Se me le olvidó. ¿Qué? También se me olvidó. Se me olvidó incluso la palabra que estaba pronunciando. Era algo así como ya no sé qué. Claro, esto puede parecer teatro, pero no soy yo quien escribe, sino, muy distinto, yo. ¿En qué íbamos? Ah, ya recuerdo. Pero no lo digo. Sería impúdico. En el medio de la palabra hay eso sí una letra n. No es manía. Ya no reconozco a nadie. No oigo y menos escucho. Nada yo pido a Dios porque él me es ya indiferente, como el rostro raro de la gente en cuya especie yo estoy tan, tan, tan, tan indecente. Salgo a poto pelado por la calle acompañado por la enfermera. Me hago el tonto para reír de mi vida. Todo fue mentira. Se me considera loco ex brillante o, mejor, no se me considera en absoluto. Yo disfruto de este Juicio Final. Nada me duele. Sobrevivo por joder. No hago nada. Sí, algo sí. Me levanto diez veces en la noche. No once ni nueve. Enciendo las luces. Grito: “¡ay, ay, ay!”. Mi sexo se ha hecho diminuto como una pasa. Tanto mejor. Así nos ocurre a los ángeles. Plata no me falta, que yo sepa. Para nada me ocupo de esas cosas triviales. Mi mujer sufre. Asunto suyo. En mi cerebro se revuelven innombrables los recuerdos. Estoy más inteligente que nunca. La memoria es tan deliciosamente compleja que se confunde cual descanso. No me interesa morir. Estoy flaco comiendo mucho. No fumo ni bebo alcohol. Nací el 15 de noviembre en el año 1919. ¿Qué fecha es hoy? ¿Qué edad tengo? ¿Qué hora es? ¿Qué “revisan” las noticias? La vida es esto. El amor, una farsa sin odio. Mi mente se adormece mareada en vaivenes carentes de sentido. La cabeza parte con independencia de mi cabeza. Nadie me manda. A ningún médico voy. He oído que sobre mí se dice la palabra Alzheimer. Esa gente está equivocada. Sólo una persona diferente que yo o que el yoyó comprende este asunto. No la mencionaré. Ella me destruyó al decirme la verdad. Caí. Pero mi feliz venganza consiste en que esa persona sufre ahora por sus dichos verdaderos más que yo.

De qué estás hablando.

Qué.