Una noche oscura no tan lejana salí solo a pasear en auto por estrechos caminos de tierra en lugares boscosos desconocidos. No había nadie. No una casa. Yo sólo conservaba una noción vaga de la región por la cual transitaba teniendo como único referente físico las luces del coche. Las encrucijadas de los senderos eran numerosas y carentes de toda indicación. No, no era un sueño. Ignoraba del todo por dónde seguir. Tampoco tenía ya sentido retroceder, pues había dejado atrás muchas opciones. Hansel sin Graethel no había dejado huellas. Hasta que tras unas dos horas de vagancia fui asaltado por el drástico sentimiento de estar completamente perdido. No me consolaba el concepto del día por venir que me daría algunas luces para reencontrar con alta probabilidad la ruta del regreso a la casa, pues dada la hora tan tardía me angustiaba ya la angustia hipotética que esa tardanza en la ausencia estaría provocando en mi familia. Además, sentirse perdido es horroroso. Conduciendo, empecé a tener una crisis de pánico que me hacía perder todo sentido de la relatividad y de ser entera presa de ella. No exagero: temblaba, sudaba, estaba cogido por un miedo tan absurdo como real y total. Pero algo me permitía mantener reducida la velocidad con la atención puesta sobre las paralelas de las encrucijadas camineras y sus incomprensibles perspectivas. El temor consistía no en bandidos o elefantes sino en la vía del extravío: dónde estoy, dónde estoy yendo, ¿a ninguna parte, no al hogar, para qué salí, queda gasolina?

Y así continuó agravándose la cosa durante un buen rato. Es difícil describir con palabras de exactitud cómo transcurre una crisis de pánico. Su intensidad es proporcionalmente contraria a su extensión mental. Usted comprende. Sí. Desde que abandonó el útero entiende. No es imposible que mi madre, lejana durante la crisis que relato, haya dado un vuelco febril o un brinco en su cama. Ya son demasiadas las experiencias que he vivido como para empecinarme en no creer sobre la acción a distancia de las almas. Y de esotérico nada tengo. Sólo tengo fe. Cuando ésta duda de su veracidad aun relativa y a pesar de ello se empecina por voluntarismo de cerebro inerte y frío a repetirla como en letanía tediosa y farisaica, queda una sensación perdurable de mentira y sin embargo de fidelidad. Como si en particular no hubiese verdad fiel y como si concentrada esta contradicción inevitable no pudiera ser sino dolorosa en el alma y en el cuerpo cansado de conducir perdido en la noche.

Hasta que en el lapso inferior a un instante vino a mí el milagro, haciendo desaparecer por completo al pánico. No es que allá lejos apareciera la luminosidad de un pueblo acogedor o asesino: si este último fuese el caso, sabría arreglármelas con mi naturalidad que desconcierta y apacigua. No. Fue otra cosa:

“¿Estas perdido? Eso no existe. Sigue por donde estás yendo. Siempre vas yendo. Nunca sabes en realidad adónde vas. Estás donde estás. Linda está la oscuridad nocturna, mira. Huele el aroma de los eucaliptos. Vé donde vayas. Cálmate. Respira, disfruta, acelera un poco”.

Y de pronto sin darme cuenta llegué. Todos dormían tranquilos. Me acosté. Di las gracias a quien corresponde. Desde entonces ignoro qué es estar perdido.

El título de este texto pertenece al evangelio de Juan.