Pero no creo que lo logre. Tengo la impresión que el contenido de la finalidad expuesta por el título sobrepasa a mis capacidades mejor intencionadas y más aplicadas. Fuente de desconsuelo aunque también de humildad esto sería. ¿Consuela una conciencia de humildad propia?
Marx escribió que “lo muerto toca a lo vivo”. Si es así, por qué no, lo vivo toca a lo muerto. Y entre toque y toque -no digo entre toque y fama- emerge cual punto volcánico de acumulación matemática el amor del encuentro.
No me importa morir si es sin mayor sufrimiento proveniente en parte, quizás, del vuestro, por no tenerme ya acá. Mas una vez hecho cadáver en el cuerpo esta alma mía, por definición dogmática inmortal, reiría respetuosa ante la estrechez intelectual de cualquier y provisional llanto ajeno.
No hay duelo eterno. Sería insano. Incluso el crepúsculo de las mariposas en sus alas maravillosas y comidas por el gusano central causa alegría ante la perspectiva de la boa y de la montaña aún despoblada. Tu muerte ya cercana según la temporalidad londinense no me dolerá sino producida y brevemente, porque ya está aquí con nosotros en vida. Somos muchos en vida. ¿Muchos?
Pero no veo nada especialmente bondadoso en las líneas anteriores. Malvado tampoco. Yo diría, peor: indiferente. Y peor que peor: pleno de inspiración amorosa, el movimiento se siente doblemente fracasado en la última palabra de su voluntad. Algo así como yo quería amar en grande y no di más que esto…
¿Sería la bondad algunos actos, algunas abstinencias, algún instinto en el corazón? Planté un árbol, no robé, quise amarte: ¿eso sería? Algo de esto último habría, sin que tengamos la autoridad para juzgarnos, aunque en la realidad nos estemos sentenciando por intervalos sucesivos como inocentes o culpables y debido a esa incompetencia jurisdiccional bien sabida como condenados.
Yo quiero escribir lo más bondadoso, pero a la vez bello y veraz, esta noche. Algo además conciso y exacto. Es mucho pedir. Pero ha de ir. Y no más que en una frase. Hela aquí: dígamela.