Incurriré en algunos neologismos. Pido disculpas.

El sueño homogeneiza y heterogeneiza según su propia voluntad, si es que la tiene como tal, y no según la mía, en caso que la tenga, cosa menos dudosa que respecto de la libertad, hasta cierto punto real durante por lo menos mi fase diurna. Mi sueño es libre estando yo dormido o despierto. No es falso el freudismo que establece una suerte de determinación por el día de la noche. Pero es superficial, causalista. El asunto presenta más misterio que el día en cuanto infraestructura de la superestructura onírica. El sueño se orienta y se desorienta independientemente de mí. El sueño se me hace extranjero o extraño conservando su conjeturable pertenencia a mí, quien lo entraño. Hay sueños que olvido y otros que recuerdo. Ya despierto, transformo algunos de ellos en realidad objetiva que lo empobrece hasta quizás su continuación enriquecida en el próximo sueño. El sueño no se repite. Otra cosa es que unifique y diversifique. Singulariza y pluraliza. Presenta universos comprensibles y otros in entendibles. Puede ser dulce o infernal. Ofrece rostros conocidos y otros nunca vistos. Me ha mostrado, imborrable, por discreción y prudencia indescriptible salvo en mí, a la mujer más hermosa, huidiza en la muchedumbre, que me sea dable imaginar (fuera de ti, por cierto). El sueño inventa, si es que en rigor inventa, no miente. Y ya basta de esto por ahora al menos.

Soñé que encontraba de improviso en una callejuela vaticana por donde caminaba como de costumbre un poco distraído aunque alerta a la Papesa Michelle. Mi sorpresa fue mayúscula. Estaba sentada en una silla sencilla. Se le advertía un solo acompañante, menos como guardia que como ayudante. Ella vestía de un gris estrellado, casi negro. Observaba a la gente, dispuesta a acogerla. Su mirada cruzó la mía que por pudor o respeto retiré de inmediato, iniciando un paso hacia la lejanía, pero Su Santidad, de un gesto apenas perceptible aunque claro, me invitó a acercarme. Cosa que hice arrodillándome. Le pedí su bendición que sonriente y en silencio fonético me impartió. Aún llevo en mi pecho la caricia indeleble de su amor inmanente, trascendente, trascendido, humilde, inteligente, gozoso. Se puso de pie. Quería caminar. Conversamos mucho diciendo poco. Entramos a un pequeño comercio oscuro. Sentí que éramos genuinamente amigos. Le pregunté dónde había nacido. Ella examinaba algo. No me respondió. El desarrollo del encuentro duró un tiempo sin medida. Desperté alucinado. Michelle ya no está acá pero acá está. Lo cuento a Ud. Se lo he contado.

He cometido un error narrativo que rectifico ahora. El lugar no era exactamente un lugar preciso. Pudo ser vaticano como curicano, maltés, senegalés, chino, limeño, montañés, marino. Pudo ser cualquier lugar. Pero fue ése. Sí, ése. Su ubicuidad era sólo potencial. Actualmente y hasta siempre es aquél, conocido en tanto viaje que ya no tiene nombre. O es el lugar Sin Nombre.

Estoy desperezado. Viajaré al diccionario del computador en búsqueda de la correspondiente biografía para sacar de allí algunos rasgos principales. Pido permiso por esta interrupción.