Ninguna frase se expresa con exactitud, aunque dé la impresión superficial de una extremada simplicidad. Así, “la casa es verde” plantea numerosos problemas, del tipo:

1º ¿De qué casa se trata al haber escrito “la”? De una que es verde, claro. Pero hay numerosas construcciones de ese color. Algo debo entonces precisar. ¿Me he acaso referido al lenocinio amazónico de Mario Vargas Llosa? En tal caso, disculpe, más ¿quién es este señor? Un escritor peruano, por cierto. Sin embargo, ¿quién en el fondo de su alma? Ni él lo sabe. Titubea. Y así seguidamente. Hasta el fin de la inconclusa, fatigante y por último inexacta conversación.

2º “Casa”. ¿Qué es no obstante la casa? Aunque, antes, ¿qué es que? Compleja cuestión. Pero menos, quizás, que “es”, como muestra Sartre en “El ser y la nada”. Empezamos a sentir un escozor en la espalda. Si bien podría ser en la cabeza. El hecho de rascarse aviva la picazón. Dejamos pues estos incómodos asuntos de lado. Más inexactitudes quedan en el camino. Con insatisfecha resignación salto directamente a la casa que indico con el dedo: es -otra vez- ésa”. Mi interlocutora, ignorante por completo de la lengua castellana, es ciega, sorda y muda. La llevo al médico. No hay especialistas en ese lugar de la Amazonía. De todos modos, la casa que he señalado ¿es alta o baja, cúbica o multiforme, grande o pequeña, moderna o antigua…? Más inexactitudes aparecen. Las elimino noción tras noción con autoritarismo, desconociendo ya mi horizonte literario, donde reina una incertidumbre. La literatura se torna arbitraria, aleatoria. El escozor se agrava. Y

3º “Verde”. ¿Verde oliva? ¿Verde que te quiero verde, verde mar? Antagonismos ideológicos se producen a estos respectos. ¡Además por dentro no es verde sino blanca! Voy así de inexactitud en inexactitud. Todo esto para la frase más simple que sea.

Este dilema -insoluble en un texto cuyo contexto no es capaz de carecer de límites ni siquiera por el ingreso de la palabra Dios exigente de una teología muy discutida- resulta como es obvio más complejo aún si me refiero por ejemplo en más de una frase, para ganar potencialidad comprensiva, no ya a la casa que es verde sino por ejemplo al movimiento intersticial cuyas oscilaciones generalmente multipolares  bordean a la lucidez y la locura, escindiéndolas o unificándolas, modificándolas, paralizándolas. Dejemos por simulación de comodidad metodológica a la lucidez de lado. Quedémonos con la locura. Seré más preciso (menos exacto y menos exhaustivo). Empiezo a despertar. Todavía no lo sé. Se desplazan por ahí imágenes y palabras a menudo confundidas, entre otras razones por tener cada palabra una imagen y cada imagen un nombre o un apodo cargado de inexactitud. El contexto en el hormiguero humano es estelar. La vía láctica está compuesta por luciérnagas. Yo enciendo un cigarrillo que sueño en vigilia. Acomodo la cabeza en la almohada. Subo al tren en Budapest. Ignoro la hora y la fecha. Consumo los medicamentos prescritos por mi padre muerto. Le sonrío sin que alguien esté pegado al muro gris del amanecer. Cierro los ojos. El cerebro se mueve. Una golondrina no hace verano. Quien olvida algo está recordando otra cosa. Hubo un tiempo en que tuve ilusiones de paz. Hace frío. Partituras de Violeta Parra se me pierden de izquierda a derecha bajo la pintura mural, no las alcanzo. Leo, sí, en cambio: “L’exil est un alégorie de la condition humaine en general”. Jankélévitch delimita así la significación trágica de la deportación. Desciendo del buque en Valparaíso. He perdido el cabello. Aburre la idea matutina de ir a orinar. Los hijos se han alejado de mí. Escaso dinero me va quedando. ¿Existe Dios?  ¿Es él la expresión poética del cero? No sé ya qué hacer de mi vida. Una posibilidad es nada. Otra es algo. Caca, por ejemplo. Proyecto poco ambicioso. Necesidad no hace suficiencia. Mejor no me levanto. El alma y el cuerpo pestañean entre sí. Están fijos en su ubicuidad. Son instantáneos y lentos. La casa es verde. No, es un departamento rojo. Mi madre, anciana, está mejor de salud que yo. Ella engorda. Caminando de noche por Grenoble se me cruzó un ratón. Casi es una palabra enigmática. Casi perdí sobrevive en gané, royéndolo, amenazante. En política se finge seguridad. Ser y parecer frágil debilita hasta el fracaso. Las experiencias más intensas y profundas sobre el poder se producen durante la niñez. El resto es rutina de retrasado mental. Se acerca el invierno. Juan Pablo II estaba aquí cuando dijo que el infierno está aquí; incluyéndolo. Debería haber vivido bajo la cúpula de un iglú en descongelación debida al calentamiento global. Los volcanes vomitan lava, eructan gases y arenales; y el planeta, donde nada entra, se vacía. Una gaviota se para tranquila frente a mí. No quedan bosques. Todo está cubierto de cemento. Los automóviles y los otros vehículos no logran moverse por falta de espacio entre uno y otro. Tampoco es ya posible caminar en la compacta muchedumbre. Es un bloque petrificado y vivo. La muerte global fue sólo retrospectiva. La eliminación exitosa y total de la pobreza causaba hambre y sed. Mario comió la última vaca. Su mujer el último racimo de uvas. Ella le sobrevivió, comiéndoselo crudo. Fue la historia de la locura coincidente con la lucidez. Nadie llora. Nadie canta. Nadie baila. Nadie lee. La diversidad ha desaparecido. No hay agua. Sólo emerges tú, el ratón grenoblés, desde tu caverna, preguntando como por observación: qué habéis hecho. No es comprendido tu lenguaje. Estás en el espacio provisional de lo sordo, lo ciego, lo mudo. Es la Recreación.