la superación de ese lejano tedio que experimentábamos antes de la primera nota. Más aún cuando en el momento de escribirla en la pauta ignorábamos que todo esto iba a dar lugar a “La pasión del invierno” en sí bemol menor. Llegamos a momentos de paroxismo vocal y espiritual. El numeroso grupo de bailarines se desplaza cual elegantes esculturas de Rodin en movimiento. Todo el museo de halla aquí. Se lucen “El beso”, “El pensador”, “Los burgueses de Calais”, “Balzac”, “María Magdalena abrazada al Crucificado”… todos. Incluso las obras de Camille Claudel. De pronto comienzo no obstante a sufrir un primer síntoma de abatimiento. El público comprende el acercamiento del final. Recibimos los aplausos tan demostrativos. Salimos contentos. Miramos ya aburridos la calle repitiendo una y otra vez que la representación fue exitosa. Nos despedimos. Nos separamos como palomas nocturnas caminando por la calle de esta ciudad. “L’enfer, c’est l’ennui” (Nietzsche).