Estoy muriendo. ¿Lo sé? No. Reitero rectificando a Sócrates según su intrínseco contradictor Platón a su vez formalmente contradicho por Aristóteles y otra gente que quizás casi nada sé, en lugar de aquel voluptuoso “sólo sé que nada sé” y de aquella tontería “primero conócete a ti mismo” como si alguien lo lograse: ¿qué, quién eres tú?, nada comprendes en el fondo sobre ti ni sobre nada. En esto nos parecemos, sólo que tú por mentira, soberbia y miopía aseguras cosas de las cuales todo ignoras. Eres, para simplificar el asunto en un extremo, Satanás, componente de la Creación divina y no porque en ésta haya mal sino libertad para que tú mismo o yo lleguemos al amor de optar por convertirnos. Dios no fuerza.

La falsa modestia, doble caricatura de la necesaria humildad como génesis de una feliz generosidad, me obliga a la corrección establecida en la segunda frase de este incipiente y eterno texto, que desaparecerá tal vez en el lenguaje vaporoso de la nube universal, pero reaparecería incluso retroactivamente, y ya, desde más allá que el límite por generosidad poroso del Universo.

Estoy a punto de morir. Es estadísticamente algo trivial. Al mundo nada le importa: gira. No importa: yo también giro. Todo gira en parábola desde antes que Alfa hasta después que Omega. La muerte es un intersticio imperceptible entre la concepción divina y la resurrección. Representa aun en vida una permanente resurrección. Tu muerte me es tan indiferente como la mía. Sólo me duelen un poco tu ausencia sensorial y eventualmente la mía para ti. Noto su inminencia por el alma en desprendimiento del cuerpo sin más dolor que un rasguño infantil. La corroboro en una especie de levitación espiritual Y, sobre todo, la constato en esta dificultad espontánea para recordar y escribir palabras exactas, verdaderas y hermosas para ti, siendo “tú” la Creación que sobrevive. Sí, hago un esfuerzo para escribirte. Tiendo incluso a olvidar el diccionario, la gramática, la ortografía, la sintaxis, las lenguas y ya no sé qué más. Todavía recuerdo sin embargo algo en derelicción que jamás se perdería del todo: ¿cómo tú, madre?, ¿cómo, hijos, estrellas, flores, aire, amores, caídas?

La inmensidad de la potencialidad amorosa ya actualizada aun como potencia aún inactual es ya actual continente de Dios quien la abraza.

Mi padre de 89 años gregorianos tiene Alzheimer. No escucha, no mira, no habla, no reconoce, no lee, no ve televisión, no saluda ni se despide, es un cadáver palpitante que se alimenta y se hace servir sin darse cuenta en una lujosa casa de reposo, donde finalmente accedí a que partiera porque estaba haciendo la vida imposible a mi mamá: ella ya ni lograba por ejemplo dormir a pesar de enfermeras de 24 horas. Ir a visitarle resulta aburrido. Está muy flaco, a veces agresivo. Pero de salud corporal, perfecto. No me extrañaría que “se fuere” después de mí. Esto no importa. No creo en la “ida”. Si me equivoco, nada importa. Y si no, después te cuento.

Hace pocos días fui allí acompañado por mi hermana María Patricia, una mujer bondadosa que en edad me sigue (soy el mayor de diez: una proeza). Él estaba sentado en su silla de ruedas, inmóvil. Mi hermana se paró detrás suyo. Yo me senté adelante. Ojo a ojo. De pronto, sin reflexionar o sin reparar que había reflexionado, le lancé:

Estoy con cáncer grave.

El muerto en vida abrió los ojos inmensos con sorpresa aterrorizada de niño. Y exclamó con exactitud:

¡Cómo!

Luego de los cual cogió con sus manos ajadas las mías, las acercó a sus labios y las besó. No sentí mayor emoción pero sí otra vez que Alzheimer es más el inicio de una levitación que una prueba de demencia, como afirman los especialistas de nada, simples negociantes. En lo que me concierne, jamás iré otra vez donde esa clase de individuos, mafia bien organizada. Mi médico es Dios. Que se haga según su voluntad. Estoy listo; en fin, casi listo. Y no voy a ser tan ignorante como para no creer en Él (ya explicado en A.I.). Aunque ahora esté de moda entre adultos ser postmoderno, comer completos, beber cervezas, tirar a donde sea, mentir como liturgia, rezar al lote y morir en el dolor por una vida inservible.

Estoy muriendo como pedí: con alguna gente por lo menos en la mente, callado salvo por haber dicho gracias no sin sentido del humor, despierto y con los ojos abiertos pues como se ve aún escribo estas últimas palabras, tranquilo, amante a pesar de todo de esta linda vida, sorprendido más por la bondad que por la maldad tan abundante por imbecilidad que Dios también perdona. No dejo herencia exceptuada la que pudiere salir de mí junto a Uds. No os entristezcáis. Sed más bien indiferentes o, mejor, cantemos en silencio. Sin olvidar a la Virgen María cuya virginidad llena su espíritu hasta nosotros. Se me cae el lápiz ya. A Dios.

Otro error. No morí. O morí como si no hubiera muerto. No sé. Estoy vivo. Llega la primavera de 2009. Quién sabe cuándo moriré de verdad. Yo no. A menos que me suicidase. Cosa que no haré. Menos por norma que porque quién sabe qué puede suceder mañana: ¿algo bueno?, no me lo perdería. ¿Más amor, de allá para acá y simultáneamente de acá para allá, hasta que juntándose sean uno permaneciendo como dos, tres,…? Además, desde la concepción divina que pasa por la concepción biológica de ti o de un pájaro, este trecho que llamamos vida y su intersticio infinitesimal denominado muerte, ¿no es justamente la vida eterna con la resurrección constante de las almas según por amor natural creo, creo y creo, aunque a veces no crea? ¿No presenta algo de suicida entregado a Dios este empeño gratuito por la resurrección? Imagino distinción unida en el Paraíso. Ya viviría en la comunidad individual de los cementerios, de las cenizas y del polvo terrenal y estelar; o más que estelar. Gracias.