A la iglesia.

A publicidades.

Farándulas.

Tampoco ya a burdeles.

No a drogarme.

A mentir en lo posible no.

Ni a gritar o golpear.

Comer criadillas ni cagando.

Cesar de orar no.

Aburrirme nada.

Sodomizar no.

Dejar de dormir y de soñar no.

A amar bellas mujeres: esta vez lo contrario de no, pues voy.

Odiar no.

Ni estar inútilmente acompañado.

Ya leer no.

No ir al cine pues todo está visto.

Tampoco a museos que son incultos cementerios de la cultura.

No a Viña del Mar.

A Europa, no más.

No a espacios.

Ni más aviones o barcos.

No voy más a la montaña rusa.

Jamás otra vez a plantar por respeto al reino vegetal que en mi tacto muere.

No voy al Casino.

No al Club Hípico.

No a un bus.

Tampoco nado ya en el mar.

No voy a dejar de ser perezoso como se ve.

Todavía no vuelvo a esquiar.

No ironizar ni insultar es un firme propósito, huevón.

No voy al supermercado.

Me prohíbo el machismo de la galantería sudamericana e italiana.

Pero no voy sino al paraíso repleto de almas sin rostros.

No voy ya resucitado en cada segundo a reencarnarme.

No obedezco a Dios mudo que me preconcibió libre para que yo le pida que se haga en mí según su voluntad.

No voy a reír.

No cantaré la cueca del guatón Loyola.

No voy a salir más fuera de la casa.

No, porque aquí estás tú.