A ti.

Alguien -se quién y Ud. si quiere también puede saberlo, “quien busca encuentra”- criticó aquí sin maldad alguna la presencia en mí de tal carácter o patología. Este psicologismo, proveniente o no de una persona diplomada, asunto irrelevante, es verdadero. Soy emocionalmente inestable. ¿Ud. no? ¿Quién no? Veamos los días de una semana: lunes triste, martes ausente, miércoles alegre, jueves erótico, viernes cansado, sábado enrabiado y domingo caminante, por ejemplo. Podríamos continuar con otros “adjetivos calificativos” de la substantiva vida, de noche, por minutos, lugares, décadas: “petits enfants petits soucis grands enfants grands soucis”, epifanía, tenis, Puccini, Otelo, depresión, nacimiento de una hija, primavera, aniversario de matrimonio, soledad, alcohol, Coloane, Elba desde Córcega al amanecer, la travesía del Atlántico con la fiesta de los delfines, flotar en la piscina, “plaisirs d’amour ne durent qu’un instant chagrins d’amour durent toute la vie”, don Otto vendiendo el sofá, el nervio ciático, envejecer, el divorcio, la misa, la teleserie, la política, la cama, el dinero, el taco, la miseria, la nación, la belleza, las matemáticas, los impuestos, ¿qué más, como inestabilidad emocional?

Hay límites moralmente infranqueables aunque susceptibles de ser comprendidos: robé, violé, maté de amor, sané tu vida mutilando la mía.

Pero hay más inestabilidad emocional. Así: “¡Eli, Eli, lama sabachtani!”, “aparta de mí este cáliz”, “lo que has de hacer hazlo pronto”, “el escándalo de ver a Dios crucificado”, “desde la nada al conocimiento en el dolor”, “gracias a la vida que me ha dado tanto me ha dado la risa y me ha dado el llanto”.

Y hay ésta, paradigmática, conocida pero a menudo olvidada, que cito “in extenso” antes de interrogarme sobre la supuestamente nada patológica pero sí muy saludable “estabilidad emocional”, sobre la cual Ud. ya ha intuido que representa una sinonimia de la “muerte” recién empezada a vislumbrar como tal por aquella persona a quien aludí en la segunda frase del presente texto. Son palabras en la Biblia del Qohéleth (o Eclesiastés 3.2-8):

“Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado;

tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de derruir y tiempo de edificar;

tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de entregarse al luto y tiempo de entregarse a la danza;

tiempo de derramar las piedras y tiempo de recogerlas; tiempo de abrazar y tiempo de dejar los abrazos;

tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de guardar y tiempo de tirar;

tiempo de rasgar y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar;

tiempo de amar y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra y tiempo de paz”.

Estos tiempos distintos se aglutinan como uno solo en la eternidad de la emoción forzosamente -para estar viva- inestable. Mueres ya en el duelo permanente. Mueres ya en la risa permanente. Ya en la guerra permanente. Ya en la permanente danza. Ya en la permanencia inerte. En la estabilidad emocional ya.

Nada es más contradictorio que no serlo ante una realidad que sí lo es. La estabilidad emocional del ser requiere como tal su natural inestabilidad en armonía con la inestabilidad inherente a la historia. La inestabilidad armoniosa del ser en la historia funda su estabilidad compartida. Tal armonía lleva juntos cansancio y reposo. Ante el huracán cae el roble mientras junto a aquél baila el junco.

Hay un tiempo para el roble y un tiempo para el junco. Ambos se completan. Sí, soy emocionalmente inestable, como dije. Y al mismo tiempo emocionalmente estable. Siempre he amado, amo y amaré aquello que jamás podría dejar de amar: acto de fe es. Como, inestable, también lo es: siempre podré dejar de odiar aquello que he odiado. Así, abrazadas, inestabilidad y estabilidad emocionales, no yertas en la soledad de cada una separada de la otra, sino unidas, fundan esperanza y amor.

No releo.

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