La vida en sabiduría porta en sí un movimiento inextirpable de tristeza pues trae una conciencia de la totalidad que incluye a la alegría sin sobrepasarla salvo por momentos  luego recordativos del dolor, del sufrimiento y de la pena.
De modo que la felicidad experimentada lleva su negación y aun su contradicción. La primavera prueba al invierno. El ser recién nacido a su muerte. Y el plazo a su desplazamiento. Te persignas pues en la pregunta dirigida a Dios sobre qué sería la sabiduría frente a la necedad o a su limbo no recibes otra respuesta -además implícita o imprecisa- que el amor, reforzada así como otra interrogación más y más desgarrada desde sus propios instantes felices.
No sabes entonces cómo vivir ni qué hacer, si bien comprendes sin certidumbre cómo y qué no, porque si no hay mal que por bien no venga tampoco habría bien que por mal no lo hiciera. De este modo, por ejemplo, la falta de Crucifixión (“no saben lo que hacen”) abortaría toda Ascención o Buena Nueva, además todavía apenas hipotética, desde la defectuosidad no fanática de la fe.
Encrucigrama laberíntico en el alma al cual se añade el dolor sobre la subconciencia en nebulosa de su propio ser. Resta entonces cual escape una resignación a la mediocridad indiferente en este movimiento y en esta posición dentro del Reino divino, que no contenta a Dios ni a su Creación aunque sí más o menos a Mefistófeles, “yo soy quien niega todo” (Goethe).
Para este personaje hermético, “en el principio era la Acción”. Juan -“en el principio era el Verbo”- habría previamente contrapuesto la luz, no por ello del todo clara a nuestros jos. Como cuando a sí mismo el cuarto evangelista se define y redefine “el discípulo bien amado” sin más pudor que Judas en su texto de conversación con Jesús que “Amaneciente Incertidumbre” ha reproducido bajo el título “El Evangelio de Judas”: “lo que has de hacer, hazlo pronto”…. se lee en boca de Jesús al “traidor” hacia el final de Juan.
El consuelo por lo menos humano ante tal impotencia para el discernimiento del misterio consiste en asignar a éste el valor de una estupidez más, de otro dogmatismo o por milagro de la verdadera fe todavía inalcanzable. Más pedestre que celestial sería el misterio comparado al milagro. Misteriosa permanece la composición química de la lejana galaxia o de tu partícula elemental, como asimismo de sus relaciones, o de saber que quizás casi nada sepas. Milagrosa es la aparición súbita pero inolvidable y eterna de Dios en ti. El milagro vulgariza al misterio. El misterio diviniza al milagro. Sin embargo, interactúan. Milagro y a la vez misterio eres. Y Satanás hace creer en uno y otro más en su fusión poniendo su empeño para que no se crea nada sobre nada de esto sino sí sobre la nada que para el mejor de los casos, por misericordia de Dios dador de la libertad mediante la Creación, en alguna semejante y apiadable nada; porque si “el Infierno está aquí” (J.P.II), o sea también en “mí” (J.P.II, p. ej.: ningún “Santo” es Dios), quiere decir que “en el principio era la Nada”, creadora del Verbo… Conjetura constitutiva de la esencia cínica que es la hipocresía, Madre hermafrodita de la Mentira: otro dogma, por lo menos tan discutible como su contrario genital y moral.
Hay cosas que jamás comprenderás. Mejor dicho, nada comprendes. Mejor dicho aún, repito nuevamente, y por recóndita aunque auténtica humildad, quizás casi nada comprendes. No obstante que reste una, una sola, brecha abierta: en tu dulzura de corazón que lleva tus obras. Lleva en ésta las bienaventuranzas. Sé clemente con tus caídas. Pide perdonar sin vociferar que lo has hecho. Aprende a pedir sin olvidar que así contribuyes a la posibilidad feliz de dar, de la generosidad y de la fraternidad respetuosa de la Creación; y sin caer salvo imperativo categórico en la esclavitud enviciada y agnóstica de la mendicidad profesional. Arranca de ti el orgullo pues todo eres siendo poco y a la vez mucho. Ora en emoción y compañía incluso sólo de alma a alma. Solidariza con la cercanía como con la lejanía. Desapégate de la materia sin matarla. No andes sermoneando por la vida. Haz bien buscado, mas sin notarlo ni anotarlo, más bien sonríe al descubrirlo después con sentimiento maravillado, es decir antes del próximo buen paso. Está alegre aun en tu dolor así aliviado gracias a Dios en nosotros. Muere en paz y confianza en que no mueres pues de hecho me acompañas y está hablando.
¿Qué es la sabiduría? Sería preguntarse lo anterior en calma dulce, práctica, coherente e imperfecta. Sí, lo siento, es esto, es el amor, más -me dice la vida- que el amor al amor.