Me refiero al Concierto para Violín Opus 77, 2º movimiento. Acabo de escucharlo otra vez. Antes, su audición repetida me hacía llorar estando yo solo con grippe en el dormitorio. Observo sin lágrimas ni mayor emoción que ahora ya no. Conservo la admiración por su hermosura cuyos “defectos” percibí a esa edad temprana, siéndoles indiferente pues el 2º movimiento me arrobaba cual expresión perfecta del amor humano -yo hombre, ella mujer-, no ya sólo conceptual y ni siquiera únicamente emotivo como una esperanza intemporal donde vivirían esposa y esposo más la familia en la felicidad, sino además en cuanto realidad actualizada por la visita de ella al lado de la cama. Yo no lloraba de felicidad ante aquel amor con quince años de edad y yo diecisiete, claro está, pero la invitaba a oír el movimiento y creo haberle hablado de mi emoción desde Brahms a través mío hacia ella y el porvenir hoy cegado. Las ilusiones de antaño me conmueven cada día menos. “Con el tiempo viene el amor, con el tiempo el amor se va”. Y salvo en sueños nocturnos de viejo dormido vuelven por un rato luego desconcertante. Doy gracias a Brahms por esa humanamente infinita hermosura que escucharé de nuevo tras la escritura de las presentes líneas.
Pues mi pregunta anterior al título, imperfecto, era: ¿Sería posible que leyendo las últimas palabras del Evangelio de San Juan, por ejemplo, o de otro texto aún no escrito, yo llegase a llorar de amor? ¿Es la literatura capaz de alcanzar desde su potencialidad emotiva a la música? Tiendo a responder sin más consuelo que una experiencia involuntaria y quizás equivocada, por lo menos incierta: no. El cerebro matemático de Bach es tremendo y a menudo bello, sublime, pero ¿conmueve? No sé. En el personal, dudo. La libertad de Mozart ¿estremece, fuera del Requiem? Beethoven puede en ocasiones cambiar mi vida y conducirme asombrado a hacer un furtivo bien, como constó a Lucien Nizard internado. Numerosos intentos han sido por lo demás realizados para constituir una entidad sintética entre literatura y partitura: sin ir más lejos, obviamente, Haendel. Pero también Bach o nuestra Violeta Parra, con ese himno a la alegría, “viva Dios, viva la Virgen, viva la flor del retamo”. Y tanto más en la historia universal, donde sin olvidar a Ravel o Puccini entre otros llaman la atención como objeto de cuestionamiento la gigantesca presencia germánica y exceptuada la interpretación esta pobreza femenina en la composición musical y literaria (sí, hay Yourcenar, superior sin duda en su cántico a Adriano que nuestro rasquita Víctor Jara con sus cinco minutos -menos rasca en cualquier plano, lo reconozco- que yo. Pero todavía no conozco la síntesis que deseo entre letra y nota, salvo si ésta subordina a aquélla. Entonces, cantado, “Puro Chile” emocionaría. Pero ¿leído? Me ha sucedido en la vida que el texto de una canción pase por el lado mientras la voz incluso del violín queda. Escribí por ahí en A.I. -Poesía de la Incertidumbre- que antes de hablar el ser humano cantó. Pero hablar es ya cantar. Se habla en efecto con notas, ritmo, etc. Agudo problema éste. Pido ayuda en el canto de la escritura. ¿Canta Dios? ¿Cantan los pájaros? ¿Canta un cataclismo? Buenas noches.