Esta “enfermedad” puede ser estudiada por ejemplo en “Google” y ciertamente en otras fuentes más estrictas, cosa que he realizado, sin quedar satisfecho. En extrema síntesis: tal “mal” sería efecto de deterioro neuronal (?), natural por la edad avanzada (?) que perjudica la memoria (?), más -en los textos especializados- miles de metáforas en lenguaje críptico y repleto de siglas que no dicen nada, como acostumbran la “ciencia biológica” y la tecnología médica, cuyo poder social, económico y cultural se basa particularmente sobre una difusión aproximativa pero asertiva de la disimulada incertidumbre propia, admitida como verdad para la comodidad psicológica de la clientela llamada por eufemismo en la “individualidad” así: paciente. La mejor prueba de este rentable vicio profesional está dada por el hecho que ningún bioquímico sabe en realidad nada sobre qué es una “neurona”, hasta hace poco declarada, si muerta, irrecuperable y ahora -¿por un tiempo?- reproductible; sin ninguna reflexión ni siquiera básica, a lo sumo probabilística (“esperanza de vida”, curiosa expresión), respecto de qué sería una edad avanzada; y carente de todo pensamiento serio en relación con qué serían la memoria y su pérdida. Todo lo cual manifiesta el gigantesco déficit filosófico del cual sufren, entre otras, dichas ciencia y tecnología, que no les impide además actuar con eficiente autoritarismo ajeno a la crítica y a la autocrítica.

Sostengo, independientemente de las “neuronas”, que Alzheimer no constituye ninguna enfermedad. Es al contrario un signo de salud que ya explicaré. Además considero que la “pérdida de memoria” nada tiene que ver con la edad, pues se la “pierde” desde el nacimiento cuyo pasado nadie “recuerda” y por ejemplo en la edad sólo adulta cada persona adquiere conciencia cotidiana de sus “olvidos”, vistos ya por la ideología médica como un signo de una temible e inculpadora decadencia en curso. Y, por último, viene el cuento de la memoria, sobre el cual nuestros profesionales se limitan a hacer torpes tests que no tienen ningún valor racional y son tremendamente superficiales, constituyéndose sin embargo en diagnóstico irrefutable al cual los familiares del cliente se pliegan, obsecuentes.

El mal de Alzheimer es el bien de Alzheimer.

Quien recuerda algo olvida otra cosa. Quien olvida aquello recuerda esto. No olvidar nada conduce a la locura. La esquizofrenia perfecta es incompatible con las necesidades de alimentación y de excreción. Memorizar todo también conduce a la demencia. La paranoia perfecta es incompatible con los imperativos de la paz, de no sentirse perseguido y, en la huída, de no perseguir. La juventud es sólo una palabra: hay viejos jóvenes y jóvenes viejos. La memoria menos insana y menos efímera viene del corazón. Los franceses lo dicen sin ya saber cuan hermosamente lo dicen: “apprendre par coeur” (aprender por corazón) es mucho más utilizado que su sinónimo “mémoriser” (memorizar); es perversión de la belleza por la rutina. Sólo “el extranjero” es capaz de hacérselo notar.

Y, justamente, el ser con Alzheimer se está haciendo extranjero. Es su preparación a la “muerte”. Va y viene entre acá y allá, entre más acá y más allá. Su baile en el vaivén distraído del cielo y de la tierra lo torna silencioso, aunque a veces por chispazos regrese aquí mismo y sea capaz de fino y atento humor, por ejemplo, lo cual asombra a la concurrencia ya persuadida de la idiotez inherente a ese no estar “ni ahí”. Ese ser es pacífico. Se ha desprendido de lo fútil. Sabio, se deja hacer. Sólo sensaciones corporales como el frío le aquejan y entonces pide calor. Le agrada que se le incite a sonreír. Su historial habla por sí solo sobre qué ha sido en esencia su vida. En ocasiones se le nota triste: le importa el bien que pudo según él hacer y que no hizo. No siente culpabilidad por el mal realizado. Es, en el sentido estricto de la palabra, religión, religiosidad aún humana. Salvo excepciones, no reconoce rostros ni nombres, ante cuyo recordativo socialmente impuesto por afecto solidario se sorprende, “olvidándolo” de inmediato. Ese ser recuerda sin falla alguna ciertos hechos decisivos del pasado. Basta con que se le dé un indicio para que redescubra otro por el resto de la gente “sana” completamente perdido. No juzga. No cae en ironía ni crueldad. ¿En qué piensa él cuando está entre el cielo y la tierra? Nadie lo sabe, ni siquiera quizás él. Motivo de más para no emitir diagnósticos “científicos” sobre el transcurso de su alma. En definitiva, supongo, ella divaga sin diferencia sustancial como la mía. “Sufro” pues de Alzheimer. Todo es siempre precoz. Ese ser se abstrae de las coyunturas y opina poco. Su inteligencia nebulosa está siendo quizás más sapiente que jamás antes. Merece un respeto hipotético no sólo formal ni moralista. Ese ser que amamos está despidiéndose con amor. Está yendo a Dios, entregándose a Dios, señalándonos a Dios. Tal señal va siendo su penúltima generosidad humana. Luego vendrá también viva la generosidad de su alma en Dios, sin olvido de acá. Contribuirá a sugerirnos un buen camino. Estará esperándonos más allá del universo. Es algo que ocurre ya a Ud. Y a mí. “La guerra y la paz” son desde este punto de vista anecdóticas, por felices o sufrientes que en la “memoria” las estemos reviviendo. Sólo Dios juzga en verdad. Si en verdad juzga. Por el momento, desde nuestro “bien de Alzheimer”, dediquemos nuestras vidas, sin ya pensarlo, sin método, sin esfuerzo, a hacer aquello que nos parece mejor para todo y en cada cosa, desechando lo que consideramos perjudicial. No releo.

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