Al comienzo de la próxima frase estaré ebrio. Listo, ¡cha!, soy libre. Puedo no escribir nada. O, respetando ciertos límites fijados por la eminente Justicia chilena, escribir cualquiera bobada, hic, del tipo nerudiano: no se me ocurre qué. El problema se halla en que ya se me ocurrió escribir algo, eso (“no se me ocurre qué”), y algo es algo, aunque constitutivo de pérdida de tiempo para todos nosotros. Sin embargo, ¿qué es perder el tiempo, sino el tiempo mismo? ¿No es su esencia misma perderlo? ¿Qué tiempo gana por ejemplo el campeón y record mundial de 100 metros planos quien los cumple en 9 segundos? Una copa de “oro”, unos billetes, unas fotos, unas señoritas, cocaína y una vejez de Parkinson acompañada de Altzheimer. Sería todo. Cosa triste y solitaria. Hic. La vida humana no tiene tiempo para el tiempo. Repara en el paso ficticio de éste, sí, y con desazón, mas de allí no pasa. No pasa nada. Da la impresión que no estoy escribiendo como ebrio sino como sobrio. Es simulación destinada a ser calumniado. Soy diestramente siniestro aunque no centrista para esta clase de proeza. Ved: hic. Quod est demonstratum. Y además rasco mi oreja derecha. So de locura etílica es. No rasque Ud. su oreja derecha so pena de acusación por estado de ebriedad en la vida pública. No escandalice a la inocente población de este país. Goce de salud por lo menos corporal si la mente no está ya en condiciones de aquello. Disfrute de su vacuidad cerebral “in corpore sano”. Omita hacer caso a refranes clásicos. Considere su soledad en la más estricta soledad. Nadie le toma en cuenta. Existiendo como consta y habiendo dado incluso prácticamente todo el amor es decir el dinero o por lo menos casi todo porque algo habrá que comer o mejor beber, hic, Ud. sufre aún de su soledad comprobada por que nadie le llama o visita. Y es así en su sentimiento inexistente. No eran sino alucinaciones las esperanzas adolescentes cuando imaginaba un mundo feliz ignorante de Huxley. Pero borracho y niño como soy le cuento un truco aprendido antes de la copulación. Es necesario vivir exhaustivamente la soledad para sobrepasarla. Al salir de ella se es más fuerte que antes y que durante. No hay receta. Sólo, hic, ésta: desdeñe por amor toda compañía. Yo no le estoy incitando a hundirse en una ermita de levitación. Estoy filosofando. No corresponde a mi estado. Debo agudizar mis estupideces. ¿Pero cómo, dada esta condición por el momento crónica, sincrónica y diacrónica? Una solución persuasiva para Ud. residiría en hacer excremencial la escritura. La sola perspectiva de ello me da, no obstante, vergüenza, tras todas las otras tonterías que he venido brindando. No llevan a ninguna parte, como Ud. ve. Son como el tiempo. Dios debió estar ebrio de la nada en su Verbo solitario para crear esta maldita Creación. Maldito sea él por el Dios de Dios. No lo odio. Lo amo desde el dolor. Hic. ¡Para qué me hizo vivir! ¿Para esto? ¿Para este nosotros que no es sino cada yo en otros? Envidio admirativo al espermatozoide hermano entre billones que no llegó al óvulo. Cayó en las primaverales cloacas del olvido intestinal cuya memoria sin embargo sobrevive en nosotros. Estoy borracho. Y a ti qué te importa, mierda. No es cuestión tuya. Gozo en la superación de mi soledad. Más acá de ésta -lo confieso al cura delator- se halla, neutra, la felicidad, ignorante de sí misma pero sabia de su no ser y de su ser no. Nada de satánico, a este propósito, hay en mí. Del despropósito santos maculados somos. Miguel Ángel Solar vino a verme. No cree en el Mal. Salvo como negación del Bien. Dicho en castellano, cree en el Mal como negación del Bien. Es pura Lógica. Entre tantas lógicas. El asunto, hic, va más profundo que esto. Debo hacer un esfuerzo para rememorar tal profundidad. Me agrada escribir en puntos seguidos. Ud. hace sus puntos apartes. Si se le antoja. Y si no, no. Punto seguido. Me impongo. ¿A qué? Alguien me dijo que no hay milagros. Le respondí que el milagro ya estaba en su ser. Cagada de milagro, hic. Y vuelvo a la esforzadísima profundidad pensando en tanta gente a quien he amado sin perdón, este concepto. La profundidad anunciada consiste en cómo el nacimiento del Mal desde el puro Bien, digo puro es decir sin noción de ser Bien porque no tenía elemento comparativo. Sin Mal no hay Bien en cuanto Bien. Hic. ¿Cómo, entonces? Esta pregunta no tiene respuesta y queda como tal. Por lo general malvada, la humanidad sigue apoyada sobre su maldad buscando la respuesta en la pregunta por la respuesta. Es una labor destructiva y fatigante. Más valdría ser idiota que borracho empedernido y no preguntarse ni responderse nada, nada, nada. Lo cual abre por desgracia otra pregunta sobre qué es la nada. Estamos condenados a la insatisfacción científica, filosófica y religiosa. C’est la vie morte, c’est la mort vivante, ce sont les deux à la fois.

Punto aparte. El perdón, concepto benévolo, no perdona. La herida cerrada se abre, sangra y odia. Te odio por el cuchillazo al alma que me infligiste. Me odio por lo que te hice. No logro en verdad perdonar. Lo intento. No puedo. El rencor es persistente. A veces se olvida. Dura lo que dura. Renace a pesar nuestro. Hic. El Juicio Final lo demuestra. El Greco pinta a un Cristo ubicuo y delgado. Miguel Ángel en la Capilla Sistina a uno obeso que se desploma castigador. Yo perdono por la cabeza de la conveniencia social. Pero no de corazón. ¿Tú sí, genial idiota, que destrozas sin ninguna conciencia salvo “gananciosa” a tu misma tierra? Omito “hic”. No releo. Es inútil.

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