La vida es alegre, la vida es triste, la vida es neutra, la vida es neutra, la vida es triste, la vida es alegre. Es por intervalos todo eso en la misma vez, en la misma vez, en la vez misma, en la vez misma, sin intervalos, allí reside su alegría, como ahora mismo, porque en su síntesis ella consiste en soportarla alegremente con la tristeza de la neutralidad, la neutralidad, esta síntesis de la síntesis abstraída de la alegría y de la tristeza que aquélla, indiferente, integra, como si éstas no existiesen.

Logramos así que la neutralidad emocional carezca de emoción y sea asimismo por concepto alegría de supervivencia en la grisácea agonía ya infantil de la supervivencia. Ancianos, los niños andamos ya en la inocencia abstracta de la curiosidad, de la sexualidad, la religiosidad, pero no así de la voracidad, de la voluptuosidad, la ancianidad. La infancia anciana sigue pronunciando por tic la palabra amor sin más amor que la palabra amor. El amor sería la palabra.

Somos mentira incluso involuntaria, natural y contra natura. Somos hipocresía lucrativa y perezosa que muere de muerte conservando la hipocresía. Somos ladrones, torturadores, asesinos, obsecuentes por pequeño interés, aduladores. Somos infieles. Somos contadores auditores, abogados, traficantes, notarios y médicos. Somos autocríticas por autocráticas. Hermafroditas somos por delante y por detrás. Del limbo. Neutras y neutros. Siameses de la maldad vacía.

Hoy nació mi hija. Lo supe por mi madre. Mi esposa no quiere saber nada de mí porque supo por su íntima amiga que a petición de ésta y en mi desgano, por compasión, me la tiré. Pero el teléfono árabe funcionó. Soy padre. Noto que en este párrafo he escrito muchas veces la palabra “mi”. Estoy lejos por trabajo, por espacio, miedo, de la clínica. Temo al rencor. Imagino además a la niña transportadora del posesivo odio maternal. La mujer ignora el exilio del hombre durante el embarazo.

En el original, cada uno de estos párrafos tiene siete líneas. Serían en esto falsificados por la Administradora. He llamado siete veces a la esposa. Se niega a responder. Pasará el tiempo que civiliza acrecentando el rencor y la disposición fugitivamente amorosa a una real venganza. Desde ya, jamás la perdonaré. Los niños no perdonamos la afrenta a la inocencia. Así nos comprendemos odiándonos separados o no hasta la senilidad. A menos que por obra de magia llegue la suavidad del más completo olvido.