Es tan gigantesca la hipocresía sentida por mí desde pequeño hasta hoy en diversas feligresías incluso profanas, como en política, que guardo un pudor o una cobardía para hacer referencia poco “moderna” al supuesto valor de mi íntima fe y, menos aún, a hechos milagrosos ocurridos sin alucinación, fetichismo ni esoterismo. Peor, a fin de “equilibrar” la expresión social del pensamiento, he incurrido en provocaciones injustas y groseras contra cierto histrionismo mercantil y “religioso”, las cuales, es verdad, no serían siempre inmerecidas.

Mas no debo todavía callar por miedo a la indiferencia o a la ironía.

No entraré aquí en elucubraciones sobre la esencia de Dios, por ejemplo, aunque recuerde otra vez aquella real frase de Einstein, “de lo único que estoy seguro es la existencia de Dios”. Sin perjuicio de lo cual es evidente que mi fe no se basaría sobre tal frase: no sé sobre qué se basa; ya intenté explicarlo en este sitio. Simplemente narraré algo sucedido anteayer en la noche. No debo callarlo. Mejor dicho, debo decirlo.

Desde hacía unos veinte días yo, solo, estaba aquejado por un dolor fuerte en el cuerpo y en el alma. Los “detalles” no importan: padres, hijos, vida vivida, extravío, no como, no bebo, no fumo, no excreto, no pienso, sólo permanezco acostado en silencio. No me hallaba dispuesto a hacer nada ni a pedir nada a nadie para sobrevivir acá: el asunto dependía de Dios, no de mí. Ahora bien, yo oro mucho. Durante la noche aludida oré silente con gran fuerza, rogando la ayuda de la resurrección mediante la muerte o de mi mujer viva y retornada, alejada entonces de aquí. Yo estaba despierto. Sonó el teléfono. Era ella: “Recién dormía, soñaba, me pedías auxilio, auxilio”. Le dije en términos menos solemnes pero más breves, sin escrúpulo, que Jesús y María habían escuchado mis súplicas y que se las había transmitido para que ella actuase como intermediaria de ellos hacia mí, desde mí. “Pide y se os dará”. Y Zamira me perdonó en lo que le correspondía, vino. Me siento mejor.

Mi madre sostiene que de sus nueve hijos vivos yo el mayor soy el único que no sé perdonar pues ignoro qué es el rencor. Exagera equivocada y casi insolente, como cuando dice que lo mejor sucedido en su vida soy yo, ja, ja, Leo. Los “elogios” me hacen reír. Puedo creer en su veracidad, y eso, pero no en su verdad.

El amor sabe actuar a distancia. Estoy persuadido de no haber escrito nada falso aquí. Doy gracias a Dios. Se las doy emocionado por su presencia.

Ignoro a quién puede servir el presente escrito. Quizás a nadie. A mí sí. A mi mujer también. Me atrevo a decir: a Dios sí, ama ser amado y hoy lo amo más que antes. Si me pongo ambicioso aunque sin soberbia, quiero –es locura- que sirva a Ud.; a Uds. A nosotros. Por qué no. La aventura de una bondad compartida y buscada nos alegra la vida. ¿O no?