Leo en el Evangelio de hoy, Lc 12. 8-12: “Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre se lo perdonará”. Perdonado estoy pues al tratar como “hijo de puta” a Cristo, sinónimo reconocido, entre otros como Jesús por ejemplo, de “Hijo del hombre”. Curioso esto, por coincidir también con ser, como se sabe, “hijo del Padre”. De modo que el “hombre” sería al mismo tiempo “el padre” incluso de sí mismo: ¡Y Dios! ¿Usted o yo, hombre, el Mesías? Curioso. No entiendo. ¿Pero es exigible comprender la fe? O hubo quizás un error de escritura cometido por Lucas, por sus reproductores… Vaya yo a saber. La fe por sí misma es curiosa. Nada de curioso por tanto en que me resulte curiosa y aun ilógica. Pero poco tendría que ver la lógica -ésta, sólo humana- con la fe. Me resigno así con alguna incomodidad a no entender lo dicho sin que ello afecte en sustancia a mi pobre e ignorante fe. ¡Es tan fuerte y sabia que resiste a esas características que la contradicen! De la fe nada sé. A lo sumo la supongo cual solución de este problema teológico creyendo que creo en sus dos letras como fundamento de la religiosidad. Concedo que todo esto es una joda. Pero infinitamente menor que no admitirla en cuanto tal. ¡Si hasta Cristo crucificado y perdonado clamó contra su padre –Eli, Eli, lama sabachtani- cómo no cesaría de hacerlo yo en mi crucecita de hombre y mesías! Aceptar el absurdo planteado por Lucas sobre le fe es inherente a ésta.
 
Enseguida allí mismo leo: “Pero el que blasfema contra el Espíritu Santo no se le perdonará”. Conste. Es la única vez en el Nuevo Testamento que Cristo declara algo imperdonable. Sí, exactamente la única. Vale tener en cuenta esto. Yo puedo putear a la Santa María Virgen y ser perdonado. A Hijo. Al Padre. Pero al Espíritu Santo no. El Padre no sería de este modo tan infinitamente misericordioso como lo declara la infalible (por dogma) dogmática católica. Su misericordia es sólo casi infinita. Limita en el Espíritu Santo. A éste se lo puede tocar con el pétalo de una rosa pero putear no. Si lo hago, soy imperdonable. Mas ¿quién chucha es él? Ni idea. Se me figura una especie de alma de Dios que uniendo subordina y une -si sigo a Lucas- al Padre y al Hijo, estableciendo así a la Santísima Trinidad, por qué no euclidiana, equilátera o piramidal, por ejemplo. Pero todo esto en mi miseria intelectual me parece más una sarta de huevadas cabalísticas que una incitación poética al Amor como quintaesencia del cristianismo. Por incomprensión y cobarde prudencia ante el castigo no blasfemo consecuentemente contra el Espíritu Santo. Pero al no creer dado lo dicho en la aludida frase evangélica y creyendo sí en la infinita misericordia divina que TODO  perdona, como ergo al mismo tiempo por fe incluso en el sentido del humor que Dios ha comprobado con gracia en su Creación llevadera a la capacidad de joderlo valientemente un poco, blasfemo contra el Paráclito. Blasfemo, imperdonable, condenado a esta vida, no por ensañamiento sino por blasfemar. ¿Por qué? Como dice un niño -soy como niño, Jesús- “porque sí”.  Mi blasfemia carece de justificación y de contenido. Claro, puedo decir “Espíritu Santo huevón” pero no me lo imagino con huevas ni que tenerlas sea materia de injuria. No se me ocurre cómo blasfemar de verdad en esto. Quizás el Demonio pueda ayudarme. Pero no lo hace. Contra él blasfemo por tanto de todo corazón. Maldito eres. Capaz que así, insultado, por venganza me ayude a blasfemar verazmente contra el Paráclito. Pero no creo. Sucede que me siento amigo de la Trinidad y para qué decir de la Virgen. Sonreímos juntos. Cuánto me han ayudado. Hasta el comienzo de la resurrección. Alegre es pensarlo. Gracias no obstante todo a Lucas, nombre también de mi nieto mayor. Vive en Francia con sus padres y hermanos. Son fruto del exilio. Injusto. Magnífico. Gracias al Espíritu Santo doy por si las moscas para hacerme perdonar de no sé qué, salvo pecadillos, como haberme hecho la paja antes “pecado mortal” según los Doctores de la Ley en sus sinagogas condecoradas de trivial lujo. A este propósito, se me viene una anécdota. Mi papá muerto hace casi un año tenía un director espiritual: Jorge Gómez Ugarte, quien lo llamaba no “escrupuloso” sino “escrupuleso”. Sospechando onanismo por mi adolescencia aún virginal me llevó donde el cura. Solos los dos, me preguntó sin sorprenderme si yo me masturbaba. Respondí sin chistar que sí. Y entonces sí me asombré: “No importa. Pero no lo hagas mucho. Porque hay mejor”. Pensé feliz, al fin un cura inteligente. Nunca podré olvidar ese día. Nada me inquirió el papá. Murió. Está aquí.
 
Y finalmente leo hoy dirigido a nosotros engreídos hombres de buena voluntad: “Cuando los lleven a las sinagogas no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir porque el Espíritu Santo en ese momento se lo enseñará”. Esta frase es estupenda. Un concepto similar y reiterado se halla en el Evangelio. Desde luego, en el plano estrictamente científico, pone en alto valor y con plena razón a la improvisación cercana a la libertad y a la confianza. El estúpido positivismo “racionalista” de quien Comte ha sido transformado en prototipo carece de valía hoy pero pudo tenerla en parte durante su vida por el efecto de los cristianismos católico, luterano y calvinista, adictos a un espiritualismo contrario a toda reflexión medianamente pensante, heredado esto por lo menos de Aristóteles y de su seguidor el “santo” aquiniano, herético aristotelizador del cristianismo; más otros incluso hasta hoy, destructores eficaces de la Iglesia y “doctores de la Ley”, ignorantes, pedantes, soberbios. Son la Jerarquía, esa misma que mató sin un susurro en complicidad con la mafia siciliana y “suiza” a Juan Pablo I; ésa del celibato obligatorio como escuela de precoz homosexualidad y de tardía pedofilia debida a una infantilización tardía de le la gimnasia sexual; ésa a quien pertenezco. Etc.: ebria de sermones insulsos, dineros del culto, “raza de víboras” con el perdón de las víboras. Con excepciones, claro está. Menos mal. “Ver para creer” fue prematuro positivismo. “Dichosos quienes crean sin ver” ES ciencia incluyente de valores como por ejemplo la prudente improvisación. Gran lección hallamos aquí en Lucas. No se inventa por normativa metodología dictada por Doctores que no valen ni una mierda salvo por su bolsillo y sus condecoraciones sobre alfombras rojas de las cuales tampoco se sustraen reaccionarios de moral despótica, ateos o agnósticos… con excepciones. Pero volvamos a la segunda parte de la frase, Improvisemos como núcleo de la ciencia moderna, modernicémonos con prudencia, respetemos el medio ambiente, amémonos, etc., pero sin otro programa que aquél que nos enseña el Espíritu Santo. Pues sería según Lucas de hoy el mismo Paráclito quien nos lo enseña. Dicho de otro modo más conciso, el E.S. es en la parabólica trinidad divina la fuente de nuestro posible y libre aprendizaje. Él ENSEÑA. Dios uno y trino como movimiento que trino y uno es, es enseñanza sólo amorosa en la práctica de la vida. Perdona todo. Pero no que cometamos la única y verdadera blasfemia. Ella es sencilla y horrible, No consiste en decir huevón al E.S. Reside en negarnos a la disposición al amor. Y aquí sí se explica que la blasfemia mencionada sea imperdonable. Pues Dios uno y trino, por amor parabólico, se endemoniaría si aceptase la imposibilidad en el ser mismo de su trascendencia. Ni del Diablo lo admitiría: éste no existiría sin la libertad dada en amor por Él. ¿Beaterias mías? ¿Diabluras retóricas? Francamente, no sin contradicciones, creo a fin de cuentas que no. Y creo que suyas tampoco. Por lo menos a fin de cuentas. Ojalá antes.
 
Espíritu Santo, te digo huevón, por saber a toda esta inhumana humanidad. No releo.

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