“Te leo” escribió hoy ella a él, dentro de un contexto por supuesto más amplio sobre el cual yo, persona clandestinamente intrusa durante sus separadas ausencias laborales del mediodía veraniego, nada diré. Cuento con suposiciones cuya validez es probable. Pero una discreción es por lo común recomendable. Las conjeturas porcentuales dan lugar a rumores calumniosos.

Así, ella escribe que lee a él, quien por tanto de antemano ha escrito. ¿A ella? No resulta imposible aunque tampoco seguro. “Madame Bovary c’est moi!” exclamó Gustave Flaubert luego de ver publicado y celebrado su inolvidable libro sobre Emma, constitutivo de una revolución conceptual en la historia de la novela del Siglo XIX.

“Te leo” ¿qué? Simplifico al máximo. Ella lee que él la lee. La correspondencia en su miniatura habría consistido en esto:

Te leo, escribió Gustave.

Te leo, respondió Emma.

Pero las cosas no siempre son tan simples como parecen. El hecho de leer presenta varias capas posibles:

Leo que me lees.

Yo también.

Pero qué.

Lo importante es leerse.

¿Leerse es que leemos que nos leemos que nos leemos?

Sería ya un signo de dedicación afectuosa a la literatura en sí.

“Afectuosa”: pobre y abstracta emoción.

La emoción es moralmente irrelevante, Hitler y Stalin…

Sí. Tienes razón. Como entre Teresita de Jesús y Juan de la Cruz.

Tienes razón. Es el contenido de la emotividad que importa.

¡Pero quién puede juzgar válidamente sobre contenidos morales!

Dios.

¡Ahora!

Nadie.

Entonces, para qué hablas así ahora.

Para estar contigo.

¡Mira tú!

No comprendes. Acércate.

Comprendo que en una segunda capa de leer está comprenderse.

Amarse en las letras “te leo” con “te leo”.

O no amarse en absoluto. ¿No te ha ocurrido detestar lo que lees?

Sí. Pero en lo posible explico.

Yo no. Quiero ser una persona adivinada.

Pones a la Academia Sueca en una situación complicada.

No. Ella me ignora por completo y nada me importa que así ocurra.

Mientes.

Jamás he enviado un manuscrito serio a nadie.

¿No era serio “te leo”?

No basta con ese tratado.

Podría bastar. Inténtalo.

Estás demente.

Hay cosas obvias.

Cuál.

La diferencia entre Teresita y Stalin.

Anda tú a saber, las percepciones del bien y del mal cambian.

Ese relativismo es malévolo.

“Lo que haz de hacer, hazlo pronto. Y Judas salió”.

Te lo concedo. Nada en moral es estrictamente obvio. Acércate a mí.

Ningún límite es impermeable.

¡Acércate!

La perversión y la santidad se rozan por milímetros acercándose.

De semejante modo que se alejan.

La perversión mayor reside en el alejamiento.

No me des lecciones. Entre “te leo” y “te leo” hay juntos nosotros.

Más allá que la comprensión está la compasión.

Más allá, la generosidad.

Una generosidad constante pero no forzada y en el fondo alegre.

Sí. Olvidada de sí misma.

Sí. Su fundamento es la humildad.

También olvidada de sí misma.

¿Sería eso el verdadero amor?

No sé. Te leo.

Me acerco a ti. Leerte es tu alma aún corporal.

¿Sería lícito besarnos?

Te leo.

Un ramo florido de ilusiones nace en esa cabellera cana. Yo sólo soy como escribía Barthes en “El grado cero de la escritura” un “testigo universal”, ése que observa y narra sin ser partícipe de nada. Barthes fue atropellado por un auto en París y cayó muerto.