La primera letra  de este texto es como se ve la L. Ello no tiene mayor importancia sino porque siendo una ha aparecido tres veces. Reúne pues un carácter uno y trino que permite recordar un dogma no presentado aquí, hasta ahora, por otro fonema de nuestro idioma. Pero nada de tipo esotérico cabe  deducir de esta observación. Menos aún cuando se comprueba como en seguida que habría bastado con cambiar en dicha frase “este” por “el presente” para pasar de tres a cuatro, quitando así toda fuerza a un argumento de orden misterioso. De todas maneras, sobre el fondo, la primera oración carece en apariencia de interés. Cuesta en efecto imaginar que Usted se halle en situación de asombro por esa L inicial, incluso si además es figurativa de un ángulo recto y de un sistema simple de coordenadas. Es de suponer que otras cuestiones le preocupen más. Como, por ejemplo, qué puede motivar una verdadera inquietud suya y por qué. Un amplio campo de posibilidades se abre aquí. Tan vasto, que nunca ha sido contado, entre otras razones por imaginárselo infinito o casi, es decir incontable, y por no divisarse la utilidad de llegar a esta conclusión. La opción por un tema diferente parece de este modo bastante lógica. El problema es cuál. Yo no tengo ciertamente autoridad para decidirlo en lugar suyo y cualquiera determinación mía por mi sola cuenta pecaría de alguna arbitrariedad, aunque haya alternativas prometedoras, como podrían ser la condición femenina en la República Popular china, el fútbol, el ángel caído, una teleserie, la niñez, una amaneciente incertidumbre, el limbo, el orden de los números naturales o Ud. según yo. Claro, quedan fuera de tal lista muchas otras tramas que según toda verosimilitud no vale la pena ejemplificar más. Propongo en consecuencia que dejemos este asunto de lado. No sin especificar que cualquiera elección perdería parte de su arbitrariedad al considerarse que ella estará connotada por factores afectivos, intelectuales, propios, ajenos, culturales, etc. Como si abordásemos ahora, por ejemplo, el sentido de la temporalidad a lo largo de ella misma, desde el Paraíso hasta el Juicio Final o -en el fondo es  lo mismo- desde las 6:46 am. hasta un segundo más. Disculpe, me detengo ahora a pensar en la próxima frase, con la finalidad de proseguir  el texto. No la encuentro. Ya sé. Estoy escribiendo para mantenerle atado aunque sin abuso a mi creación. Usted entra en ella y sin negarle libertad ejerzo un poder que a su vez me domina para la práctica de la escritura. Interactuamos en roles distintos e incluso contradictorios que luego ya se van unificando en uno o más significados. No está Ud. solo. Yo tampoco. Somos. Estamos. Interpretamos. Nos despedimos. Recordamos. Olvidamos. Siento afecto y pena. Me pregunto si se halla Ud. bien. Con toda sinceridad se lo deseo. En algún rincón de la memoria, por lo menos, nuestras almas se reconocen. He aquí de acuerdo con varias personas la sustancia de la comunicación poética en la acepción amplia. Conocí a una mujer quien aseguraba estar enamorada de Don Quijote y a un crío prendado de la futura Miss Universo, cuya tristeza disimulada en la farándula de la cincuentena daría a aquél una eficaz impresión sobre la imposibilidad: “no es verdad que querer sea poder pues siempre se puede al menos querer, dado que a menudo ni siquiera esto último resulta posible, y así Ud. no es capaz de querer la visión del universo al igual que un dinosaurio, por mucho empeño que le ponga. ¿O sí?

–         Sí.

–         Cuéntenos.

–         Lea mejor “La guerra de las Salamandras” de Kapec.

–         No. Dinosaurios.

–         Es lo mismo: invención, novela, fantasía. Si me da la gana, le hablo aun sobre aquello que no puedo querer.

–         Hágalo.

–         Mañana.

–         No le creo.

–         Asunto suyo.

–         Y por repercusión suyo.

–         Ud. quiere tener razón como sea. Sea. Tiene la razón. Pura. ¿No?