En la nada no hay nada.

Salvo la palabra nada.

Que no es ya nada.

Es una palabra.

Es cuatro signos poéticos: 2ADN.

Es dos sílabas.

En el principio era el Verbo.

La misma nada.

Es metáfora hecha física.

Es metáfora del vacío.

Del vacío nunca vacío.

Es metáfora de la tristeza.

Sólo es nada para el resto.

Nada importa a la nada ser nada.

Es nada sin saber nada de no ser nada.

Es la tercera persona del singular en el modo indicativo del verbo nadar.

Es palabra imperativa: “hijo, ¡NADA!”.

Inexistente como hasta ahora Dana.

Y es anagrama de Adán esperando a Eva.

Dios presenta cuatro letras anagrama de ¡Idos!

Todo eso es nada para quien anda.

Como para quien no anda.

Un roble, por ejemplo, no anda, adnata.

¡Sí anda: poliniza por entomofilita de Suiza a Austria y de Australia a acá!

No hay pues nada contradice a hay nada aunque de haberla la haya.

La nada está llena como un huevo de gallina recién cacareado.

Con un pequeño hueco en el extremo gordo donde tampoco hay nada.

Allí entra la encarnación de la ascensión reencarnada en vida eterna.

La nada es el pez de dos pies cómplices sobre la arena.

Nada somos los que somos anonadados entre los divinos dados.

Bis.