Hallándome otra vez “desesperadamente” solo como he dicho por ahí solicité mediante Internet a una prostituta cara, linda, culta, dispuesta a todo menos a eso, Ud. ya sabe. OK. Vino. Recién se fue. Fueron horas resplandecientes. Ella cobró menos de lo convenido. Le pagué más de lo acordado. Hubo una discusión al respecto que terminó con unos besos empatados en las mejillas. Me pidió un jugo de duraznos que no bebió. No fumé ni consumí alcohol. El problema estuvo en su solución. Conversamos. No diré sobre qué. Ella no era prostituta sino para mi sorpresa, aunque no sea incompatible, religiosa. No me desnudé. Ella sí del pecho. Me tocó sin mayor éxito el sexo. Comprendimos que la vida estaba en otra parte, como diría Kundera. Entonces comenzamos al unísono a hablar -pero no por ello sin escucharnos- respecto de Pablo de Tarso: “si algo he de perdonar, lo digo sin exagerar, es en atención a ustedes”. La frase parecía incorrecta en el léxico de su semántica nada obvia. Pero en fin, sin contar allí con la Segunda Carta a los Corintios en las manos (ella seguía desnuda del pecho), convinimos en que no se tiene sino por soberbia el derecho insigne de perdonar. En el don humanitario del perdón oficial habría arrogancia respecto del ser absuelto. Ella dejaba sin falso pudor que yo absorbiese en las palmas de mis manos el placer de sus senos duros. Permitía que jugara con sus pezones erectos. Incluso que palpase sus dulces glúteos bajo el vestido. Pero nada más. El resto se hallaba prohibido. Me explicó, eso sí, que estaba con la regla. A lo cual respondí que eso no me molestaba. “A mí sí”. Bueno, yo no iba a violentarla, no está en mi género. Pero igual le dije que deseaba penetrarla como desde Stendhal de rojo a negro. Ella comprendió que esta vez yo mentía y reímos. Mi diminuto sexo por viril caballerosidad constantemente erecto y así demostrativo de respeto no arrojaba sin embargo nada en su mano. Tampoco de su boca nunca allegada. ¡Eres una puta religiosa, María Magdalena 2ª!

¿O una religiosa puta? Porque mira, no sé, he visto tantas cosas… Hasta que de tanto hablar sobre aquel Pablo nos quedamos profundamente dormidos bajo la higuera antes quemada por Cristo. Nos referíamos a esos escandalosos textos del Santo concernientes al deber de la esclavitud y a la inferioridad de la mujer. Pero no dábamos relevancia a tales tonterías. Más nos conmovía aquella noción humilde sobre el perdón. Hasta hoy: “¡tiene razón porque pienso lo mismo!”. ¿No da pena tanta idiotez? Los franceses con alguna sobriedad traducida al castellano sostienen de otro modo que “es mi opinión y estoy de acuerdo con ella”. Es muy divertido. ¡Ría! A todo esto, ¿dónde quedaron María Magdalena y Cristo? Ah, ya lo dije, escondidos en el Musée Rodin, rue de Varennes, Paris 7è. Vaya.