Se puede  empezar con cualquiera frase. Da prácticamente lo mismo. Una de ellas abre mil caminos. Son la libertad desértica y aterrorizada por la similitud entre el Sinaí y los imponentes Ojos del Salado. Extraño parece que ese universo de la piedra dé ocultas olivas, naranjas. Que entregue ovejas, llamas, tomates, tablas de la ley quebradas por la furia mosaica ante el becerro de oro. Moisés sigue a Jesús. Éste corre al plano dejándose llevar por la velocidad de la luz. Sus piernas no le obedecen, ellas le conducen, evitan hoyos, grietas, piedras, ramas, polvo, raíces, senderos imposibles, ortigas, caídas. Él se recoge a la tierra cual ave de paz. “¡Moisés…!”. Las quebradas son silencio. Al fondo se ve el zumo de una tierra prometida. Aarón coge las riendas del camello principal. Y Jesús llega abajo descansando apoyado pero de pie sobre el tronco de una tepa. Deja allí que el árbol le respire en la espalda. Poco a poco se va deslizando agradablemente arañado por la corteza hacia el suelo. Allí se sienta adormecido. El bosque le canta. Media hora más tarde llegan numerosos los pasos del miedo. “Señor…”.

– Traedme a Magdalena y retiraos.

–         Jesús…

–         Ven, acércate, María de Magdala.

–         Te traigo agua.

–         Vé a Caná y aporta un restante vino.

–         Aquí está.

–         Se hace noche.

–         Acógeme en tus brazos.

–         Del espíritu también te tengo.

–         Bebo la savia en la rama del Maestro.

–         Mañana seré entregado, partiré como un niño.

–         Has vertido simiente en terreno fértil.

–         De allí nacerán quienes aún desconoces.

–         ¿Me hablas de nuestros descendientes?

–         Deberé venir nuevamente.

–         ¿La pronta resurrección habrá sido estéril?

–         Sí. Debo ocuparme ahora de otros rebaños menos espurios.

–         Te olvidarás de mí.

–         Tienes la cabeza perdida.

–         Acompáñame al río.

–         Cuidarás tu vientre.

–         ¿Morirás mañana de suicidio, de asesinato, de enfermedad, de accidente?

–         Hágase Su voluntad y no la mía.

–         Sí, a fin de cuentas da lo mismo, siempre será según Su voluntad.

–         Qué te ocurre.

–         Me duermo, sueño contigo.

–         De este sueño el más lejano descendiente nuestro será una amnesia de la fe.

–         Hay amor en el olvido.

–         Seca estás ahora.

–         La higuera quemaste en invierno.

–         Estaba comida de termitas.

–         Botaste a tres mil cerdos por el acantilado.

–         Se salvaron de la castración y salvé al endemoniado.

–         Pudiste evitarla.

–         No. Calla. A mis brazos ven otra vez.

–         No estás despierto.

–         Mañana me iré.

–         A tus pies estaré, clavado y aun muerto te tendré.

–         Darás leche de tus pechos a la descendencia, no me recuerdes demasiado.

–         De todos modos, la memoria se perderá en la arena.

–         Quedará no obstante el Verbo.

–         Sí. Perdón. Estoy ebria. Te amo.

–         Duerme.