Es hilván para costura de novela si quieres callada.

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La vida empieza a concluir sin que se comprenda para qué ha sido.

Cruza el cielo un ser sin existencia que curioso observa el consuelo.

La humanidad cruje en la madera y en la piedra animales.

Ha confundido todo hasta ya no ser salvo en afiebradas pesadillas.

El contenido y la trama del paraíso son propiamente inconcebibles.

El rencor es tan grande que llega a olvidar su existencia.

La vida eterna termina en su pobre adjetivo de cinco letras.

Lo muerto vive en lo vivo pero no lo vivo en lo muerto.

“La Historia estos movimientos efímeros es decir nada”.

Esta oración carece por igual de nombre propio y de asterisco.

La adherencia de la contigüidad mutila toda compañía.

La niña busca al niño u hombre antes que el niño a la niña.

El sapo de los ríos tarda cuarenta años antes de morir.

La noción humana “esperanza de vida” es un contrasentido.

Diversas especies de bestias son eliminadas por doquier.

Tampoco se ve por estos lados una pretensión literaria.

El iris de los ojos muestra por saltos toda el alma.

El fenecimiento emerge en la evidencia del cansancio.

Más seres existen en los océanos que en la tierra.

El torturador mata por inocente conciencia profesional.

Las estrellas llueven a través de la nubosidad nocturna.

Ni siquiera aparecen por aquí pronombres personales.

La corteza anual del itinerario en la araucaria la viste.

Veinticuatro frases hacen exigible el vocablo final, Él.