No tengo palabras de amor para decir a Dios, menos aún para transmitirle esta rasgada pero apaciente y desesperada búsqueda de él alrededor y en mí. Ya no sé cómo hacer contigo, Dios mío. Te tornas imposible. En todo te enajenas. ¿Buscas que te rechace, que te rehazga? ¡No lo lograrás, en tal proyecto puedo más que tú!, para tu gloria, por tu veneración. Pero no escribo a esta hora de hoy para largarte adulaciones cuyo merecimiento permanece en mí desconocido, pues en el dolor real de mi fe sigues siendo un macabro ignorado. Te escondes bajo las sombras de la noche. Nada entregas de tu luz ni siquiera primordial. El universo es tu mezquindad. ¿Blasfemos acaso yo por decir esto? ¡Qué me importa! ¡Condéname entonces! El Fuego Eterno entibia mi ser. ¡Vete al Demonio, Dios mío! Criatura tuya “porque quiso, porque quiso, ¡porque quiso!”, según la Edad Media, Satanás es. Tuyo. No mío. Me lo transmitiste. Dios mío, eres el Demonio de mi ser. Eres la mierda de Demonio para que yo sea el Dios de aquél tuyo. ¿Pero acaso no reparas en que no puedo ir tan lejos?
Careces de compasión.
Ya me decía ese amigo: “creo en Dios pero no lo amo”. Yo me escandalizada, “¡no puede ser, si Dios es Amor, o esto último es pura tontería!”. Yo no me atrevía a resolver como en el Evangelio por “sí, sí, o no, no”, tal drástica opción, paradójicamente tan cercana en su “mano derecha a aquélla ignorada por tu mano izquierda”. Lo imposible era posible por su imposibilidad y lo posible era posible por su imposibilidad. Dios nuestro, ¿cómo quieres que nos entendamos así? ¿Con puras huevadas fácilmente llamadas misteriosas? ¿O quieres acaso justamente que no nos entendamos en absoluto? Si eres, eres la falsificación de Dios, eres la verificación del Demonio. ¡Castígame por decirlo! ¡Qué me importa! Tus castigos aun mortales son veniales. De nada interesa una muerte. De nada interesa una tortura. De nada nada que no me interese. Pues tú, divino demonio, no tienes ningún poder sobre mi dolor ni sobre el borramiento de éste. La Creación se caga en el poder de tu irrisorio Juicio Final. Ella se caga en Cristo Juez cayendo obeso desde el techo obsceno y visto al revés convexo de esa llamada Capella Sistina. Y se recontracaga en la juntura aproximativa de esos dos desos creativos de Miguel Ángel. Es decir, facilitando la lectura de Ud.: 1º el Juicio cayendo guatón: y 2º los dedos tangentes del padre y el hijo.
Mejor no sigo. Capaz que mejor no. Nada impide al Diablo encabritar el alma. Dejémosle más bien en paz. Ignorémosle inaccesible en sus senderos montañeses de cabras. Ahí se nos va el cabrío pintado de blanco no obstante el ocaso del astro. Regresan las bestias al anochecer. Entran por la guía del pastor: “soy la puerta”. Cagan, comen, mean, beben, copulan, callan, destetan, paren, respiran, duermen, sueñan, mueren. Sin contar otras cosas más; muchas más, si yo quisiese.
Miran desde afuera los chivos.