Así se llama de las tres la barca central en poesía de Colón, entre la Santa María y La Niña. Pocas cosas son tan hermosas como la palabra y la realidad siguientes: Contigüidades. Más vale interpretar que explicar. “La Pinta” es ahora el nombre un tanto humorístico si se quiere pero en el fondo muy serio aunque alegre de una escuela que está situada en la comuna llamada La Pintana, pobre como se dice. Es una “universidad” mixta para niños del lugar, digamos entre 2 y 10 años en su edad. Tiene inspiración cristiana sin fanatismo, sin fanfarronería, sin publicidad. Busca calidad ética e intelectual. Es gratuita, bonita, modesta. Caben 100 niños. Hay flores que los estudiantes cuidan. Hay juegos y música. Hay amistad. Profesores y alumnos aprenden de sí y entre sí recíprocamente. Los estudios ajustados a cada nivel son de un rigor entretenido. No está admitida la violencia de ninguna especie porque no sale. Tampoco se trata de andar sonriendo como bobalicones todos el día. Una ternura sana cuida a los participantes en sus ires y venires por la calle. La Pinta es gratuita. Se da allí importancia a la tecnología pero menos que a la humildad promisoria de la ciencia. La disciplina es respeto por amor a lo que se hace. Nadie se aburre. La exigencia práctica es interior y compartida. La duda no metódica baila en las conciencias contiguas. En fin, es un lindo caso que no posa de ejemplaridad. Los errores son absueltos pero los crímenes no: chao. Ninguna promiscuidad sexual ni para qué decir pedofilia se hallan permitidas. Le educación en sus diversas asignaturas se preocupa de unir la particularidad del barrio si es posible cada día más querido con la universalidad del planeta y del más allá, donde Dios es más emoción que cuatro letras, aunque éstas por cariño no estén excluidas. Pensar, es decir filosofar, está presente desde el deporte hasta la lógica. En La Pinta, cuyo logo es la barcaza aludida sin por ello ser centrista, son valoradas la libertad y la improvisación. El profesorado enseña al estudiantado. Y éste enseña a aquél. ¿Utópico? No. El objetivo obviamente no es el lucro. ¿Financiamiento? ¡Qué cuesta eso!: casi nada. ¿Proselitismo político? No. Estoy persuadido que desde “Amaneciente Incertidumbre” hay ya gente valiosa para entrar en esta razonable aventura y que fuera de A.I., seguramente, también. Invitemos por ejemplo a Humberto Maturana para que haga clases sobre la vida a los más chicos; o a Víctor Fuentes de carpintería a niños un poco mayores, etc. La puerta está abierta para iniciativas y acciones consecuentes. No para compromisos sin cumplimiento. Carezco de competencia para hacer solo la diversidad que este proyecto requiere. Ayudarnos es ayudar al mundo. En la custodia del lenguaje, por ejemplo. Enseñemos chino e inglés sin olvidar el castellano ni la lengua mapuche. No confundamos la amistad con la complacencia. Yo iría a vivir en La Pintana por La Pinta de La Pintana. O a otro lugar, incluso a Cochiguaz, por qué no. El lugar no importa. No sé, uno debe cambiar de giro en la vida. La sola idea de hacerlo alegra. Veamos qué sale de esto. Una autorización estatal nada costaría. Pero no me vengan con “qué buena idea” y ni siquiera con “sí, necesitamos más solidaridad”. Quiero proposiciones responsables y concretas que correspondan a la filosofía sugerida. Pucha, me tienen trabajando hasta las 5:20 am, qué abuso. Me encanta joder pero también lo contrario y así recuerdo esa frase tan estimulante que recibí de una amada un día ya lejano a propósito de moneditas, “too good to be true”, a la cual respondí, creo, que nada es demasiado verdadero como para no ser bello. COLEGIO LA PINTA.