Obra maestra de Los Cinco Latinos.

 

 

-         Dímelo.

-         Qué.

-         Eso que ocultas.

-         No quiero hablar.

-         Claro, estás cansado.

-         Para qué quieres saber cosas que dañan.

-         Has admitido indirectamente que escondes algo.

-         ¿Tú acaso nada?

-         Nada.

-         Mientes.

-         Dímelo.

-         Él me llamó hoy. Quiere verme.

-         Qué le dijiste.

-         OK.

-         Para qué. Es un hijo de puta y como bien le expresaste un maricón. Yo jamás lo recibiría.

-         Yo sí. Pero no actuaré de reconciliador.

-         Sé concreto.

-         Es todo. No le tengo odio. Le falta su padre.

-         Tonto, todavía crees. ¡Engañó a nuestra hija durante meses estando embarazada!

-         Lo adiviné antes que nadie y hablé, ella no me creyó, luego todo salió a la luz.

-         Ya sé que nada puedo reprocharte en todo esto.

-         El hecho es que se han separado y cada día ella se halla mejor, ya tranquila.

-         Gracias a mí.

-         Sí, todo lo bueno es siempre gracias a ti.

-         ¿Cómo te pareció él en el teléfono?

-         Sufre.

-         ¡Que sufra!

-         No se trata de eso.

-         ¿De qué se trata?

-         No sé. Tú me fuiste infiel, yo te fui infiel.

-         Y el matrimonio se fue a la mierda.

-         Por ahora. Seguimos casados. Dijiste hace poco que me amas y yo te amo.

-         Eso no significa vivir juntos.

-         No. Tampoco significa negarse a que ello pueda ocurrir otra vez.

-         ¡Jamás!, ¡qué lata!

-         La infidelidad es una idiotez que por debilidad resulta a veces inevitable.

-         Las razones masculinas se encuentran en el pico.

-         Las femeninas en la necesidad de un sentimiento de poder.

-         Sí. Porque el marido aplasta.

-         Eso da lugar para una larga reflexión, más compleja.

-         ¡Dale tú con la complejidad!

-         Rectifícame entonces.

-         No me interesa.

-         Desviaste el tema relativo a nuestra hija.

-         Yo soy Marta, no María. Y no me importa ni un carajo en esto la opinión de tu Jesús.

-         Te pones violenta.

-         Me irritas.

-         Es la nada que te irrita.

-         Fuimos engañados.

-         Echa ahora la culpa a los curas.

-         Puede haber amor infiel.

-         Así es. Pero lo comprendes desde fuera, no en ti. La mujer sólo ama al dinero hecho descendencia.

-         No me agradaría tenerte otra vez en la cama.

-         Presuntuosa. Vé ahora donde nuestra hija.

 

Clic.