Hace pocos días una joven amiga californiana me aconsejó que medite en relación con el interior de la palma en mi mano. Nada más.

Lo he estado haciendo a mi modo: variando, improvisando, con las dos manos, distinguiendo meditación de reflexión. He visto sobre la epidermis manual algo semejante a nubes azuladas y otros parajes que me eran desconocidos. He meditado (o me he dejado meditar) más allá incluso de la piel: hacia la carne bajo ella. Los dolores en el cuerpo han disminuido ostensiblemente. Os lo cuento por si sirve a alguien.

Supongo que en el éxito de este ejercicio la sinceridad juega un papel importante. No tengo ninguna seguridad sobre la duración de los efectos. Imagino que algo semejante podría ser hecho respecto de todo el cuerpo y de otras partes. Estarían involucrados en esto no sólo el cerebro por un lado y la palma por el otro sino además -es obvio- la afectividad, una forma de poesía inmanente o de afectividad. No cabría hacer esfuerzos. Puede y casi debe no haber contacto táctil de mano a frente. En algunas ocasiones he sentido la actividad del sistema nervioso y una especie de viento muy tibio entre ambos “extremos”. Sospecho que la buena medicina consideraría a cuerpo y alma en su conjunto y también en metáforas del tipo señalado.

Es evidente que no estoy bromeando. Es por simple cariño humano. No sé qué rol desempeña en esto la fe, en mí muy imperfecta. Creo, como dicho en A.I., que puede haberla en un “agnóstico” y lo contrario en un “creyente”. Pero éste no es ya cuento mío.