Se le teme. Incluso la temes en ti. Peor, te aterroriza. Te sientas en la cama con el alma bajo el suelo. Ni siquiera puedes llorar. Ayer estabas bien. Hoy eres un desastre. Allí quedas. La parsimonia te une como estéril consuelo al suelo. “Es una araña peluda”, escribió Neftalí Reyes. Nadie te ama. Aunque se te asegure lo contrario, hasta el cansancio y el consecutivo desamor, pues no crees en el amor que se te ha brindado. Y a nadie amas, porque tu amor es una nada respecto de lo que quiso, pudo y debió ser. Así, en la sociedad humana, estás en la amenaza actualizada de la soledad. Nadie te escucha. Nadie se te acerca. Tú querrías ir donde otra gente. Pero el miedo al rechazo te hace retroceder. Caes en el pozo de Limpsowitz. Es la sombra de la semiología. Allí yace la soledad persuadida de no haber sido ni ser nada. Te faltó amabilidad. Te faltó hipocresía. Viviste años de sociabilidad generosa. Comprendiste que eso era fuente sistemática de aprovechamiento contra ti. Insististe. Buscaste lo mejor cerca de ti. No existía. La bondad era apariencia, oportunismo, inconsecuencia. Te entregaste por entero. De nada sirvió. No es que el resto del mundo fuera malvado, no más que tú, vaya uno a saber. Es que la humanidad aplanada se ha convertido en soledades. La soledad representa no obstante una inmensa virtud. Estás en ella junto a Dios reuniendo al resto reunido contigo. Ignoras el bien que hacéis en esta conglomeración de las soledades. Más de vuestras faltas que de vuestras ganancias amorosas os preocupáis. Gracias a la oración que por pequeñez desconoces de los otros en tu compañía sigues en vida con atenuación del dolor. No es posible vivir plenamente sin este tipo incluso doloroso de soledad. Está en ella para la felicidad final. La soledad es un coro. Pides compañía que no llega porque aquí en ti y nosotros de espíritu ya está. Estamos. ¿Qué cuesta mejorar? Nada. La vida humana está mejorando. Es gracias a Dios quien nos ayuda. Cuida tú esa ayuda. Yo te amo pero quiero amarte más. La soledad en conjunto y en privado hiere cual cuchillo al corazón. Y éste dulcifica al puñal de la soledad conjunta.