Tengo prohibido a mi hija que se haga un tatuaje en el Parque Bustamante. Le están interdictas numerosas actividades. Cabe en nombre de mi firmemente oscilante catolicismo bautista que yo sea comprendido por el conjunto del Islam inglés. Ella tiene sólo 14 años de edad. Sí, es púber, pero este argumento no basta para dar curso libre a la permisividad. La sangre debe ser azul. Raúl Hasbún se opone al color de la amapola y sin respetarlo él me excomulgaría de la paternidad sin que ni el mismo Papa le tire bola al respecto. Y menos yo aunque por principio sí. A la madre de Isabel resulta indiferente toda norma relativa a la sexualidad. La situación es diferente. Está siempre embarazada y en consecuencia distraída. Yo inhibo lo que puedo. Comprendo el Conservatorio de la Virginidad donde la Isa lleva ocho años exitosos de solfeo, lindo debería decir. Recién han sido pintadas sus murallas. Obtuve una subvención de la cuadra para que esto se hiciese de modo perfecto. Isabel está adquiriendo derechos. Se pasea desnuda sin problema ante el pintor de brocha gorda. Ninguna objeción recibe por masturbarse en el escondrijo de su camastro cuando no me hallo allí. En caso contrario le reitero el Sermón de la Montaña. Lo importante es que siga virgen hasta cumplir veinte años, fecha de mi viudez. Cualquier examen de ADN es decir de memoria contrapuesta al proyecto que significa el ácido ribonucleico demuestra su naturaleza adoptiva respecto de mí. La venganza es un plato que se come ardiente años después. Por lo demás Isabel me ama aun en el ombligo. Le meto el dedo y ríe desesperada. También le tengo prohibida, todavía sin esa trágica muerte de la madre, crimen perfecto que de haberlo lo hay, la ingestión excesiva de bombones y de uvas inmaduras. No resulta problemático matar cuando se lo hace astutamente. En términos metafóricos que Ud. comprendería con dos dedos de frente, esto significa que el zorro al pasar mordiendo parece perro. Ningún mortal diría que es zorro, sin distinción de clase, de sexo o de condición. Los testigos son coherentes: fue el perro Diana. La policía admite la inocente unanimidad. El cadáver pasa por los trámites de rigor. Ningún hijo llora. La zorra sonriente goza entonces de las uvas preferentemente rosadas que alegran el Parque mencionado. Las chupa con devoción fabulosa. Pues zorra y no zorro es. Diana ha sido ajusticiada. Su bello cuerpo parte en humos por árboles de chimeneas penalistas que estudian juristas especializados en química. Escriben sobre este punto y reciben un honorario. Así es la justicia humana. Pero yo mantengo prohibiciones. Isabel no ha de gozar todavía. Regreso a la casa en el camión. Los restantes huérfanos comprueban en la noche mi respeto al himen ensangrentado. Disfruto del medio ambiente. Adquiero más sentido de mis sentidos, uno a uno. A fin de cuentas, todos reímos cantando el “Frère Jacques” de Mahler: 3º movimiento de la 1ª sinfonía. Ningún vecino se escandaliza ante tal voluptuoso duelo. La sociedad se ha modernizado. Nada hay más normal en la moral que la muerte natural. Diana fue culpable. No se enjuicia a una perra. “Guau” no constituye argumento defensivo. El abogado cobro sus honorarios al Pisco de la democracia ecológica. Ya en silencio deslicé mi mano por ese lugar vivo. Recibí tras el beso el cuerpo. Tragué el vómito. Numerosos pares de ojos infantiles iluminaban ya adultos desde el suelo sin consuelo la escena. Isabel no cesaba de amarme en sus derrames bucales, cerebrales, genitales. Yo no sabía qué sentir. A hurtadillas partí entre las uvas, que no estaban verdes. Las pisoteé. Sus babas de caracol plateaban por la Luna mi huída. Transcurrieron años. Estuve en Visviri. Volví. Todo había cambiado. La vid olía a tomatal. Pero la hija de Isabel se llamaba como la madre de ésta. Me recogí sobre la tierra sin dolor. Dominaba una mudez. Conté a la descendencia. Sólo restabas tú. Me rechazaste el beso. Pronunciaste una palabra.