Ocurre con la sexualidad que ya adolescente la mujer apetezca su capacidad seductora por un placer ulterior y ficticio cuyo único destino es juntarse con el mejor hombre para ser madre. Calcula.

Ocurre con el hombrecito que le guste tirar con ella hasta que ya eso no le guste porque visiblemente a la señora por gusto la cosa le es por completo indiferente, dedicada como está a sus engendros. No calcula salvo eso.

Ocurre entonces que el hombre aburrido ante el aburrimiento de la mujer comience por consolarse pajeándose como de niño a los 50 años, prosiga yendo a lenocinios, continúe por alguna amante similar quizás a su esposa quien así le es infiel en el espejismo de alguna reciprocidad, poco calculada.

Ocurre que ante el divorcio los hijos pronto se tranquilicen porque cómo no y se adapten paulatinamente a la enseñanza de los envejecí entes padres separados en un silencio enamorado sin ningún amor, pero con todo antes calculado para amarse.

Ocurre que más tarde a quienes criaron cuervos los ojos les fueron arrancados pues la venganza es reproductiva a pesar que las imbecilidades se funden sobre un autoritarismo amoroso en cierta linealidad histórica que ni el Diablo cambia.

Ocurre que poco o nada ocurra e incluso menos que nada en la totalidad de la inteligencia humana cuya esencia salvo Jesucristo consiste en la maldad aplicada eficazmente y en completa libertad a lo que sea.

Ocurre que para defecar se debe comer energía, es decir todo lo que venga, trátese de libros inválidos, de ballenas japonesas, pasarelas de modelos, oraciones letales, exceptuada una franca modestia.

Ocurre que ni siquiera ocurrimos, ni tan sólo discurrimos, no recurrimos, a todo aburrimos, de modo que el burro rebuznando allá en Cochiguaz cuando lleva al niño a la escuela es mucho más dulce e inteligente que tú.

Ocurre como ignoras que no eres nada.