Dijo la revolucionaria alemana.

Antes yo te amaba. Te sentías amada sin que te lo dijera o demostrase. Ahora te amo aun más. El universo ha venido como engrandeciéndose alrededor de ti, por ti, para ti, en mí, desde mí. Pero mis palabras incluso sinceras de amor que no siempre omito me dejan el sentimiento de no haber llegado a ti. Llego a dudar de su veracidad. Es como si fueran cáscara de un huevo hueco cuyo eco expresa una nada repetitiva de sí misma. Y sin embargo te amo. Lo sé a ciencia cierta porque de tanto amarte te amo. Cuando estás me sobras y cuando no estás me faltas. Es el intersticio amante en los extremos de este movimiento que me hace poner la mesa, la luz y la música para tu crepuscular llegada. Te he preparado como cena delicias de la sencillez. Pero ya me pareces cansada. Miras vacía mi beso. Te cuento cuentos de alegría para aliviar el dolor del aire que ha entrado en tu hombro. No escuchas. Ni siquiera oyes. Si no me amases estarías ausente de aquí. No disfrutas de la codorniz asada con coliflor al limón. Borras a Beethoven. Soplas la vela del divertimiento romántico. “¡A nuestra edad!”. Te pregunto qué sucede. “Es tu muerte”. Una sombra recorre y se instala en tu rostro. Acaricio tu mano derecha. Es otra vez lo mismo que nada. Bebes una copa de vino tinto. No. Es su contenido que bebes. Sonríes apenas. A penas. Ya no sé cómo hacer contigo. No es por un menú de amor que lograré rejuvenecer tu alma. No te perdonas no perdonarte. No perdonas a tus padres bajo tierra. No me perdonas. A la vida exhaustivamente no perdonas. La presencia sólo espiritual de tus hijos da mordiscos a tu alma. No encuentras sentido a los esfuerzos vividos durante tanto tiempo ya. No cesas de moverte. Cambias de lugar el cenicero. Observas una mancha de aceite en mi camisa. Aseas la mesa limpia. Arrugas la frente. Das unos pasos de ida y vuelta. Emites con un suspiro el único vocablo universal: “ay”. Mi entrada en tu levedad de sufrimiento lo profundiza. Te hablo de Kundera para pasar a Shakespeare y de aquí a Dulcinea del Toboso y callas. Inquieres sobre el cambio de las sábanas. Yo te invito a las sabanas del Sahara y al desierto florido. Una picazón naciente en la espalda me demuestra que estoy montando en cólera. Enmudezco por la paz. El trabajo de la mudez me torna rígida el alma. Si es que alma tengo. Dios no responde. Te envío la mariposa de un beso que vuela haciendo parábolas hacia ti. “Detesto las polillas”. Son arenosas. Comen ropa. Fijas la mirada en mis ojos. Son dos garfios. No crees que yo te ame. La situación se torna poco sostenible. Hundes las uñas en las palmas de las manos. Preguntas qué he hecho durante el día. Escribí que todo texto tiene frases ausentes pero leídas por el buen lector. Comentas que en la oficina Cristina fue desagradable contigo. Profieres dos o tres garabatos a su propósito. No soy tan católico como para reprochártelos. Al contrario, les hago eco en su textualidad exacta, que no repito por respeto oficial al ser que nos concibe ahora mismo en el curso de las palabras. Ellas son un río del cual río por la coincidencia del léxico. Interpretas aquel eco y esta risa como si constituyesen una burla nada fluvial de la calle donde aún te suenan los bocinazos que tú también das. Frenas en seco ante la repentina luz roja. Apenas pruebas la codorniz que compré en el mercado de Diego de Almagro, ese conquistador. La unté en mostaza de Dijon, le puse ajo fresco y pimienta negra por mí molida. Nada de sal. Ningún otro aliño. A la coliflor sólo dejé chorrear un poco de aceite de oliva sin reparar en que una pesada y densa gota había caído sobre mi camisa regalada por ti con ocasión de la última Navidad. No solemos celebrar algo. Salimos una nada. Ya hemos visto todas las películas. La novedad es añeja como una pasa. Desabrida vemos a la gente en un restaurante. Mejor se come acá. Te levantas de la mesa. Lavas a pesar de mi petición para que no lo hagas pues mañana viene la señora María Teresa a quien calumniaste. La calumnia es una mentira ejercida sobre otra mentira anterior. Te lo comenté sin espíritu acusatorio. La molestia te invadió ayer. ¿Alguna mujer acepta la crítica? ¿La hay que pida perdón? Ahora partes a la cama. Cuando llego tras haber terminado este texto estás francamente dormida en el rincón opuesto a mí. Observo tu nuca. Huelo el sonido de tu vaivén respiratorio que demuestra tu sueño sin contenido aparente. De pronto te remeces y roncas. ¿De dónde emerge ese gemido? A fin de evitar despertarte, me acuesto con cuidado y sin besarte. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos el amor, como inadecuadamente se dice no sólo en castellano, pero tampoco como “ay”? Hace poco hubo elecciones presidenciales. Votaste por la derecha. Yo por la izquierda. Ganaste. No te alegraste. Tampoco lo habrías hecho si hubiera ganado yo. ¿Ganar qué? ¿Convicciones? Murmuras pidiendo que apague la televisión ya apagada y la desamparada luz de mi velador. No tengo el derecho de leer algunos párrafos del críptico Apocalipsis. Frío siento en las manos y los pies. Te amo. En fin, creo que te amo. O por lo menos eso supongo. Aunque te esté odiando porque aún no regresas o ya no más. Tu amor era una práctica inconsciente de la simulación. Paso horas suputando viajes sin espacio ni tiempo. Voy donde algo como ajeno a mí me lleva. Dios es un tema de vaciedad recurrente. Toma palabras: verbo, pan, vida, espíritu. Yo me siento extraño a mi vocabulario. Un grillo gruñe afuera. Lo estrangularía. El frío y la oscuridad me inhiben de tal idiotez contemplativa. Me levanto. Voy al computador. Me impacienta la eternidad de su tardanza para hacerse útil. Útil para escribir que la tecnología sólo sirve con el fin de ser destruida por otro terremoto. Bella considero a la naturaleza muerta de los escombros tras la furia planetaria que la humanidad produce por dinero. Pero la reconstrucción empieza de inmediato en la burocracia, en la cesantía, el llanto o la astucia. Nada se gana con ganar aunque mucho se pierda perdiendo la fe, la esperanza y la caridad. Me llamas. Apago. Voy. Me meto en la cama. Te beso. Experimento el contacto de tu cuerpo. Te acercas. Me cercas. Digo que te amo. Tú me dices lo mismo, aplicado a mí. Yo querría que fuese a ti. Pero no hay caso. ¿Existe la mujer que fuera de todo narcisismo se ame? No. Ella ama sólo a sus hijos. Ese amor se los traga. Es ignorante de la paternidad. Pienso esto mientras corcoveas conmigo dentro de ti. Tal pensamiento me distrae del aquí y del ahora. Ya estoy otra vez en una lejanía inconsistente. Lo lamento. Frunzo el ceño amando el amor sin amor. El esfuerzo titánico por amarte se desvanece en su sentido terminal y termina para tu gloria como larga e inercial demostración de erectilidad. El pico parado demuestra a la mujer que es amada. A la mierda la codorniz. Te lo digo tras horas de yacimiento no sé cómo despierto. Aseguras que tan idiota no eres como para sobrevivir así. Te pregunto entonces cómo. La respuesta es otro orgasmo. No finges. Es animal. El placer sexual de la mujer es lugareño fuera de sí. Ella canta gimiendo a grito pelado.  Unos pájaros matutinos emiten sus sonidos sobre los árboles del jardín. Reconozco al grupo de distintas etnias. Siempre llegan a la misma hora. El horario londinense les es indiferente. Luego se van. La mujer ha tenido su último orgasmo por esta vez y también se va al mencionado rincón letal. Nada agradece de mi meditativa aplicación. Mi semen es lágrimas. En la fiel esposa del esposo fiel había durante el galope un rostro inconfundible de muerte femenina. Es una muerte furiosa. Mi madre me llama en el teléfono. Da un consejo.