“Parecía que la vergüenza fuera a sobrevivirle”. Esta última frase de La metamorfosis escrita por Kafka es aplicable a Adán o a Eva expulsados con vergüenza del paraíso. La reconocida castidad que caracteriza al clero de la Iglesia Católica ha escogido a la hoja de parra como símbolo del pudor. Es poco probable que tal metonimia se deba a la evocación de la mano que produce aquel vegetal. La Curia ama poco a la ironía. Aunque la opción adoptada bien podría ser interpretada como el símil de esa extremidad puesta allí para cubrir justamente “eso” semejante por un lado a la mano y por otro a un mínimo racimo de uvas o según la edad de pasas acompañado por su correspondiente sarmiento.

La adquisición original y pecaminosa de la vergüenza provocada por la acción de ese sarmiento animal que es la angula o -vista bajo telescopio- la serpiente, puede haber sobrevivido a nuestros ancestros, ganando incluso terreno en la historia de la humanidad. Así lo sugiere masculina la omnipresencia terrenal del cilindro, ese gigante pétreo, en la arquitectura; desde aun Babel. Del mismo modo que lo indica la paridad  negra, rosada o blanca  de los volúmenes oviformes situados por designio divino a los lados de aquél. Y aquella femenina Ψ interiormente tan compleja, incomprensible para el hombre si no también por invisible, salvo espejo, pero entonces  de imagen enrevesada (Bergman  en su película “Gritos y susurros” proporciona una representación terrorífica de tal narcisista y sangrienta escena).

El mundo está lleno de sinvergüenzas cuya monta varía en la espiritualidad y en la materialidad. Los hay incluso completamente fracasados o llenos de riquezas, sin que se sepa a ciencia cierta qué ocurre en su alma al final: si susurros o gritos; si una sonrisa desde Más Allá (o de Nada) o si la rigidez lívida de una torsión definitiva y desesperada. A lo sumo es posible sospechar allí paz o acá tribulación. ¿Pero retorno al Edén por el adiós histórico a la vergüenza basada sobre la preservación en el cinismo de la más perfecta crueldad: aquélla no del avergonzado  Diógenes sino ésta más tardía del desvergonzado Maquiavelo? No. El camino recorrido desde la soberbia edénica junto a la serpiente, al árbol de la ciencia del bien y del mal (la manzana nada tiene que ver en esta historia), al árbol de la vida, a Jehová y, por último, a “nosotros” los ángeles, querubines y serafines, es sin retorno. Las puertas del paraíso se hallan bien resguardadas por dos recios arcángeles a quienes nada puede vencer.

¿Puede morir sin cinismo pervertido sino por conversión religiosa la vergüenza? ¿Lo puede por dolor en el arrepentimiento de haber hecho sufrir aun a Dios, una vez arrepentido de haber creado al hombre en el día postrero -sexto- de su Creación? ¿Borra el arrepentimiento ajeno al arrepentimiento propio y éste a aquél? ¿Hay interlocución veraz y elocuente entre el hombre y Dios? ¿No tiene éste otros afanes que excedan a este último ser? La venganza es fruto de la envidia y ésta lo es de la paradisíaca soberbia. La envidia odia como por “comprensibles” celos odió Caín a Abel y prepara su orgía compuesta por ese néctar de uvas fermentadas que bebieron por succión seminal las hijas de Lot ebrio.

¿Soy descendiente de Caín? ¿Lo soy del Iscariote? Parodia soy.

No se hable salvo por necesidad de amor. Hacerlo envenena por lo general la Palabra. En nombre de ella son cometidos crímenes que sólo la infinita misericordia divina podría perdonar. El acto humano de bondad persigue más el reconocimiento social -y como gratificación el poder político o lujurioso- que la gratuidad de la dación. Pues la humanidad por sí misma no merece el perdón. Callad. No creáis en los falsos profetas que nos gobiernan. No confiéis en quienes cuyas fauces a lo sumo babean los signos inconfundibles de la avidez y la codicia. Sed ya más popperianos que adornianos, preferid no dañar que santificaros. Y dejad a vuestra vergüenza vivir.