Morir debe ser horrible si ocurre en una lenta y sufriente agonía del alma comprobante de un fracaso moral a lo largo del tiempo -“¡qué hice!”- y de una paralela -por lo general simultánea- aniquilación corporal donde todo sin exclusión duele. Es el cansancio del alma en el cuerpo y del cuerpo en el alma. Es el tiempo cual sobra que a cada instante está de más, pero está. Es susurros tardíos de un arrepentimiento precario y sincerado por la hipocresía de la necesidad: “Dios quiera que tanto sufrimiento sirva para algo”, “qué he hecho Dios mío para sufrir así”. Es el proceso del purgatorio como infierno. O puede ser también, sin que lo dicho cambie, la ausencia de cualquiera evocación divina, por la valerosa o porfiada tenacidad dentro de una convicción agnóstica, donde la persona moribunda reafirma su saber superior sobre la futilidad de la creencia en un dios.

La perspectiva de la muerte genera en principio una confusión sobre lo que la sucederá. Nada. Y en tal caso nada pasa, salvo el dolor hipotético y complementario debido al dolor que la muerte provocará de modo probablemente transitorio en los seres que amarían o aman a quien está muriendo. Ese dolor ajeno se traslada como propio al pronto cadáver. Llora por el llanto de las lloronas. O después del proceso mortuorio -la muerte jamás es propiamente instantánea- suceden en catequesis católica paraíso, purgatorio, infierno o limbo. Sobre los cuales circulan metáforas naturalmente inexactas y poco convincentes, salvo para almas dotadas de una candidez que linda no sólo por rima en la estupidez: respectivamente, felicidad, pago, pena perpetua y vacío. La catequesis simplificadora de la historia colabora por ahora mediante sus curias y textos dogmáticos al “desencantamiento del mundo”, pues el populacho culto de la post-modernidad ha desistido de seguir escuchando chorradas provenientes de tufos espirituosos. Un cataclismo de carácter apocalíptico sería indispensable para que una conversión se produjese en estos respectos de fantasía barroca.

Pero existe en cualquier caso la posibilidad no táctica de morir en relativa y por comparación con el resto de la vida propia en casi completa paz. Independientemente de cualquier medicamento, el cuerpo enfermo casi no sufre y lo agradece. El alma se alegra. La persona moribunda sonríe, crea o no (?) en Dios. Sus amistades admiran con espontaneidad el realismo espiritual de la escena. Llegan a confiar en su próximo destino como algo semejante a tal ejemplo donde ninguna simulación resulta concebible. ¿Qué ha ocurrido?

Desde luego, un mínimo de astucia práctica -como la disposición a recibir un maná- ha impedido que exista la miseria material de un frío harapiento y afiebrado. Ello inhibe un enloquecimiento a todas luces prescindible gracias por lo menos a la meditación inaplicada que conlleva la divagación entre sueño y sueño, sueño despierto, por qué no. Esto implica un desprendimiento de las “cosas de la vida”. No hay avidez. No atesoramiento ni siquiera afectivo. Dios, si existe, es amigo a pesar de todo y allí está; si no existe, es como si existiese, igualmente amigo. Una relación de amistad se inicia con el universo. La fiesta serena de la mortalidad vitalicia ha recomenzado. Se me declara muerto pero estoy aún vivo y para sorpresa de los supuestos espectadores así lo hago saber: abro un ojo, en cuya mirada digo “ah, llegaste, está bien”, como lo hizo mi padre conmigo, demostrándome la esencia eminentemente  procesal del fenecimiento. A un balazo y al último suspiro sigue una expulsión de gases y a ésta… adivine, buen adivinador. De noche, los cementerios charlan.

Es posible pues morir contento.

Algo olvido aquí, porque estoy recordando esto. Ya vendrá. “Ah, llegaste”. Y si no, ¿qué?