De nada sirve expresar que la vida es una mierda. A lo sumo con ello se “gana” un efímero desahogo reproductible hasta el propio cansancio de éste que comprueba otra vez la expresión aquí o allá inicial. Es posible acrecentar el alivio del desahogo con argucias a poco andar inservibles que figuran como sinónimos variables. Así, se puede añadir que la vida es sórdida; que la vida es fea; que es sucia; que cruel; aburrida; reducto de la avidez satánica; purgatorio de la muerte más triste en el sentimiento lúcido del fracaso analítico y sintético; ruido; mentira e hipocresía; envidia y rencor; mal. Y una infinidad de analogías más que agravan las llagas del alma desalmada en su desahogo sin destino.

Gramsci postulaba: “Escepticismo en la inteligencia, optimismo en la voluntad”. La distinción es controvertible, pues las nociones están entrelazadas: escepticismo y optimismo; inteligencia y voluntad. Faltando otras dos juntas a aquéllas: amor y odio -o incluso indiferencia-, es decir afectividad. Pero suponiendo por absurdo admisible la máxima gramsciana yo propondría exactamente lo contrario, “escepticismo en la voluntad, optimismo en la inteligencia”. Pues Nietzsche está en el culto del voluntarismo y Cristo en la única e indesmentible sabiduría científica, “a los pobres siempre los tendréis en medio de vosotros”, sin quienes todo moriría por ahogo. Reparando de paso que hay además menos ricos que pobres felices -no digo miserables. Basta creer para verlo.

El mundo va a una pereza abúlica derivada del desempleo crónico que engendra salvo guerra la competitividad morbosa en el crecimiento exponencial de la productividad humana reemplazada por el gigantismo de la tecnología. Este proceso evita el suicidio sólo mediante la imaginación. Es del caso en consecuencia contradecir a Gramsci. Con lo cual no insinúo que el suicidio sea un mal en sí. Niños y mujeres luego de jugar se quitan la vida cada vez más. El desamparo los induce a ello en todo el planeta. Y de los hombres, grises por la vida de mierda, uno podría preguntarse si no están ya muertos en “vida”: tal es la acrimonia de su estar. La Buena Nueva habría sido una farsa. “El infierno está aquí”, por tanto también en mí y en ti. Al igual que en S.S.

Existiría otra puerta de escape. Es el desahogo artificial y nada convincente de la sonrisita, de la hermandad ficticia. Aquí, la “mierda” es cubierta de miel y de terciopelo. Todo es dulce. Vamos a la playa. Vamos al panel. Al casino mejor. A misa: “la paz”. A putas. Al negocio. Al chiste y al asado. Al estadio. A la farmacia. La coprofagía constituye manjar. No por poco persuasiva esta estrategia carecería de eficacia temporal. Sólo temporal. Creando al universo, Dios fue así asesino. Satanás lo venció.

¿Pienso de verdad todo esto? Sí. No. Es el sino. ¿Lo es? No sé. Espero que no. La esperanza se extingue. Del amor apenas quedan brasas matinales, más bien cenizas. Y la fe es tan abstracta, salvo fanática, como un número, como una cábala, como un esoterismo.