Continúo. Ciencia englobada por fe son susceptibles de error. Además, la propia mentira, entre aquéllos, suele estimular intelectualmente por juego o maldad la comunicación de corto plazo. Incluso por mitomanía. Mas no de largo plazo. Goering ya lo sabía y lo dijo con todas sus letras. No es sin embargo el caso ahora. Nada nazi hay aquí.

El ser de quien hago mención es sincero. Ni siquiera juega con la verdad. A lo sumo la confunde por error posible con la sinceridad. Se puede mentir sinceramente. Como caer en una verdad sin sinceridad. Sobre tal encrucijada y sus ramificaciones somos incapaces por falta de autoridad pensante de juzgar. Sólo Dios, existiendo, como por lógica amorosa existe, podría hacerlo. Se advierte la sinceridad o veracidad del ser sobre quien escribo en el balbuceo de su conversación. La duda no metódica reluce allí. Ella demuestra una fiabilidad moral. Pues al contrario la certeza aun de la fe, fanática por definición, prueba falsedad. El belicismo de las guerras santas miente por siglos desde por lo menos aquel “¿soy acaso el guardián de mi hermano”? adjudicado quizás sin justicia a Caín, quien por lo demás no era guardián de Abel, aunque haya caído en malignos pero comprensibles celos por una cuestión relativa a la dirección de los respectivos humos sacrificiales: pedestres los del cuidador de vegetales, celestiales los del cuidador de la carne; injusticia o brutal prueba divina, que no sería la primera tras la Creación al menos de la humanidad acompañada por la serpiente e inducida a la entonces irresistible tentación del poder y del infructuoso ocultamiento. En cambio, el anciano ser de quien yo hablo, veraz, me repite tras un tartamudeo significativo de duda y fragilidad dignas de respeto que a fin de cuentas se vive entre todos los activismos sólo para narrar. Esta frase permanece anclada en mí.

Supongo que ningún mentiroso puede por su cerebro escribir en el mío algo así -narrar-  sin advertir al mismo tiempo que ya está escribiendo bajo la página, sobre la madera hoy de plástico, sus más comprometedoras y decisivas aunque finalmente ilegibles o ininteligibles frases, pues desconozco los esencial, lo natural y lo accidental de su contenido en el transcurso de esa pasajera e insignificante vida, incluso por improvisación plagiada, como ésta de Blaise Pascal en su diálogo con el señor de Saci: “fuera de la ley todo esta en la incertidumbre”. No, un mentiroso no escribiría tal cosa en mi cerebro. Sólo podría hacerlo un ser cuya honestidad llegue a dar miedo, sí, miedo, incluso a ti, como además lo reconoces sin dificultad aparente, querida. ¿Querida? Sí. En el fondo, sí. Sólo en el fondo. Pero ya es algo. Si Pascal no es santo es a cusa de su apuesta.

Pero otra vez debo proseguir después. Cada frase aprieta mi vientre. Pido de nuevo excusas. Luego del escusado intentaré dormir otro rato y después continuaré con el número romano III. Gracias por vuestra impaciente paciencia.