Sin ti, si existes como es lógico, nada podemos. ¿Para qué nos ayudarías? ¿Para sobrevivir aun bajo otras formas en la eternidad que tú eres o serías? ¿Con qué objetivo, puesto que ser vale tanto como no ser: así lo corrobora quien no soy, no fui ni seré, excepto como ausencia del ser aquí ya en cierto moro presente tal cual me resulta evidente? Nada importa al muerto su muerte. O, importándole, nada salvo por paupérrima suposición se “sabe” de ello. Aunque pueda ser concebida sin mayor estupidez alguna prosecución transformada de cierta vida. Vive una roca en su composición mineral, vegetal, animal, quizás artística. Luego, hecha arena, vuelve del mar en calentamiento cual tsunami. La vida eterna sería entonces una redundancia de trama impredecible. Hasta que, por qué no, todo muera definitivamente. Da lo mismo.

Subsisten por ahora cosas y palabras: imágenes misteriosamente comunicativas y reproductoras, no sin “deformaciones”, de “vida”. Más allá de acá, más allá, fuera de acá, sólo de tu obra puedo ser y soy, si soy, como soy. Descendiente de dinosaurio y de hormiga soy. Ascendiente de algo soy. O sería. O no. El tiempo no cuenta para ti. Sus tres dimensiones se te han integrado desde siempre constituyendo juntos al cero y a la totalidad más aquello -tú- que sin límite los rodea carente de rodeos. Eres infinito metido en el núcleo de la madera. Eres el Amor de la creación libre, feliz y desesperada o neutra.

Digo esto sin saber qué digo. Pero lo digo amparado por el título antepuesto. No me da mucho miedo repetir que desde el abismo clamo a ti, Señor. O Señora. U otra cosa culturalmente hoy llamada Dios. Dios, Amor: sin que yo tenga la menor idea sobre qué significa esto, simple acto del pleonasmo, un poco como tú según ha sido escrito: “soy el que es”.

Salto. Soy canguro del lenguaje. Indispensable es el recurso a la parábola. Queda energía.

El espejo solar filtra, perturba e incluso interrumpe la radiación del sol. Le chupa y roba potencialidad pedida por la interioridad de este planeta en consecuencia químicamente rebelado mediante erupciones, tifones, sequías, inundaciones, catástrofes parabólicas, como diría René Thom. El oro es adorado por la intuición –fuente de toda ciencia- de ser condensación terrenal del sol como representante encarnado de ti. Es energía potencial aún inutilizable en el plano tecnológico, pues la humanidad comprende aquello que no comprende aún. Entiende sin embargo entre sus humos y sus guerras que el ocultamiento de la radiación mataría al metal de la ancestral moneda convertida ahora en papel y conservada dentro del subterráneo terrestre. Construye así, “suicida”, el famoso hoyo de la capa de ozono como protector amante e ignorante de tu áurea vida acá. Al cual añade por poesía bipolar el big bang y el agujero negro, representativos en el mismo orden de tu creación y del infierno. Vida y muerte se infiltran. La reciprocidad es una. La existencia se olvida de sí y olvida a su negación como a su contradicción, pero sin cesar sigue soñando durante su noche en algún paraíso incluso perdido.

Te pide ayuda la voz que clama en el desierto donde nada pero absolutamente nada hay salvo culebras, ratas, ruinas, esqueletos, arenales, polvo, viento, cactus, moscas, estrellas de sol. La energía industriosa está por doquier. Comerla es transformarla y en un sentido provisional extinguirla. El orador del desierto produce 1 w por segundo estando simplemente arrodillado en su ermita o su iglú. Nada le impedirá no obstante caer de muerte sobre el suelo. Ignora cuándo excepto por suicidio (et encore!) y cómo, si en guerra interior o en paz aun exterior. Las muchedumbres callejeras de la ciudadanía están compuestas por soledades olvidadas de las oraciones que oran sobre el tesoro del oro. Imploro paz al Señor. Esa paz que nos dejó y nos dio. Ésa que se llevó a los cielos.

La energía rompe aquello donde irrumpe, desapareciendo al mismo tiempo de sí misma. Pero la entropía no desconoce a la imbecilidad de la dialéctica. Se reafirma negándose. Es el demonio de Maxwell en la creación de Dios, cuyo séptimo día, de descanso, tiene durabilidad, como se ve. La humanidad no es más imagen y semejanza del Señor que un clavel o un asteroide. El hecho de afirmar como la llamada Biblia lo contrario revela simple antropocentrismo. Hay un Cristo para “otros rebaños”, del tipo Centauro, Venus u Osa Mayor. Dios se halla “encarnado” en toda su creación, incluida la rápidamente giratoria partícula elemental. Cada especie de ser tiene su Biblia propia. Aunque haya más que una superior a ésta nuestra, por no haber necesitado estar escrita y sernos poco descifrables.

Nada se obtiene exceptuada la lucha -si representa ésta un logro- con luchar por la lucha buscadora de energía. La ecuación de Einstein al respecto constituye una tautología medianamente sabia. La sabiduría es una tarea de aflicción que Dios ha impuesto a ciertos seres. Más vale la estupidez de Esaú con sus lentejas que la astucia de su hermano acaparando la primogenitura. La felicidad terrestre es indiferente al hecho que tras suyo venga el diluvio universal. Noé era un cretino. Herederos suyos somos. Dejamos fuera del arca a seres sin nombre. Su energía permanece quemando nuestra alma en el hielo de la nada. Somos peces estelares como las pisadas cómplices del cristianismo primitivo, destinado a Constantino.

Da pena la vida. Da pena la muerte. Da pena el valle. Pero no todo da pena. Llamamos alegría a la ausencia exacerbada de tristeza. Tal ausencia ocurre por lo general en sueños, en enamoramientos, parajes, aromas, sentidos, desvaríos y noches estrelladas. Mas no allí donde nada hay de nuevo: bajo el sol. Cristo nunca rió. En el paraíso nadie ríe. Cristo llevó consigo la paz que nos había dejado y dado. Ella nos espera allá. Poco no es. El esfuerzo incluso torpe realizado acá -tanto esfuerzo repleto de poquedad- adquiere el sentido del silencio carente de música debido a la ley de la relatividad general consintiente en la existencia de Dios. Esta ley es muy sencilla. Una hora junto a una mujer fea dura un siglo. A una hermosa un segundo. La longevidad sería un mal. Dios mío, alúmbrame de sabia idiotez. Ayúdanos. Haznos agotar la “reconstituible” energía cinética que nos hace ansiar; ansiar otra torre de piedra literal.