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Una enfermedad grave de la post-post-modernidad es como se sabe no la castidad ni la caridad o la calidad sino la obesidad, femenina y -también, es cierto- + culina. Pues bien, Chile es un país de idiotas, pero geniales. En efecto, se ha aquí inventado y luego implementado por una extraordinaria Doctora en Medicina el remedio más eficaz, más sano, más barato y más rápido para eliminar aquella molesta, peligrosa y vergonzosa enfermedad corporal y mental. He podido corroborarlo por el testimonio directo y visible de numerosas personas, pertenecientes sobre todo al sexo débil: no había querido por prudencia científica comunicarlo antes, pero ahora sí creo poder hacerlo; el hecho es que por c.e., en este minuto, desde mayo, he recibido 319 c.e. de mujeres (101 de hombres) relativos a su baja de peso, cuyo promedio exacto según mis cálculos por la información aquí llegada es de 8,5 kilogramos, es decir algo nada desdeñable. Todas (y todos) se manifiestan en síntesis felices de tal evolución, por su redescubierta belleza relativa, por la agilidad física y, en general, por un sentimiento de bienestar en la vida ciudadana, que además alivia sus labores, tornándolas incluso objetivamente más productivas en el sentido subjetivo o sea monetario de la palabra. Se está así viendo en principio cumplida desde Chile la profecía marxista de acuerdo con la cual “en la gordura del trabajo industrial no están la hermosura ni la locura” (cf. “El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte” y, casi en los mismos términos, “La cuestión judía”). Constitutivo de pena por embargo es sin embargo que la Doctora ejecutiva en nuestra Patria de tales benéficos resultados quizás socialmente generalizables, aún poco conocidos, se halle forzada a un sedentarismo derivado de la estricta dedicación a su función profesional, cuyo cumplimiento desde laboratorio le ha impedido en lo personal -seamos francos- adelgazar. Pues su estratégica terapéutica, “a posteriori” sencilla, consiste según mi discutible concepto ni más ni menos en que la gente, “urbi et orbi”, camine por sus pies hoy menos que mañana y mañana menos que pasado mañana, etc. De tal inteligente raciocinio universalizable, contrario a la obesidad mundana, ha emergido en mi modestísima opinión la implementación de ese conejillo de Indias que es, fecundo, algo como el Transantiago.

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Algo escribí sobre esto por ahí (¿“Poesía de la Incertidumbre”?). Tengo la sensación que estaba incompleto (¡como si algo estuviera alguna vez completo!: casi nunca, “casi” pensando p.ej. en el “Transantiago” que no conozco ni conoceré, por falta de interés, me carga ya la chusma incluso en la TV). Habrá pues repeticiones. Pero también novedades, supongo.

Digamos que la respiración es el movimiento entre INSPIRAR oxígeno (no sólo O²) y ESPIRAR anhídrido carbónico (no sólo CO²); siendo EXPIRAR la última espiración. Al revés del vegetal: Inspira nuestro CO², espira para nosotros (no sólo para nosotros) su O².

Respiren conscientemente. Representémonos figurativamente la inspiración así: “)”. Y la espiración, recíprocamente, así: “(”. De modo que los dos actos, juntos, darían algo así como: “( )”. Aunque no exactamente así, porque, fíjense, entre inspirar y espirar hay, “abajo”, al fondo de los pulmones, sí, un “hueco”, una discontinuidad, mientras que “arriba”, entre espirar e inspirar por la nariz y/o la boca, “no hay hueco”, sino continuidad. El dibujo correspondiente a esta realidad tendría pues no la forma presentada, ( ), ni menos () (muerte, elipse cerrada: aquí no se inspira ni se espira, luego de haber expirado, el “sistema” se “cerró”), sino la forma, digamos, aproximadamente, de una herradura, de la luna islámica, de la letra griega omega: Ω, o, si prefiere, de la letra latina U, pero al revés, es decir algo así: ∩; o sea, en ambas formas algo semejante a una PARÁBOLA, representación final, a mi juicio, según he dicho en varios espacios, del Universo (U), que el “arte”, por ejemplo bíblico, “dibuja” con el “cielo” arriba y con la “tierra” abajo. De modo que la “parábola” (“cúpula”) Ω o ∩ se transforma en “elipse abierta” al revés, del tipo, p.ej., U. ¿Está claro? Espero que sí. He hecho lo posible para que esté claro. No puedo, por lo menos ahora, decirlo mejor. Si es del caso, y si quiere, relea. Ojalá que no se halle fatigadaº y que no se fatigue. Se lo deseo de corazón. Yo todavía no me siento fatigado, sólo perturbado, porque mi mujer me dice “¡hasta cuándo!”, y tiene razón, pero ahora no puedo parar. Se me iría quizás el hilo (de Ariana), como a Baskerville en “El nombre de la rosa” subiendo a la biblioteca (Humberto Eco).

Distingamos entonces la respiración pulmonar, Ω, de la respiración hipotéticamente Universal: U.

En la parábola (elipse abierta) Ω, el hueco de abajo, discontinuidad, representaría anticipadamente la “muerte” corporal; y el resto, continuo, sin hueco, sería la “vida” corporal: estamos respirando, hasta que expiremos, elipse cerrada: (). Pero, en tal caso, recíprocamente, la parábola “bíblica”, Universal, U, el hueco de arriba es, por un lado, la vida eterna del alma, salida (con la tierra “muerta” y “viva” abajo; y, por otro, ese hueco es, por lo menos en el cristianismo de Einstein (ya demostrado en el sitio), la Encarnación de Dios (Más Allá de la U) como Jesucristo. Encuentro mediante éste de Ud. o de mí, nosotros, todos nosotros sin exclusión (“el infierno está aquí”, dijo Juan Pablo II), con el “infinitamente misericordioso Dios” (Alfa, Λ, de modo que es ≈ ΛUΩ, capisce lei?). Basta. Siga Ud. Duerma bien.

Sí. Hubo novedades, incluso, es lo rico, para mí. Enseñar es aprender. Gracias a Uds. Porque hablar solo es de loco.

P.S.: En el Siglo V de esta era, fue inventada en el Líbano la “Oración a Jesús” (malamente llamada “de” en lugar de “a”). Si Ud. quiere, inspira pensando “Señor Jesucristo” y espira con “ten piedad de mí”. Muchas veces. Y otras, en día de fiesta por ejemplo, al revés. Inspira “ten piedad de mí”, espira “Señor Jesucristo”. ¿Y cómo expira? ¡Es el día de La Fiesta! (no de la siesta): “Señor Jesucristo”. Ya. Chao. Amén. No releo ahora.

P.P.S.: Hoy es domingo 22 de julio de 2007. El texto precedente fue escrito hace meses pero nunca -creo- publicado tal cual, no se por qué; ahora sí. Trozos de él han salido sin duda por algún lado. Espero que presente algún valor. Incluso si ¿repetido? Lo encontré recién entre “mis documentos”, que al irse no son ya míos sino ojalá nuestros. Mi saludo. No es fácil comunicar la complejidad intelectual, amorosa en su amplitud y en su modestia, a veces mal interpretada, por razones lastimosas y conocidas. Goce Ud. por ejercicio de la felicidad consistente en respirar.

¿Tiene memoria un recién nacido? “Dí sí, sí, o no, no” (cf. Jesús). Sí: del embarazo; y quizás de “antes”, como he escrito aquí a propósito de la “preconcepción biológica” por Dios de ti, alma eterna. Pero enfrentado a esto que llamamos vida el ex feto “olvida” aquel pasado y está de lleno en las exigencias elementales del presente, preparándose con cierta curiosidad para reaccionar como le correspondería ante los desafíos diversos que le presenta segundo a segundo la “realidad”, por lo cual tiende también a “olvidar” ante el nuevo desafío -vio a un pájaro- al que lo había precedido: el descubrimiento de un pezón. Es, “mutatis mutandis”, exactamente lo mismo que ocurre durante la “pérdida de la memoria” en quien noventa años más tarde se prepara para lo que le sobrevendría, entregado de antemano al presente elemental: pipí, caca, comida, estitiquez expresiva… olvido de su vida, de su trabajo, de nombres, recuerdo de una memoria prenatal revivida preparándose al después del próximo ser, tristeza de despedirse y de olvidar, tristeza sin embargo tan inocente de sintetizar a la diversidad humana en cualquier nombre, como cuando era guagua, curiosidad triste hacia el feto retrospectivo del anciano en la espera, triste olvido de la vida terrestre y extra-terrestre, abandono, tiempo de confesión en confesionario gestual, silencio a veces gritón, alfa y omega confundidos en su similitud con todo el esfuerzo intermedio ya ausente, la vida, “en otra parte”.

Hoy estuve con mi padre silencioso. Me estremece decirlo. Pero puedo hablar, cada vez creo menos en la “vida privada”: vamos más o menos juntos en esta historia, de príncipe a mendigo, la vida sigue igual, no, sólo casi igual, ¿qué es el casi, cuánto mide?

El viejo no hablaba. Yo sí, para traerlo un poco. Incluso por un segundo lo hice sonreír, sonrisa de inmediato echada al olvido. Hice un comentario ingenioso sobre Visnú. Fue admirable, dijo: “más Brahma y Siva”. Luego se apagó. Estábamos solos. Silencio: yo hablaba, sin que él me escuchase, salvo el sonido, que lo acompañaba (mi madre había salido a jugar bridge para seguir sana y la enfermera importaba a él menos que yo). Yo comenzaba a aburrirme en el silencio, ¡“Amaneciente incertidumbre”!: Uds. me llamaban. Pero hice un esfuerzo. Le pregunté cómo se sentía. Tiempo. “Triste”. Por qué. “No se”. Normal, como estar contento. Y por primera vez en la vida me cambió ayer de nombre y apellido, repitiéndolos. Le dije que estaba equivocado. Calló. Se recogió como si estuviese ante un confesionario. No puedo seguir contando esto. Rogelio: las mujeres que leen comprenden. Y partí. Caí dormido durante horas. Ya ves, van a ser casi las 8 am. Curioso es el amor.

Cuando uno olvida algo es que recuerda otra cosa. Si olvida todo (?) rememora a nada (?). La memoria está así en el olvido y el olvido en la memoria. Coexisten. Sólo cambia en apariencia su contenido, como por lo demás durante toda la vida terrestre.

“No olvidar nada conduce a la locura” (George Steiner). Si el recién nacido permanece fijado al pasado será “retrasado mental”. Si lo “olvida” en el presente futurizable, será “normal”. No obstante que lo olvidado permanezca sólo dormido en un rincón de la memoria, “pronto” quizás a despertar noventa años más tarde.

Nada habría más doloroso que nacer. Las arrugas del recién nacido son las mismas, sólo más marcadas, que noventa años después. La piel se hace papel. Y el alma sigue joven o incluso técnicamente, por retroactividad olvidadiza sobre la vida adulta, hecha niña. “Sed como niños”. Luego son “dolorcillos”, como ir muriendo, hasta quizás el otro gran dolor de renacer: más allá de la luz, el paraíso es azabache. Aún no se lo comprende. No me refiero a África, sin excluirla. Quiero decir algo así con inexactitud como que la negritud es la condensación del más allá que todos los colores, sería el arco-iris perfecto, sin sol ni lluvia. Afortunadamente no puedo probarlo. Si lo probase, el paraíso sería ya una trivialidad.

Pero espero haber sugerido que el renacimiento doloroso del ser preconcebido, con su pérdida de memoria, es menor que aquél de quien olvidando va también preconcebido, allá. No se trata de esotérico Destino. Dios ha dado la libertad. Ésta lucha por ser concreta. Es historieta. Las arrugas del recién nacido sólo se estrían con el tiempo, mas son las mismas. En la guagua la madre adivina ya al viejo después de muerta ella. ¿Y qué? Luego vendrían los chornos, si EE.UU. no destruye antes, como lo está haciendo, al planeta, por sabiduría divina… Sin ya memoria del nunca nacido.

Comunismo, capitalismo, Jorge Insunza, Pérez de Arce, son detalles. No se trata de propiciar un eclecticismo imposible por ser inerte. Se trata de comprensión. No es necesario que sea recíproca. Basta con que yo sea comprendido por ti, aunque no yo hacia ti, para que el problema esté en 80% solucionado. Sobre “la reconciliación”, Nietzsche fue infinitamente más sabio que Hegel. Ya lo expliqué en A.I. Detesto a Aristóteles, al de Aquino, a Hegel (“crápula” según Popper) y a Heidegger. Ellos son filosófos de la soberbia de quienes nada se comprende o si se les comprende algo es un error. Otra cosa, “medieval”, es Agustín, está claro.

Arturo Montes Larraín

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Pilato preguntó a Jesús: “¿Qué es la verdad?”. Éste no respondió. Tal silencio gravita hasta hoy en el alma. ¿Qué dice ese silencio? ¿Qué no dice? Siglos antes, Sócrates había aconsejado: “Primero, conócete a ti mismo”. Pero, ¿quién se conoce de verdad, y primero, a sí mismo? ¿El sabio? Éste, hacia su madurez, calla. Cuando, joven, hablaba, simplificaba y desnaturalizaba la complejidad de la vida a la cual se refería. Pero también enmudece, desdeñoso, el cínico. Nada merece el esfuerzo de una palabra suya. Nada le afecta. Más sabio resulta entonces romper, aun maduro, el silencio, teniendo entendido que lo dicho será imperfecto. La cuestión reside por tanto en manifestarse con la menor imperfección posible. La conciencia de este déficit insuperable es causa de dolor (o, sin éste, de charlatanería). La puesta en práctica de una exigente expresión cuesta y requiere un sentido de las proporciones: no se puede más de lo que se puede, a pesar que se lo quiera. No se puede vivir en el sol. Mas ocurrió que Cristo hablase.

Si nadie se conoce de verdad ni siquiera a sí mismo y advierte así en su ser algo que escapa no obstante a su propio empeño cognitivo, ¿cómo podría alguien conocer mejor a los demás y a la realidad incluso restringida que nos circunda? Imposible. Parto de esta base. De aquí en adelante habrá pues error. ¿Rectificable? Tanto mejor. Y así sucesivamente.

(*) Tiempo atrás envié esto a EM. Fue censurado no por su contenido sino por la empleada Blanca Arthur cuya madre censuraba el cine durante Jorge Alessandri.

Me referiré a nuestro país. Su evolución reciente presenta zonas de misterio. Por ejemplo, ¿cómo puede ser que desde un espíritu bienintencionado Pinochet represente ya sea una maldición, ya sea una bendición? No se puede dilucidar este tipo de enigma sin parcializar o sin simplificar el conjunto de la realidad; ni por ende sin desnaturalizarla. A menos que se la deje para el “juicio de la Historia”. Esta solución cómoda y quizás gratificante en los planos psicológico, político o económico no lo es en los ámbitos científico y moral. Sin embargo, resulta factible, ético y razonable el esfuerzo por desempeorar la comprensión de lo vivido, reconociendo en éste su carácter contradictorio, complejo y en consecuencia globalmente indescifrable. Tal perspectiva parece menos frívola que el eclecticismo o la indiferencia respecto del pasado, apostando a un futuro, quién sabe cuál, sembrado desde ahora, por “hacer cosas” supuestamente satisfacientes de las “preocupaciones reales de la gente”. Quien borra el pretérito para mirar adelante lo restablece en el voluntarismo de su artificio.

La sociedad civil, ciudadanía común, sobre todo juvenil, entiende poco o nada de lo que se le cuenta a propósito de la treintena pasada. Percibe, confundida, un discurso hecho sobre todo de ignorancia, de omisión, de error o de mentira. “Aquí hay gato encerrado y me da lo mismo”. Por su porvenir, y para éste, la juventud “querría” saber más. Pero no lo logra. Debido a lo cual ella se desinteresa del espacio común y en particular de la política, que considera ya menos con desazón que con desdén. Opta por el repliegue individualista. O a lo sumo por la amigabilidad de pequeño grupo, en efímeras distracciones cuya inocencia es con frecuencia dudosa e incluso irreal, como sucede con la drogadicción o la violencia, que atraviesan y afectan a todas las clases sociales; aunque menos en Chile que en otros países. Pero éste “menos” se va empequeñeciendo por décadas día a día.

La sociedad política es élite ampliamente circense y cómplice por boca a oreja de sí misma, al interior y en el entorno de sus piramidales cenáculos. Ella sí entiende “mejor” la realidad. Da miedo: es la realidad insoslayable, confesa, engreída y rentable de la “piel dura” en la afirmación de identidades divergentes, si no fingidas. Tal “lucha” paralogiza a la sociedad política hasta el auto-convencimiento, en torno de cuestiones por lo general triviales, palabreras, interesadas, eufemísticas, interminables e incomprensibles incluso para ella. Habla mucho de “decir la verdad”, sobre la cual sin embargo dice poco o nada; o que “revela”, para mostrar coherencia práctica, en “transparencia” o sensacionalismo a menudo aventurado, demagógico o injustificado pero fugazmente atrayente gracias a un medio informativo, luego en un cocktail, en un bar o en un conciliábulo profesional.

Yo querría que estas líneas llegasen a ambas sociedades civil y política. Pero en particular a la primera. Porque, ante todo, es mayoritaria, apacible y proclive -por bien “educada”- a una desconfianza instintiva aunque explicable hacia los “señores políticos”; por tanto, a cierta fascistización anti-partidista. Y, luego, porque necesitamos para Chile una enmienda de real importancia, que no tendrá lugar sin el apoyo difuso aunque decidido de la sociedad civil. El gobierno manda menos que la comunidad. Ambos lo ignoran. Pero lo hacen. El poder conoce sus límites que la gloria le oculta. El protocolo falta a la impotencia para que ésta tenga conciencia de su amplitud. Mas ambos operan en desmedro desde siempre y hasta el final del primero. No es éste un axioma sólo religioso. Es, más allá de toda apariencia transitoria, un “hecho social” (cf. Durkheim). Si no, ¿cómo explicar -sugería con razón hace poco Lagos- la victoria del “no” en 1988? ¿Cómo el derrumbe de Allende en 1973? ¿Cómo la caída del comunismo en el mundo? ¿Cómo la deserción juvenil de la Iglesia? ¿Cómo el retroceso masivo de las referencias ideológicas?

Es verdad que la clase política chilena medita sobre esto y hace progresos. La odiosidad se reduce. Pero la disminución misma del sectarismo crea no sin injusticia en la opinión pública suspicacias de connivencia y éstas de regresión respecto, sobre todo, de la probidad. Como si hubiera dos países. Y es que resulta escandaloso que un pobre “gane” cien veces menos que un parlamentario y diez mil veces menos que un empresario. ¿Exagero? La exageración es una verdad elocuente. No hay modernidad sustentable sin justicia social ni dignidad compartida. Hay empresarios que lo comprenden. Otros que no. Estos últimos llevan la batuta, aunque más no fuese en el importantísimo plano simbólico. ¿Hasta cuándo? Se suele oír que la empresa no es una obra de caridad. Tal filosofía revela una visión estrecha de la empresa, de la caridad, de la fusión indispensable entre las dos, para las dos; y de la felicidad humana en general. Si “el dinero no hace la felicidad pero ayuda”, ¿por qué no ampliarla, sabiendo que ella acrecentaría la justicia común y la haría económicamente más creativa? ¿No es posible que los ricos sean más ricos siéndolo menos?

¡Cuánto quisiera ser objetivo en todo esto! ¡Sin prejuicios políticos! ¿Existe sin embargo una “objetividad” que no sea dictaminada desde la subjetividad? ¿2+2=4? ¿Y si a≠a, como sostienen el premio mundial de matemáticas, René Thom, y el sentido común de un simple niño, pues nada es idéntico a sí mismo, ni siquiera usted hoy comparado a usted mañana? ¿Habría objetiva identidad? Incluso Dios se arrepintió en la Biblia de haber creado a los hombres. Luego de Sodoma y Gomorra…

No resulta aquí posible referirse a esto de manera exhaustiva. Frase, ésta, dispensable, si nada es exhaustivo excepto por la fe o por el hábito a la indolencia. Abordaré mis exploraciones de manera más bien indiciaria, partiendo de la frase inolvidable en Chile que constituye al título, puesto entre comillas no por afán de cita textual sino por cuestionamiento sobre el fondo: ¿“El Mercurio miente”?; y buscando no mentir.

1967: frontis de la UC en Santiago. Escándalo nacional. Los pasajeros de la locomoción colectiva leían estupefactos la audaz profecía retrospectiva de la juventud demócrata cristiana, luego mapucista (1969) o izquierdista-cristiana (1971); hasta Pinochet. Su “gobierno autoritario” para una “democracia protegida” no pudo impedir la subsistencia DC, socialista o más tarde PPD y por último concertacionista; hasta el momento. Sin olvidar a los comunistas; o a independientes que son muy numerosos y desperdigados pero no por ello poco influyentes sobre la evolución de la política.

Todos estos seres u organizaciones han perseverado en su “identidad” por razón, por corazón, por ambos o por ninguno a la vez (y en consecuencia por algo distinto).

Los jóvenes católicos habíamos cometido mediante un letrero la osadía de decir la verdad en nombre de nuestros ideales de justicia social. Un año después, nos sentiríamos orgullosos no sólo por haber descabezado a la dirección integrista del pomposo “colegio UC”, sino además por haber precedido cual pionero a la reforma en la “U”, a Berkeley, a París, Berlín, Japón, Méjico… (1968). ¡Éramos los líderes de “la imaginación al poder”!

Preferíamos Violeta Parra a los Beatles. Nos hastiaban los bailoteos en el club de la Unión, los tours de correcaminos “para la foto” al retorno del invierno europeo, los “estrenos en sociedad”, la promiscuidad sofocante y bobalicona junto a la piscina del “Golf”, las novias que cuales meretrices oficiosas y más o menos fotogénicas desfilaban según un orden no alfabético sino por la jerarquía de sus apellidos en las páginas de “vida social”, los disfraces matrimoniales, el bronceado post-dominical del ski, el rito del aperitivo aburrido en el balneario “in”, la caridad amaestrada como calmante ojalá visible contra los complejos de culpa, la hipocresía semántica de las empleadas domésticas transformadas en “asesoras del hogar” ahora “nanas”, el púlpito hebdomadario de una soporífica media hora, el almuerzo proteínico pero insípido de la gente bien, las clases universitarias de toda evidencia releídas año a año, etc. Y basta por hoy.

Sin resentimiento, es obvio. Por recordar el sentido de aquella pequeñez altanera, provinciana y con frecuencia violenta.

Debo precisar aquí que sin formar parte de ese ambiente psico-social, sí integré el referido “movimiento idealista”. El Decano de la prensa chilena nos acusaba de ser ingenuos títeres del comunismo, nuestro ventrílocuo. Con toda sinceridad, veíamos en tal acusación una tropelía. Éramos “puros”: no conocíamos la marihuana… Proveníamos sobre todo de las clases media o alta. Nos golpeaba el exhibicionismo insultante de la miseria entonces reinante en Chile. Nos hicimos precoces “rebeldes con causa”: ya a los siete años de edad, en el fundo de enero, un hijo de campesino, contemporáneo a pie pelado, había huido por toparse con el “patroncito, perdón”. O por otras razones posteriores y corroborantes, como año tras año la playa en febrero, con sus segmentos clasistas claramente diferenciados por los muros del olfato social: cada foca sudorosa en su lugar. Reaccionamos pues frente al Mercurio y a la burguesía en general, con la frente en alto y el alma limpia. ¡Queríamos una cultura menos inculta! Más autenticidad. No sin echar una “canita al aire” con las “chinas” y en la calle San Martín, pues no se tocaba a la polola ni con el pétalo de una rosa (bueno, en fin). Sabia manera para preparar la infidelidad ulterior.

En este contexto equívoco, visitamos -es ésta una infidencia histórica excusable gracias a la muerte de los “inculpados”- primero al presidente Frei Montalva y luego, por consejo suyo, al cardenal Silva Henríquez, planteándoles nuestra voluntad democratizadora de la UC. No íbamos a “pedir permiso” (presentíamos la respuesta). Íbamos a fortalecernos. Y habiendo comprendido que teníamos el visto bueno de la autoridad política y religiosa, según toda verosimilitud ya concertada durante el intervalo entre las dos reuniones, seguimos en consecuencia adelante.

No sin contradicciones entre nosotros. Recuerdo por ejemplo el día del matrimonio de un ex ministro de Frei Ruiz-Tagle. La fiesta era “¡atroz de regia, fíjate!” En la noche habría por TV un debate del director del Mercurio, René Silva Espejo, “contra” el presidente de la FEUC, mi amigo Miguel Ángel Solar Silva. Durante la celebración, dentro de una sala muy reservada, nos reunimos la “élite” del caso, por invitación insinuada al recién casado, quien aceptó.

Hubo, sí, discrepancias. Yo sentía que yendo a conversar con Solar Silva, Silva Espejo daba una señal de respeto a los jóvenes “UC” y de algún espíritu pluralista. Sugerí en ese medio masculino que Miguel Ángel fuese cortés con René Q.E.P.D., ya en tercera edad. Mi contradictor más vivaz en la susurrante sala recomendó al estudiante de medicina que pusiese “como gato contra la pared” al periodista mercurial. Votamos. Éramos… ¿cinco, seis? Evité la unanimidad obteniendo un voto. No sería la última vez. Ya ante la pantalla, Miguel Ángel aplastó y humilló a Silva Espejo. Oficialmente, habíamos ganado.

¿Mentía El Mercurio? Bueno, todos hemos mentido alguna o más veces en la vida. Pero, con el correr de los años, he llegado al convencimiento de que las cosas no son tan simples como parecen. Y que la veracidad es más placentera que su contrario. Por lo demás, no confundamos. Distintas son las mentiras por invención que por crueldad. La primera predispone a la ciencia o el arte, la segunda a la obsecuencia o la manipulación. Sin entrar aquí en terrenos más sórdidos que bien conocemos: villa Grimaldi…

En el contexto evocado, nuestra “reforma universitaria” admiraba a la Revolución Cubana por contraste a Batista, al Ché, a Cortázar, Fellini, Bergman, Bach, Neruda, dom Helder Camara, Mariano Puga… Y estaba defraudada por el quiebre de la “revolución en libertad” consecutivo al reemplazo de Bernardo Leighton Guzmán por Edmundo Pérez Zujovic como ministro del interior de Eduardo Frei Senior: ¡la sustitución ocurrió mientras Leighton se hallaba de visita oficial en el extranjero! Admirable, este compatriota, una vez de regreso a Chile, calló, a pesar del asedio periodístico.

El Mercurio tenía la razón. Éramos marionetas de algún Carlos Altamirano Orrego; éramos guiñoles del congreso socialista en Chillán, donde el PS se había proclamado “marxista-leninista”; y de nuestra brillante promesa tempranamente muerta: Rodrigo Ambrosio (“¡acentuemos las contradicciones!”). ¡Algunos de los títeres provenían incluso del partido conservador! Es verdad que, en el refrán, “sólo los burros no cambian”. Pero hubo vuelcos espectaculares, como por ejemplo del conservadurismo al mirismo (al igual que años después, bajo el régimen militar: del mirismo o del mapucismo a la UDI). Curioso. ¿Oportunismo? Sí. Pero más que eso. ¿Infiltración de la derecha en la rebeldía? Probable. Aunque más que eso.

El país venía decayendo desde muchos años antes que Allende. Se había intentado todo. Por ejemplo:

1º Un radicalismo en vías de Serena corrupción y de traidora represión al comunismo que le había permitido llegar a la presidencia: González Videla (1952-1958).

2º Un populismo peronizante y fracasado que, por sinuosidad imitativa y tardía, tendría cierto corte mussoliniano: Ibáñez del Campo (1952-1958).

3º Un “gobierno de los gerentes” frustrado en 1961, con la conversión del peso al escudo, la inflación, la devaluación y con la incorporación en abrigos de piel camello del “radicalismo” al gabinete ministerial: Alessandri Rodríguez (1958-1964). Y

4º Según la prensa derechista, un “Kerenski chileno”, “Don Iluso”: Frei Montalva (1964-1970). Su proyecto alternativo al castrismo guerrillero tampoco tuvo éxito, no obstante el apoyo norteamericano de Kennedy, con su “Alianza para el progreso”. Cabe recordar que Frei M. fue elegido con el apoyo de la derecha (“freístas a la fuerza”). Temía que triunfase Allende, si apoyaba a su candidato propio (el “radical” Julio Durán, quien, patriótico, ni siquiera votó por sí mismo: los resultados de su mesa no le dieron ni un solo sufragio). La derecha todavía no había llegado a la conclusión de que la vía democrática estaba agotada. Quizás Frei podría… Pero no. No pudo.

Jorge Cauas Lama lo predijo con todas sus letras en el Boletín del Banco Central. Era alto funcionario de éste hacia el final de Frei. Chile no reuniría las condiciones necesarias para superar su ya histórica decadencia económica (inflación galopante, producción apenas equivalente al crecimiento de la población, etc.). No lograría salir del atolladero en el marco democrático del poder sindicalista y partidista, poco representativo pero ruidoso y por ende disuasivo de cualquiera decisión en verdad gobernante. Exceptuada alguna matanza bajo la “mano dura” del ministro Pérez Zujovic: Salvador, Puerto Montt. Tal vez por esto, una vez elegido Allende, un grupúsculo ultra-izquierdista asesinó a Pérez. Injustamente, y no por evidentes razones generales, “no matar”, sino también específicas: no puedo creer que Pérez haya tenido responsabilidad ni siquiera indirecta en aquellos “actos de autoridad”. Mas carezco de información al respecto. Sí conservo respeto por él y su familia. No obstante que el cambio de Leighton por Pérez “perjudicase” de hecho a Frei. A prueba, su “delfín”: Allende.

Quizás pocos detuvieron su observación en la advertencia temeraria aunque objetivamente acertada de Cauas. Implicaba ya en 1968 un llamado al autoritarismo como solución realista.

Para esto era necesario pasar por algún Allende. Pasar por el caos. Por el peor “gobierno”, bien inspirado es cierto, de toda la historia chilena. Con tal finalidad, se requería que esta vez la derecha llevase de veras un candidato propio, y no como Durán en 1964. Fue otra vez Alessandri, ya senil y manualmente tembloroso: lo mejor para “perder”. Y también se requería que Allende en campaña diese importancia formal como contrincante al DC Radomiro Tomic, en desmedro relativo y “compasivo” de Alessandri. Lo cual, por astucia natural surgida sobre todo del PC, tornaba excesiva e inútil una incitación sibilina, en el mismo sentido, por parte de la derecha. El “Plan Y griega” se desplegaba por sí solo. De modo que los votos no allendistas se dividieran de manera suficientemente equilibrada entre Alessandri y Tomic. Conozco casos de derechistas ya bien adultos que prefirieron votar por Tomic antes que por Alessandri. Ello, por vasos comunicantes, bajaría las preferencias alessandristas y permitiría a nuestro Salvador Allende deslizarse entre medio y ganar, aunque por fallo fotográfico.

Habiendo apoyado su candidatura en enero de 1970, escribí un artículo para una revista que rehusó su publicación. Sostenía allí en la línea de Cauas pero con más explicitud que la derecha requería atravesar por Allende para llegar a un régimen militar: por una postrera democracia ya comprobadamente fallida, a un gobierno autoritario.

Aunque nunca lo imaginase tan criminal. Esto, a pesar de los graffiti que repletaban las murallas de Chile. Esos rayados, financiados no sólo por la CIA, decían: “¡Yakarta!”, “¡Acumulemos rabia”, “¡No hay huevos, huevón!”, etc. Preparación fina y perversa del “Plan Zeta” publicado elegantemente pocos días después del “Once”, cuya calidad feriada fuese suprimida ya en democracia con el voto favorable del senador Pinochet.

Pero es verdad que la sandez venía también del otro lado: “¡Avanzar sin transar!”, “¡Un, dos, tres Vietnam!”, “¡Éste es un gobierno de mierda pero es el mío!”, “¡Tengo la mejor muñeca de Chile!”, “¡Nos queda harina para quince días!”, “¡El alcoholismo mata el deseo masculino, como toda mujer lo sabe!, ¿o no, compañera?, cuénteme”… Inteligente, digno de estadistas, ¿no? ¡Pensar que todavía hoy, cada año, la procesión izquierdista, renovada o no, va con el puño alzado al cementerio, para homenajear al héroe indirectamente mortífero del “Once”! En rigor, también deberían estar allí, aun con las manos en el bolsillo, la derecha política y “emprendedora”; la DC, salvo unos pocos; y cierta jerarquía eclesiástica de mi Iglesia, donde permanezco gracias a gente de valor, cuyo pudor ofendería si la nombrase.

Mucho tiempo después, hacia 1985, el director de la revista censuradora de mi artículo conversó conmigo y admitió mi acertijo de enero del ’70. Cuando este reconocimiento tuvo lugar, yo venía llegando del exilio, por haber sido “peligroso para la seguridad nacional”. Pinochet había firmado su decreto nominativo en el Diario Oficial.

Pero no se trata sólo de acierto o acertijo. También de historiografía fidedigna que va más allá de una interpretación individual. Ella representa una “absurdidad” en lo político-social.

– Por una parte, la derecha y el centro ya derechizado de la DC necesitaban fiables “hijitos de papá”. Su cultura “superior” a aquélla de la izquierda nativa acicatearía el ultrismo de ésta, como tránsito al caos y, en seguida, a la mejoría aun sangrienta de la economía. ¿Proceso consciente, subconsciente, inconsciente? ¿De todo a la vez: contradicho y unido?

Me lo pregunto. Es mi respuesta.

No puedo ir más lejos. Las clasificaciones en casilleros, poco evitables, siempre falsean. Todo sería continuo. Natura non salta. Sin embargo, el canguro, “el salto cualitativo” que amaba Piaget…

– Y, por otra parte, ¡contra el interés que he supuesto a la derecha, El Mercurio hacía pública nuestra calidad de ingenuos idealistas! ¡En contra de su clase, decía verdad donde nosotros veíamos mentira! Nos advertía paternal… ¿Cómo entenderlo? Si nos hubiese tratado de profesionales en ventriloquia con el muñeco leninista entre los brazos, ¿no habríamos descubierto verdad en mentira? ¿Quién manipulaba a quién? ¿Quién por quién? ¿Todos por todos y cada uno por cada uno? Sí. Con mafias y complicidades, cierto. ¿O bien se habría tratado de una suprema habilidad mercurial, que por situarnos en la “ingenuidad idealista” nos impulsaba a reaccionar con alegría, ya así reconocidos, cayendo en los brazos de la “intrínseca perversión”? No. La mano derecha no sabe lo que hace la mano izquierda. Complejo. Pero no estoy sugiriendo la teoría del “complot universal”. Sí, en cambio, de la “sabia tontería”.

La razón se nos oponía al corazón. Hasta el punto de ignorar cuál era cuál y de confundirlos en el fondo de nuestros espíritus. Esto tanto en la derecha como en el centro y en la izquierda. Simulábamos saber, allí donde lo único sabido era que no sabíamos gran cosa de nada. “Ganar”: ¿qué era ganar? Nos fanatizábamos Caín contra Abel por asuntos de humo. Nuestros gritos nos convencían de detentar la verdad. Ello por reacción nos conmovía constituyendo como en eco un “nosotros” y al otro lado de la barricada un “ellos”. Estúpidas son las guerras (cf. Jacques Prévert). Pero su cretinismo se volatiliza entre las balas de la palabra fusil y la materialidad de éste. Las balaceras rinden inteligente la imbecilidad. La neutralidad se vuelve imposible. Ver atacado al amigo y permanecer neutro hace que se sea traidor real o simulado: un blanco desde ambos flancos. Entonces…

La tontería era sentimental. La sabiduría, maquiavélica. Ambas se sintetizaban desconcertadas por su familiaridad en el alma de cada uno. Y el extravío las reunificaba en el palabreo enrabiado del maniqueísmo. “Yo contra ti, tú contra mí”…: “yo contra mí”. Esta farsa hoy manifiesta sembró la muerte. Se trataba de una mortandad implícitamente consensuada: todos de acuerdo, para el salvamento de la Patria. ¿Torturas, desaparecimientos, degollamientos, “costo social”? ¿Y qué? ¡Una broma! ¡La sangre convertida en vino! Consagración de la primavera septembrina.

Hoy lo vemos, otra vez, en las fotos de la “vida social”. La víctima comparte un vaso de pisco sour con el victimario. Sonríen a la foto. De parietal a parietal se odian. La ferocidad de lo vivido les recuerda sin embargo que deben sonreír. La “sociedad civil” mira perpleja la sonrisa de esas memorias con el vaso en la mano. ¿Reconciliación?

¡Pero si nunca estuvimos en el fondo peleados! Pinochet tenía razón, además de fuerza: “para reconciliarse es necesario haber sido antes amigos”. Gabriel Valdés se enfureció ante mí en 1985 por tal frase: “¡es indigno buscar reconciliación con él!” Le hice ver que, palabra a palabra, la frase del dictador no excluía que “antes” hubiésemos sido amigos. Valdés extrañado calló, no sin hablarme luego sobre Fritz Lang y los chilenos: “país raro”.

Los cadáveres de civiles o militares representaban así de antemano una legendaria ficción épica. La sangre era consagratoria. El sufrimiento, un pasar. Los homenajes, una colecta. El llanto, un teatro. Y los actores, moros o cristianos, como deben ser: olvidadizos de su histrionismo: “las anchas alamedas de la libertad…”

Desde este macabro punto de vista, Allende es en efecto un verdadero héroe. Sus “sacrificados” seguidores lo acompañan como a su chivo emisario por la eternidad subterránea y polvorienta de un cemento florido. El ex Presidente y ellos fueron el “punto de acumulación” donde convergían para el bien de Chile todas las fuerzas políticas. Cada cual con su rol. Salvo por cierto “la convicción <> de la humanidad que el materialismo pone conscientemente, según Lenin, en la base de su teoría del conocimiento” (cf. Materialismo y empirio-criticismo). Los familiares, pobres, de la desaparecida “ingenuidad humana” no tienen derecho a indemnizaciones. Ni a monumentos. Ni a coimas. Ni a un empleo. Sólo les resta seguir llorando. Hacer de toda su vida un duelo donde aparece solidario el zapping con flash de compañeros bien empinados ante las cámaras de televisión.

Sí. Allende es el héroe aplaudido de la mortandad suicida. El país todo se lo agradece. Sólo varían los estilos de la simulación. Incluida la suya: ¿qué importa en el fondo morir? Es el descanso… Qué rico sería no despertar. ¿No hubo acaso más muertos en Argentina? ¿En Alemania? ¿En… Rusia? ¿Entre nosotros: ¡poquedades!?

Viva el cambio. Pensemos en el futuro.

Al desconocimiento sobre nuestro rol ignoradamente pinochetizante contribuyó la influencia envanecida y por lo demás políticamente rentable que estos ilustrados jóvenes ejercíamos cual ejemplo moralizador sobre nuestros “alumnos” ya bien adultos de la izquierda tradicional y morena. ¡Creían por arribismo bondadoso en nuestra útil y revolucionaria generosidad! Con algunas excepciones merecedoras de respeto: los senadores Raúl Ampuero o Tomás Chadwick, sin omitir al sindicalista Clotario Blest o al comunista Sergio Insunza, por ejemplo. Aunque nuevamente con otras excepciones al revés: Büchi, “la flaca Alejandra”, “Juan de Dios Carmona Maurás”…

Me detengo. Dudo. Sé hacia dónde voy. Pero, ¿digo más nombres? Si no, soy eufemístico. En caso contrario, hiriente. Me quedo con Albert Camus: “la única manera de equivocarse consiste en hacer sufrir”. Hablaré pues, en lo que sigue, mediante pseudónimos: sólo dos. Hasta que el lector repare por sí mismo en mi regreso no ya necio a auténticas cédulas de identidad.

El prototipo de la paradoja antedicha es, digamos, “José Francisco Illanes Barros”. Ninguna inamistad tengo contra él. Si evoco su caso es porque de provocador fracasado para la revuelta en la Marina (1973) ha llegado a transformarse en jugoso coleccionista de finanzas “chilenas”. ¿Generosidad retributiva de la derecha? También curioso, ¿no? No envidio a J.F.I.B. Pero me recuerda que la pulsión al mal se agudiza a veces en una oportunista aunque sospechosa “redención” y que esa inclinación existe en cada ser humano, sin excepción. Temo de mí. “Es necesario que la clase obrera tenga miedo de sí misma para que dé miedo a la burguesía” (Marx). A menos que se tratase de lo contrario: la bondad idealista precedía al mal guerrillero para la redención gananciosa. Si Cristo descendió al infierno por tres días, ¿cómo yo no cuatro?

Y paso al otro pseudónimo: “Patricio José Astorquiza Ortúzar”, a quien Pinochet atribuye en su libro El día decisivo el mérito de haber sido causante principal del “Once”. P.J.A.O. ha tenido por lo menos la decencia de cierta discreción, aunque a fin de cuentas indulgente consigo mismo. ¡Yo en su caso me suicido mañana! Vuelto a Chile, ha permanecido más bien callado. No sin el aliento tácito de sus reacomodados compañeros. Ni, supongo, sin un íntimo sentimiento de responsabilidad. Perdón si me equivoco y si nada le importa nada. Exceptuada una divagación meditabunda sobre su histórico conocimiento empírico relativo al sufrimiento ajeno, simiente de él y yaciente tras el fanatismo utópico e ilusorio del Poder. ¡Lea al Eclesiastés!

Quede claro: esos dos nombres -Illanes y Astorquiza- podrían a su vez haber re-desaparecido de este texto como otros pseudónimos también puestos al azar de los “buenos apellidos” izquierdistas. Pero ya son modelo apetitoso para el recuerdo del buen favor que hizo la izquierda a la derecha a fin que Pinochet mejorase nuestra economía mediante el asesinato de numerosos inocentes cuya realidad produciría temor reverencial en el resto de los explotados. ¿Miento? ¿Me equivoco? ¿Digo “la” verdad? No sé. Este no saber me aflige. Es cruz. “Que no sea pesada”, quería Jesús.

Pinochet, ¿pudo hacer “tanto” bien sin hacer tanto mal? Sí. ¿Mucho menos mal? Lo ignoro. Supongo que sí. O menos, es seguro.

La derecha de las “manos limpias” y repletas de plata sabe y no sabe haber sido autora intelectual de la criminalidad. Pero este saber sin saber no conoce siempre de culpabilidad. Entre lo bueno y lo malo, lo importante es el límite; fila de la navaja que para la conciencia requerida de bendición se desliza como en Cerro Nevado hacia el poniente de la benevolencia: ¿La Dehesa?

Pero este sentimiento moral ya absuelto en la neutralidad de su ser está en el fondo vacío, mejor dicho rellenado por un activismo racionalizado, catedrático, bursátil y politiquero. No obstante, sufre, si conserva la dignidad de sufrir, tras mil ejemplos objetivos que lo asaltan por sorpresa analógica en los desvíos justicieros de la vida cotidiana. Dios castiga pero no a palos. Castiga, desde la pusilanimidad en el sector público o privado, hasta “mi más íntima intimidad” (cf. el santo Agustín). La complicidad entre el torturador y su ingenuo ejecutivo en la dictadura termina apaleando a éste, por “acción a distancia”, en la esfera más sensible, aparte del dinero: aquélla familiar.

Los golpetazos, ya no “golpes”, llegan donde no se los esperaba: el suicidio de una hija “loca”, la prostitución gratuita y clandestina de la mujer abandonada a la incertidumbre ostentosamente cubierta de años ha, la drogadicción del hijito escolar, la muerte automovilística del primogénito borracho al alba, el hermano envuelto en un negociado menos vergonzoso por moral que por publicidad, la fuga disculpante del “ex ministro” en el trabajo de quince horas a favor del resto familiar, la energía de la cocaína, el endeudamiento invisible de siete BMW para la visibilidad social, la soledad, la desesperanza ante la impotencia amorosa, la vacuidad de la sonrisa adinerada, la memorización de la inocencia perdida, el fallecimiento desolante de la referencia materna, el descrédito compartido, la falta de amigos, la fe de pacotilla, la mirada agujera del mundo, el resquicio de feas complicidades…

Sólo por retrospección se identifica a estos castigos en cuanto divinos. A menos que la conciencia del superviviente esté ya del todo muerta. Estrategia eficaz para el cadáver en vida. Sugiero o pienso en ejemplos que por decencia y piedad tampoco cito. A buen entendedor pocas palabras.

Y estamos ahora en la “Concertación”. Tenemos de Presidente actual a un hombre… cabal. Él sabe que al decir esto no lo alabo para captar un beneficio. No es mi estilo. Voté por él en la segunda vuelta electoral. Los pobres de Chile lo respetan. Los ricos han terminado por creerle; lo aman. El problema radica en la avidez política de algunos. Ello genera pereza y pesimismo empresarial, fuente sabida de dialécticas ganancias; un poco como durante la UP, cuando el país estatizado vivía en el mercantilismo más desatado. Y estimula una corrupción en el Estado. No es sin razón, aunque sí quizás por experiencia, que un destacado opositor chileno declaró hace poco, aludiendo a la Concertación: “cuando un gobierno presiente la alternancia, sus mandos superiores y medios tienden a meter billetes en sus bolsillos”. Es necesario ser honesto para no caer en esta tentación. Y más honesto aun para impedir que ella se disemine. Empezando por casa. De lo que no dudo en el caso de Lagos. La honestidad es moral pero también inteligente. Sin ya pertenecer a Partido alguno, me siento agradado de ver cómo desempeña su función el Presidente. Pero, ¡cuidado! Del can se nutre el parásito. Numerosas personas de valor y honestidad ayudan en los tres poderes del Estado. ¡Creced y multiplicaos!

Lo que quiero decir en el fondo es que errare humanum est y que el Decano de nuestra prensa, grosso modo, en 1967, no mentía. Numerosos hijos de la derecha tenían por misión hereditaria hacerse de izquierda para que la violencia sobre todo verbal y el desorden ciudadano proporcionasen una justificación al golpe de Estado. Fuimos empleados domésticos de ese imperativo familiar y clasista. Citábamos sesudamente, tras “lectura rápida”, a Marx, a Engels, Lenin, Gramsci o Althusser.

Pero el diario de Agustín Edwards Eastman en sustancia no mentía. Aunque por otros lados también injuriara y mintiese, creo yo: los tanques soviéticos, los comunistas comiendo niños, los buenos camioneros, o la falsía del acaparamiento en el comercio oficial, la fantasmagoría de la CIA, los pavorosos “cristianos por el socialismo”…; sin hablar del general René Schneider Chereau, cuyo asesinato por un comando de extrema derecha, fue condenado en nuestra digna Justicia con implacable clemencia.

Sabido es. Tres años y un día por el hurto justificadamente hambriento de por ejemplo una gallina, libertad bajo “fianza” para un asesino múltiple de la CNI. La justicia tarda pero llega… ¿En el Juicio Final?

Sin embargo, todos, en realidad, mentíamos, y, peor, haciéndolo, nos mentíamos en cada bando, de componente a componente, y de cada cual a sí mismo. Era la demencia general. Sólo una “esquizofrenia” de pobres escapaba quizás a la locura: padres y madres no sólo pobres de quienes hoy, jóvenes, no están y, con razón, “ni ahí”.

Buena pedagogía involuntaria.

Los no inscritos en el registro electoral, los no sufragantes que por médico amigo obtienen el diagnóstico oportuno de una amigdalitis, los votantes anuladores de la papeleta o, menos suspicaces de falsificación mesera, los que dejan la página en blanco, son en verdad depositarios de su opción: dicen “no”. Serán pronto mayoría. ¿Inquietante? No del todo. Quien calla otorga.

Pero preocupante resulta ahora confirmar que, del ´70 al ’02, habría veracidad en la máxima que aquí pongo al revés: “no hay bien que por mal no venga”. Ni, por abusivo contagio semiótico, Marcelo Salas, pinochetista, sin Manuel Contreras, quien, por sus razones, también lo sería aún. Debido a este tipo de transposición lógica digna de Hegel, el culpable deviene inocente. Para mayor desconcierto, Cristo dice: “no juzguéis”. De acuerdo. Pero un aforismo, ¿qué vale? Vale para las calendas griegas; o por humorismo.

El Mercurio no miente. Bueno… Es lo que se está advirtiendo, por retrospección, en el segundo milenio. Sí, el Estado debía tener un papel subsidiario. Sí, había que privatizar la economía. Sí, era necesario abrir las fronteras al destino de la globalización. Sí, se requería la alianza con USA. Sí, el estalinismo era cruel. Sí, Fidel Castro “era” un dictador. Sí, la democracia no es sólo burguesa o formal. Sí, sí, sí. Ya cincuentones, algunos jóvenes idealistas de antaño y también de hoy, como Miguel Ángel Solar Silva o Manuel Antonio Garretón Merino, han optado -entre la mentira y el error- por este último. Con la creencia -supongo- en que por su impulsión moral no erraban: si “el corazón tiene sus razones que la razón ignora” (Pascal), también sería verdadero que la razón tiene sus amores que el amor desconoce. ¿Cómo comprender en caso contrario el “escándalo de Dios crucificado” (Nietzsche) y gritando?: “¡Padre mío!, ¿por qué me has abandonado?” Mis dos amigos precitados escogieron no sin fallas, quién no, la sinceridad de una equivocación a la mentira de veras. Y sin enriquecer la bolsa, por mucho que las capacidades y las relaciones les sobrasen para realizar tal fácil y por fácil desdeñable proyecto. Ejemplos como éstos van contra un dicho francés: “tonto es quien siendo joven no es de izquierda ni, viejo, de derecha, porque el joven tiene el corazón a la izquierda y el viejo en el bolsillo”. Mientras, al mismo tiempo, numerosos idealistas de 1971, sin tener con qué comer un sándwich en 1984, son en la actualidad un milagro viviente de la rentabilidad proveniente del “servicio público”. Tampoco me daré aquí el agrado finalmente menos sádico que masoquista de dar nombres. Mi hipocresía es superviviente. No acaba, es eterna.

Se objetará: “peor fue antes de la Concertación, en particular hacia el final de Pinochet, con las privatizaciones concedidas por vil precio a bribones”. Todo Chile conoce la identidad de ellos, pero la acalla, porque varios Manuel Contreras -incluido él- siguen vivitos y coleando. No involucro en esto a la generalidad de las FF.AA. y de Orden. Al contrario. Por ejemplo, siento profundo respeto por el comandante en jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre, otro acierto de Lagos; como abrir La Moneda a la ciudadanía o nombrar ministra de defensa a Michelle Bachelet. Ella enorgullece.

No así los sincrónicos y diacrónicos Bin Laden de nuestro idealismo upiento. Quisiera que los jóvenes de hoy en Chile comprendiesen algo de esto. No entienden gran cosa. Se les ha mentido mucho. Lo adivinan y se desinteresan. De su exilio interior a la droga y al narcotráfico que carcomen al país el espacio es estrecho como una nada. ¡Abramos los ojos! Esto implica, más que represión, dulzura; confianza sin simulacro en la juventud; escucha atenta pero por lo mismo crítica; y respetuoso trabajo de rehabilitación.

No es lo mismo ser ladrón de izquierda que de derecha. El primero actúa, de palabra, según sus principios. El segundo, más silente, contra los “mismos”. Nunca olvidaré el terremoto de 1985. Me encontraba en su epicentro: la playa de Santo Domingo. A la madrugada fui con alguien de derecha al mercado semi-destruido. Aún no había cola. Éramos los primeros. Me dijo: “¡saca todo el pan que puedas!”. No le obedecí. Llegamos a la caja. El empleado sentenció: “dos sí, más no: hay catástrofe nacional” (la cola ya estaba allí). No repetiré las groserías y amenazas que vomitó la boca del “caballero” pinochetista. Lanzó sus treinta panes al suelo. El cajero no se inmutó. Dijo: “atenderé al resto de la cola, luego recogeré el pan, si resta, y en seguida me ocuparé de usted”. Esto sucedía bajo Pinochet. Mi acompañante era una autoridad comunal. Me sentí contento, gracias al cajero, de ser chileno. Sí. Parecería que la derecha es egoísta. Con salvedades, claro. De todo hay en la viña del Señor. Pero existe una diferencia entre el padre Gatica quien predica pero no practica y el padre Tato quien practicaba aunque ya no predique. Pobre hombre. O entre Tato y el emérito arzobispo Cox, asilado por su envergadura en localidad segura. Pobre hombre. ¿Qué es peor: la pedofilia o la mentira? Lo ignoro. Me aventuraría a decir que si la primera es abuso repugnante, la segunda lo engloba. Sí. La pedofilia sería un mentir de primera clase; de “rango”. No como Gatica, andaluz. Más como Aguirre, vasco, o Cox, del corte inglés.

El izquierdista Lutero tenía en esto razón. El celibato infantiliza a los seminaristas, luego curas, pronto obispos de anillo al dedo y por fin purpúreo ademán de cardenal. Entre niños, juegos de manos no son de villanos. Ni siquiera en “la pieza oscura”. Pero entre obispo y niño… ¡Poco católico!

Más escandalosos resultarían así, por analogía, quince millones coimeados en la izquierda que mil millones en la derecha. Allá “se podrán meter las patas, pero no las manos” (Allende). Acá las manos, no las patas.

El Mercurio no miente. Los jóvenes idealistas que la ideología materialista capturaba se han transformado, “salvo honrosas excepciones” (Pinochet), en arribistas de la penúltima hora. Han tenido el patriotismo consistente en “sacrificarse” por un tiempo para que Chile pasase por la dictadura, salvación ejemplar de la nation en la economía del marketing, en la “caja para idiotas”, en los mall y en la traición a la cultura patria. Han servido a la derecha “engañando” a la complaciente mediocridad izquierdista. “Uno para todos, todos para uno”. Tres mosqueteros incluyentes de la cristianísima y romano-siciliana DC. Ya sería tiempo para formar algo como una clínica política de la fraternidad, donde los jóvenes “hedonistas” de hoy tuvieran el honor merecido de ir gestando una comunidad amigable, sin racismo y generosa.

El FMI nos señala cual ejemplo en América Latina. Razón de más para contar hasta diez. El ministro Insulza reclamaba tiempo atrás contra el hecho de que desde Norteamérica se nos tratase cuales conejillos de Indias. Estaba en lo cierto. Seguirá estándolo. Los conejillos pasaremos pronto al laboratorio de Lavín. Somos histórica experiencia. ¿Habrá más chorreo? ¿Más prostitución infantil? ¿Más pasta base? ¿Más Hasbún, con su cilicio clavándole la cintura? Más… ¿qué, después? ¿Otro “condominio” popular que se desmorona por el barro de la primera lluvia, pues la empresa constructora confundió, inocente, cemento con arena? ¿Otra imbecilidad de la Academia de Ciencias, cuyos miembros constituyen en su mayoría una patrulla auto-designada de ignorantes papagayos? ¿Otras fondas de borrachos roqueros para “el 18”? ¿Otra privatización a ibéricos que asalarian con brandy Lepanto a los irrisorios callamperos culturales de Lo Curro? ¿Otras pizzerías de pacotilla? ¿Más travestis que ignoran su sexo en la mendicidad callejera a la cual acuden los discípulos casados de San Escrivá? ¿Qué más, “Chile lindo”?

Pero no os contentéis del mefistofélico “negar todo”. Decid qué haríais para “cambiar la vida” (Rimbaud). “Si yo fuera Presidente”, como imaginaba Cantinflas…

Rendiría justicia a los mapuches y huilliches, restituyéndoles en justicia las tierras que les han sido usurpadas con la connivencia de la institucionalidad colonizadora. Haría que en cada escuela y liceo de etnias diferentes fuera obligatoria la enseñanza del dialecto propio y lo incluiría en la notación de la PAA. Reconstituiría bajando los gastos superfluos del Estado la gratuidad de toda la educación pública (hasta hoy subsistente en Argentina, sin hablar de Francia, Alemania…), dejando para los perezosos o tontos la carestía del minoritario colegio privado. Para ello, más que preocuparme de infraestructura, sueldos o programas iría hacia el mejoramiento cualitativo de profesores. Preferiría el generalista al especialista. Daría prioridad a la palabra por sobre la aritmética. Consultaría no sólo al profesorado sino también al alumnado, y desde su pequeña edad. Incitaría la filosofía no cual asignatura de casillero sino en cada materia, incluida la “historia de la filosofía”, asimismo filosófica. Estimularía la poesía de las lógicas en el juego de las matemáticas clásicas y en las ciencias: física, biología, etc. Haría de la lectura, de la escritura, de la narración, de la música, del cuento, del humor, de la improvisación, de la intuición, de la originalidad, del coraje intelectual y de la imaginación un arte principal de la tarea educativa. Laboraría para que los estudiantes se sintiesen respetados y dignos de confianza, sin descuidar el rigor académico. Valorizaría el deporte y el trabajo manual. Cultivaría la afectuosidad entre estudiantes y profesores, donde ambas categorías aprendiesen cada una de la otra y se enseñasen respectivamente de acuerdo con sus potencialidades. Tendría cuidado para que las diferencias de origen social fuesen un estímulo para el pluralismo afectivo y cognitivo. Buscaría en particular que los estudiantes quisiesen comprender más que conocer o saber y que los pedagogos desearan hacer pensar más que hacer conocer o hacer saber, sin perjuicio de que en el encuentro de estas inquietudes se conozca y se sepa “por añadidura”. Propiciaría sobriedad y concisión en el ejercicio pedagógico. Exigiría limpieza en el lugar y en las vestimentas, sin desestimar el derecho a la diversidad. Tendría la norma de la escuela mixta. Suprimiría los signos religiosos en las salas de clase, dejando la aspiración a la fe en el espacio de las familias. Pero haría filosofía de la religión. Pediría buena gramática, buena ortografía, buen vocabulario y una caligrafía legible. No insistiría en técnicas demasiado “modernas”. No molestaría a los apoderados con rutinas de reuniones inútiles.

Y Cantinflas prosigue:

“Fuera de la educación, aunque hasta cierto punto inserta en ésta, acrecentaría la industria pesquera, destinándola menos a la harina que al pescado. No pasaría jureles por pollo. Abarataría el impuesto al libro. Tendría prudente confianza en mis colaboradores. Bajaría los sueltos altos en la vocación pública, reservada por espíritu de generosidad a las mejores cualidades profesionales. Aparecería poco en los medios de comunicación. Incentivaría en ellos, mediante un encarecimiento de las ‘pausas comerciales’, su mejoramiento artístico y su abreviación menos interruptora de los programas, aunque no sin respetar la iniciativa privada. Estimularía una excelente publicación analítica de la televisión y la radio. Me negaría por otro lado a todo nepotismo. Sería cuidadoso hasta el extremo en la utilización impecable y transparente de los recursos públicos. Daría dignidad a las cárceles. Bajaría el impuesto indirecto y también, con discernimiento, el directo, para favorecer la inversión. Reduciría de manera drástica la burocracia estatal. Haría menos pero mejor Estado. Blablablá. Propiciaría la amistad entre civiles y militares. Me esforzaría por abrir en acuerdo con el Perú un paso de Bolivia al mar. Multiplicaría los caminos con Argentina, de modo que Australia y Europa, por ejemplo, no tuvieran que transportar sus mercaderías pesadas por el Cabo de Hornos o el canal de Panamá. Protegería sin embargo la zona patagónica, trayendo corderos de la Bretaña francesa, por razones válidas que no corresponde explicar aquí. Tendría un contacto sencillo y humilde pero claro con la población. Tomaría a los empresarios como gente confiable”. Qué ridiculez.

Cantinflas se está aburriendo con tanto cantinfleo sobre su programa presidencial. Se lo está tomando en serio. Capaz que se presente de candidato. ¿O por qué no don Francisco?

Sí. La derecha tradicional y el centro DC sacrificaron en buena medida a sus hijos. Los hicieron izquierdistas para que “intelectualizasen” al rival prototípico: el comunista radical-socialista; induciéndolo a creer que la revolución por compasión interclasista sería posible y que el ejercicio exitoso y compartido de esa misión filial daría más justicia social, en lugar de salvar mediante la letra -que con sangre entra- al país por la módica suma de un trienio. Esa generación sacrificada, torturada o exiliada, si no ultimada, recibe hoy su recompensa, no sólo en el sector público, sino también en aquél privado. Otra parte de esa generación progresista e idealista, más numerosa y pusilánime, se lavó las manos bajo la dictadura. Se enriqueció yendo a misa para darse la buena conciencia de orar por los sufrientes. O se dio vuelta la chaqueta sin darse cuenta de saberlo. O sabiéndolo, inocente, por proteger a la familia, dado que “la caridad comienza por casa”.

Por contraste, aunque haya sido un poco tardía, cabe valorar la admisión única en la derecha, por la parlamentaria Pía Guzmán, de haber permanecido callada bajo el gobierno militar ante las violaciones de los derechos humanos perpetradas por éste, a pesar de saber que existían. De los arrepentidos es el reino de los cielos. Pero estamos en la tierra. Pía con seguridad fue mal vista por sus pares debido al honesto y errado reconocimiento que realizase a propósito de pedofilia.

¿Caso “único”? En la forma, sí. En el fondo, vaya uno a saber. Puede haber ocurrido con el gremialismo de Jaime Guzmán algo parecido que al idealismo revolucionario. Nació quizás inocente frente a la politiquería universitaria efectivamente reinante en los años ‘64-‘73. Luego quedó poco a poco metido en un engranaje de violaciones a los derechos humanos que le exigió una dimisión moral: no ver, ponerse anteojeras, para “bien gobernar”. Sacó las castañas con la mano del gato. Se dio “ejemplos” de ayuda al perseguido que le tranquilizaban la conciencia. No. No me gustaría estar en su caso. Suscita una compasión cualitativa pero no cuantitativamente simétrica a aquélla que produce la visión del idealismo revolucionario. Si es verdad que un muerto es un muerto, también lo es que uno no es cien. La diferencia cuantitativa se transforma retrospectivamente en cualitativa. El hijo se avergüenza de llevar el nombre de su padre. Esto envenena la vida entera. Hay calmantes, cierto. La adicción a ellos es una confesión tácita de culpabilidad, paso previo a un arrepentimiento y al perdón que en sustancia todos nos debemos, para entonces reencontrarnos sí como hermanos de corazón. Ello significa para el “gremialismo” y para los “poderes fácticos” solidaridad con los pobres y trabajo eficaz para una mayor justicia social. Ha habido progresos. ¡Pero cuánto resta por hacer! Este déficit debe ser reducido. Si yo fuera un empresario de derecha, pondría el énfasis en esta preocupación, y por razones no sólo morales sino también empresariales. No verlo es miope.

Pero volvamos a la triste realidad. Con salvedades, Chile es un país de cobardes. Ricos o pobres: miedosos, cobardes. Sólo la “chupilca del diablo” más un fusil los envalentona. Un día antes del “Once”, las poblaciones suburbanas enarbolaban las banderas allendistas. Al día siguiente, cada casucha había puesto la bandera nacional, demostrativa de una adhesión al régimen del crimen rectificador. Pero es comprensible. Viendo cadáveres de pobres diablos fusilados contra un muro durante la noche, yo llevaba de mañana a mis hijos hacia el colegio y les pedía que recogiesen unas monedas supuestamente caídas detrás de mi asiento de piloto, a fin de que agachándose no viesen los horrores de la DINA: era mi bandera protectora de los niños contra el escándalo de los asesinatos; semejante a la metamorfosis de los banderines en las poblaciones.

Mi experiencia, diversa y ya no corta, me muestra como infeliz la indigencia, como feliz la pobreza digna y como dramática la angustia “aristocrática”. “En mi país, somos todos pobres”, decía sonriente Ernesto Cardenal, ante un atónito Jaime Guzmán. Otra cosa es que fuese o sea cierto. Pero como idea en el fondo no está mal. Temo más para Chile y para mí una riqueza ostentosa que una adustez personal y compartida. Dentro de límites no utopistas, es cierto. Pero sin sobrepasarlos en su necesario realismo.

En el universo contradictorio del “discurso cerrado” (cf. Marcuse) antes descrito, mis propias contradicciones e incertidumbres lo integran, incluso por la lógica clásica. Nada hay en efecto más contradictorio que no ser contradictorio en una realidad que sí lo es. Escuchemos pues al crucificado hablando de nosotros: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Pero así y todo lo hacen. Como aprender a caminar o hablar. Si supiéramos lo que hacemos, no tendríamos pues perdón. Nace de esto otra paradoja. Quien ordena matar a sabiendas puede en rigor arrepentirse, por saberlo. Quien lo hace sin mala conciencia está falto de pecado. Le es así posible proseguir en su obra de masacre esperando el paraíso de la dogmática e infinita misericordia divina. Entretanto: “después de mí, el Diluvio”. Y, ahora, ¿sabemos lo que estamos haciendo? Sí en lo pequeño, no en lo grande. Es decir, no; pues lo grande envuelve a lo pequeño como la madre al embrión. Hay signos sin embargo esperanzadores. O por lo menos así lo imagino: menos soberbia, más humildad, como condición inclusive técnica de la modernización.

(*) Hace ya varios años atrás envié esto a EM. Fue censurado no por su contenido sino por la empleada Blanca Arthur cuya madre censuraba el cine durante Jorge Alessandri. Quien lo hereda no lo hurta. Blanquita lo hace por eficaz “profesionalismo” y por rencores personales. Como todo un poco sobre mucha gente y sobre mí en ese diario tan moralista que publicita a todos los burdeles de Santiago, por ejemplo. No he releído ahora el texto mío aquí presentado. Pero tengo el vago recuerdo que hay allí una crítica de fondo sobre la génesis del desastre que fue la UP. Lo cual no borra mi pésima impresión ética respecto de tal periódico. Su volubilidad constante mantiene la línea recta del interés contante y sonante. Me da vergüenza: allí aprendí a leer. Es lectura indispensable de la hipocresía nacional. Mi amiga Carmen Luz Salvatierra no está en desacuerdo con lo recién dicho. Pero a cuestión central no se halla en esa vergüenza sino en lo de la génesis antedicha; si mal no recuerdo.

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Linda es la noche en el mar cuando nos llueven las estrellas

Linda es la tierra seca del desierto si aún no nace allí una flor

Linda es la bóveda clandestina donde poetas presos se mellan

Linda es la tela en blanco donde nacerá muchísimo color

Linda es la textura de la rama cuando gorriones la rellenan

Linda es la carbonada con su casera combinación del olor

Linda es la muerte cuando se adormece en remolino que destella

Linda es la potencia inagotable y sencilla de la vegetal coliflor

Linda es la palabra junta al álgebra cuando ambas se empeñan

Linda es la cuna donde descansa en sus sueños el hijo mayor

Linda es la guitarra chilena dispuesta a la tonada que enseña

Linda es la población de La Legua oliendo al ajo y al alfajor

Linda es la corteza del alerce preservándose sobre una peña

Linda es la gente cuando está o no está en la calle Sotomayor

Linda es la pescadería donde yacen como vivas las sirenas

Linda es la fragilidad humana reconquistando sabor de dolor

Linda es la ruta donde se ignora en confianza adonde lleva

Pero más que todo eso

Linda es la canción de ella yendo de contralto a soprano en amor.

Pondré los puntos acentuados sobre las íes. Las cosas por su nombre. A un gato se llama un gato. Más aún cuando como en este caso tengo para ello la autorización aquí expresa de -en este caso- mi interlocutora; y toda la información pertinente guardada en D7: imborrable y paralela pero lejana a A.I. por si las moscas, es decir, una copia automática y reservada.

No hacer pública la intimidad íntima de las personas es una norma poco intimidante y acreedora de todo respeto. Por ejemplo, si yo revelo que me acosté con Catherine Deneuve quien presenta un racimo crónico de hemorroides evocativas de Burdeos, cometo una falta grave. Pero si a este propósito digo que sus bellas ancas huelen a un Château Lafitte 1948 entre rosas, ya es otra cosa y no hay falta sino poesía nostálgica. No cometeré falta ahora. Tampoco seré detallista. Ni literal. Pero sí irrefutable, a pesar de Popper.

Fui emocionalmente atraído por un texto de ella. Ya expliqué en SU sitio de Internet este asunto. En sus palabras entreví a una mujer hermosa, de gran corazón e inteligente, pidiendo amor puro. Mi alma, “ô” tan sensible, cedió a ese encanto fragilizado. Ella es casada, nunca infiel a su marido en el sentido profano del adjetivo, madre, joven, no chilena y vive en otro país. Tuvimos conversaciones por c.e. Su encantamiento en el plexus me fue siendo, digamos con recato, cada vez más abdominal, sin ser yo guatón, aunque, en el sentido figurado, sí, por geometría, muy boludo.

Tampoco he sido infiel a mi mujer ni ella a mí. Amo mi fidelidad. La preservo como un tesoro feliz. Pero en el diálogo de c.e. una tentación nació en mí. Y propuse a ella, quien aceptó, ir a verla con el objetivo de vernos, olernos, conversar y, sobre todo, hacer el amor hasta -es neologismo, perdón- la exhaustividad. OK: fechas, horas, etc. Luego pensé: “Mierda. Mi mujer no merece esto. Y ella, mi amante, tampoco. En su aceptación se nota una duda y una decepción. Serían coitos sin plenitud espiritual para ambos. Luego la tristeza, el adiós y el silencio definitivo. La mentira, el dolor del arrepentimiento cómplice, solitario y traidor. No. No voy. Se lo diré. Dios quiera que no vaya a tomar esto como un desdeño. Seré naturalmente delicado, ella comprenderá, la acariciaré en letras, sin mayúscula erección, con amor puro: es quizás lo único que ella espera, siendo su aceptación de mi cuerpo y la entrega del suyo una prueba más para confirmar que ‘todos los hombres son iguales’ como si ella no fuese igual mujer…”.

Resumo. Le escribí. Respondió con palabras que me llenan de contentamiento por lo contenta que ella estaba de sí y de mí; de nosotros. Y yo contento por la prioridad de mi mujer, quien me da tanto amor. Así: final feliz. Conté todo esto a mi mujer. Sonrió. De modo que la interlocutora y yo, sin jamás habernos visto, somos amigos. Más que si yo hubiera ido para enriquecer la bitácora antecedente de mis legendarias e incluso para mí envidiables proezas sexuales. La interlocutora a quien me refiero participa en la “Amaneciente Incertidumbre” y se llama así: JUJE.

A quien doy todo mi cariño.

Ignoro si la narración anterior presente interés. Quizás sí. Por el quizás, y porque ella ha dicho “nada tengo que ocultar, adelante”, pero haciéndose un poco la lesa, típico de mujer, esto va. Agradezco además a Jujita esto: mi fidelidad -déjate de tardíos celos- está reforzada. Hola.

¿He pecado, Dios mío? ¿Venial o mortal?

La fe duda. La duda cree. Sin duda no hay fe, sino fanatismo. El fanatismo mata. La fe fuerte es consciente de su debilidad y no teme reconocerla ni conversarla, para robustecerla. La fe no se agita por sus limitaciones, las asume como inherentes al propio proceso de la fe. El conocimiento sobre Dios, infinito, es inaccesible a la mente humana. Soberbio y falso resulta sostener lo contrario, que implica sentirse superior a él, por ya “conocido”. La interpretación doctrinal de Dios no tiene sustento moral ni lógico. Numerosas religiones, por razones de poder u otras, caen en esa práctica desechable. La fe es humilde sin fingimiento ni locuacidad. Ella es más comprensiva que su supuesta ausencia, porque está abierta a lo inimaginable y la segunda no. En el cristianismo se alcanza una percepción todavía y siempre cuestionada de Dios encarnado en Jesús. La fe busca y se busca sin forzarse sino entregándose atenta y dulce a la voluntad de Dios. Ella es feliz a pesar del dolor así trascendido aun siendo intenso. Ella alivia. En este sentido, curiosamente, la fe es en parte “el suspiro de la criatura oprimida” (Karl Marx”).

La fe es un don divino del cual se puede ser verazmente responsable y consecuente. En caso contrario, se la desperdicia.

Hay mucha tontería prescindible en la expresión histórica de la fe. Dios no es un viejo barbudo que nos observa encima de las nubes. Jesús no es el crucificado sino el resucitado. El texto bíblico no debe ser tomado al pie de la letra. La mujer no es impura después de menstruar. El universo no fue creado en siete días. Dios no se ha arrepentido de haber creado al ser humano. Cristo no ascendió al cielo como un pájaro. El cielo no es el cielo propiamente tal. La Biblia contiene mucha metáfora, mucha poesía, mucha leyenda, mucha divagación imaginaria, mucha fantasía. Tonto es leerla como si fuera un texto realista. No es que sea surrealista. Digamos que su substancia -el amor- está revestida de numerosas figuras oníricas, de ensueño diurno, que nos son familiares. La Biblia fue escrita por hombres entregados a la revelación divina. Pero eran hombres y las palabras de los hombres jamás lograr expresar con perfección absoluta lo que ellos querrían exactamente comunicar. Es por una lectura compasiva y comunicativa entre el escritor y el lector que se puede, por disposición amorosa y artística, comprender silencios, insuficiencias, incluso errores o invenciones. Sin tomarlos por su significación literal, salvo en la substancia indicada; pero acogiéndolos por su hermosura o, aun, por su humor (Dios ríe, creo yo y no sólo yo). ¡Cómo no va a ser divertido leer que Jesús caminaba sobre las aguas! ¡Cómo no advertir su humor inteligente, incluso irónico, ante Pilatos cuando éste le pregunta “¿eres tú el rey de los judíos”? y Jesús se limita a responderle “tú lo has dicho”! La carga dramática de este humor en pleno dolor es evidente.

Disculpen: son éstas divagaciones matinales. Et tema dará siempre para mucho más. Pero cosas van saliendo. Buen día.

No tengo amigos.

No tengo enemigos.

No me importaría tener amigos.

Tampoco tener enemigos.

No me importaría perder una amistad.

Tampoco una enemistad.

No me importaría encontrar un amigo.

Menos aún a un enemigo.

De mí no soy amigo ni enemigo.

Hay gente, incluido yo, que no me importa.

Conozco la palabra afectividad, que no tengo.

Soy un hombre por completo anestesiado.

Nada inmoral hago, nada moral hago.

El cerebro me conserva en la neutralidad.

No creo en el amor ni en el desamor.

Tampoco creo por inútil en el odio.

No creo en Dios, no creo en nada.

Así nací, así soy, así seré.

Opine usted lo que opine.

Su opinión no me importa, la mía tampoco.

Usted es sentimental de baratija.

Sus lágrimas son fábrica de legañas.

Sus alegrías son una comedia sin arte.

Es un ser romántico del retraso mental.

Es una persona anciana sin modernidad.

Nadie le oye, nadie le escucha ni habla.

Usted habla sola y ya muy poco.

Se refugia en el sinsentido de la esperanza.

Voy a dar por terminada esta clase.

Partiste tú y recomencé a sangrar.

Rico era cagar pero aburrido limpiarse el culo.

Rico fue adormecerse juntos bajo aquel sauce.

Soledad rima con solidaridad e imbecilidad.

Yo no me quejo cual pendejo, sólo me alejo.

Así va siendo el mundo feliz del ser perplejo.

Sorprendido por no sorprenderse de nada.

Ni siquiera por su humanidad ya exhalada.

Así vamos todos juntos en esta escalada.

Si el tiempo es dinero, el dinero es tiempo.

La divagación consiste en dejar llevar al pensamiento por sí solo. No se lo conduce. Él viaja donde quiera, sin destino conocido. El ser se le entrega ensoñado, aunque esté bien despierto. Allí, la “asociación libre de ideas” no es un pecado contra los imperativos testamentarios de la metodología supuestamente establecida. El cerebro afectivo da saltos, baila, relaciona continuo sin causa a efecto, se sorprende de su racional irracionalidad, encuentra sendas promisorias de inmediato olvidadas por otras, se esfuerza por recordar aquel valor irrevocablemente perdido creyendo que de todos modos por algún lado desconocido esa vía de otra forma volverá. La divagación tropieza en su desplazamiento espontáneo, se fastidia de sus vaivenes en búsqueda de cognición expresiva para el bien de toda la humanidad. Ella se embriaga por sí misma. Va sin ir. A veces se desespera de su ser, ya no le resiste, lo maldice, pero por lo general prosigue su abandono natatorio y flotante en el vértigo del océano hecho cielo.

Sostengo que la divagación así pobremente descrita es la fuente primordial de lo que por torpeza engreída llamamos ciencia. El descubrimiento de algo llega por sorpresa cuya causalidad es desconocida. La metodología derivada entre otras cosas del positivismo inhibe, con sus diplomas disuasivos de la libertad, a la fertilidad potencial del vagabundeo intelectual y de la poesía que “la lógica del descubrimiento científico” es requerida incluso por Popper. No digo que la “comunidad científica” deba organizar sus seminarios bien remunerados bajo la condición de presentarse borracha a ellos. No. Allí las cosas han de ser… claras. Pero la claridad hipotéticamente fructífera no surge sino de un relámpago intelectual que luego, si se puede, es trabajado, hasta hacerlo más o menos comunicativo y, por poesía acogedora, comprensible, transmisible, discutible. Ese relámpago de la divagación da entonces la impresión de abrir nuevas perspectivas traducibles quizás en tecnologías innovadoras, competitivas, etc., cuyas consecuencias para la vida son ya, sin maldad, impredecibles.

Quiero decir con esto que la práctica científica y tecnológica tal cual es requiere por cierto una forma de comunicación metodológica a menudo inentendible y falseada incluso para celebridades iniciadas, pero además que el vigor sustantivo de los caminos a la realización depende en rigor mucho menos del “método” que de la divagación íntima e insospechada del investigador o de su grupo.

En otros términos, respetando ciertos cánones metodológicos (y proteccionistas) de orden principalmente figurativo y “lingüístico”, el descubrimiento científico y su difusión académica reposan sobre la divagación, la sorpresa y la improvisación, mucho más que sobre la disciplina militar de las conciencias.

Si en Chile es necesario, para la “calidad de la educación”, concepto por sí mismo inocuo, un mejoramiento esta vez sí real del profesorado, éste debe:

1.- Tomar en cuenta lo anterior.

2.- Ser estudioso.

3.- Hacerse respetar no por simples normas sino por ser respetado gracias a su respetabilidad objetiva que exige su respeto más que formal al alumnado.

4.- Aprender de los estudiantes como fuente esencial de enriquecimiento cognitivo y pedagógico.

5.- Saber decir “no se, pero lo estudiaré”, es decir ser humilde sin pusilanimidad.

6.- Escuchar.

7.- Muy importante, no ser latero, lo cual no significa ser payaso, pero sí, sin ironías, tener un sentido del humor.

8.- Reconocer sus limitaciones y defectos.

9.- Estimular interrogaciones que vayan más allá de la clase.

10.- Jamás incurrir en ambigüedades sexuales.

11.- Ser veraz.

12.- Establecer una comunidad en interrogación donde la gente se quiere.

13.- Si, dado todo lo anterior, hay manifestaciones de iracundia o de violencia verbal o física, ejercer toda la autoridad punitiva; sin látigo, claro.

14.- La puntualidad como regla absoluta: nadie entra a la clase con medio minuto de retraso.

15.- Exigencia de higiene corporal, sin exageraciones, pero clara desde el comienzo.

16.- En materia de notas, premiar la creatividad y castigar a los papagayos por exactos que sean, salvo en ciertas materias, como por ejemplo recitar una poesía o un teorema bien comprendido.

17.- Estimular el cuestionamiento de los postulados.

18.- No hacer “política” coyuntural ni doctrinaria, ni siquiera en materia religiosa.

19.- Hacer pensar más que hacer conocer o saber, de modo que los estudiantes quieran comprender más que conocer o saber, pues en el cruce, la búsqueda y el encuentro de tales anhelos llegan “por añadidura”, inadvertidos es decir inolvidables, un conocimiento y un saber.

20.- Saber salirse un poco del “programa”.

21.- Ser exigente aunque comprensivo en el plano intelectual, aunque se lo sea realmente también y desde luego consigo mismo, requisito para la respetabilidad.

22.- No sermonear ni dar “moralina”: no son tontos, no más que Ud.

23.- No caer en corporativismo profesional.

24.- Saber que su aporte espiritual vale más que un computador.

Bueno, son ejemplos. Podría haber más. Sólo he planteado divagaciones. De éstas nace incluso el amor. Y del amor la ciencia al amor.

Este texto podría haber ido aquí como agregado en el espacio “La calidad de la educación”. Da lo mismo. La coherencia aparece por sí misma. Como la complementariedad o la contradicción. Mi anhelo nada egocéntrico es que profesores estudien “Amaneciente Incertidumbre”. Quizás haya algo valioso en esto. Pensando también en jóvenes.

Tengo ganas de escribir próximamente sobre “La delincuencia juvenil”.

Tu ente es tu mente. Triste es desde tu preconcepción divina para que seas Cristo o Virgen sin serlo, triste desde tu pobre concepción biológica, triste en el estridente vientre uterino, triste al nacer, al crecer, al ir falleciendo, fuente por ser triste de salvación sin lograrla, Buena Nueva ya tan repetida ni nueva ni buena, triste tu lápida desflorada, sin visitas, olvidada antes de ser. Ser siempre triste: “The Kid”. Nunca te ha gustado el mundo. No los reinos animal, vegetal ni mineral. Estás suicidado en vida, sin necesidad de suicidarte en muerte. Muerto en vida, vivo en muerte, arañando entre gusanos la indiferencia interna de tu féretro. Tu depresión esencial ya no siquiera da vueltas alrededor tuyo, es detención en ti, es tú. Ya cansaste a la gente que te ignora lanzándote por caridad migajas cual maíz a gallinas pronto hechas caldo defecado. No hablas. No escuchas. Sólo puedes permanecer sentado en la acera de la desesperanza vacía. El transcurso del tiempo te es ajeno e inmóvil. Mar o montaña, cielo o tierra, bien o mal, te son desconocidos salvo por tu mirada apagada, inmune a los medicamentos. En tu interior, ¿qué? Ninguna piedad. Sólo la misma y permanente prosodia: no debí estar en esto.

Algo como eso es ser y no ya sólo estar deprimidos. A veces da la impresión que la humanidad se va encontrando rápidamente en tal ser. Aquí hay más “sin” que “con”. Sin amor, sin odio, sin fraternidad, sin veracidad, sin sentido de trascendencia, sin arte, sin desprendimiento, sin humildad, sin probidad, sin paz interior ni exterior, sin hijos, sin trabajo, sin perdón, sin “con”. Sin que la mente del ente tenga otro movimiento que una mareada y anquilosada ebriedad descafeinada. Sin cultura. Sin…

Subsiste gente con vocación salvadora. Ora, milita, da, es fotografiada. Las obras quedan, los hombres se van, la vida sigue igual. Al ser deprimido no basta ayuda humana salvo por un instante ya olvidado. Sólo podría sanarle un milagro. Pero al parecer Dios se hastió de darnos milagros. En esto, se lo podría comprender. La esencial depresión humana está deprimiendo a Dios. Ravotril?… Bonsoir!

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julio 2007
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