Considero que es un nombre hermoso. Sólo la había visto una vez. Ella era la inocencia. Cantaba. Sin duda virgen pero -mayor mérito- púber. Vestida de blanco. Yo estaba casado con cuatro hijos ya. Su imagen morena no se borró en mí. Un día yo escribía y de pronto entró: – ¡Filósofo! Reí. Se sentó en mis piernas. Sentí eso. Respiré hondo en disimulación. Me ocurrió lo que cualquiera mujer intuye y de antemano sabe. Por la puerta abierta entraban el sol y un magnolio en plena flor. No la besé. No la toqué. Pero le dije, pecador: “te invito a almorzar mañana”; con media intención por cierto. – De acuerdo. Comimos. Le dije que quería acostarme con ella. ¿Lo quería yo? Sí. Se sonrojó antes de aceptar de inmediato. Yo debía partir en pocos días más con toda la familia a Francia. Cecilia y yo fuimos a un lugar adecuado. Fui dulce. La sangre sabía a sangría en la sabana de las piernas. Nada le dolió. Estaba feliz. Varias veces hicimos lo mismo con varianzas matemáticas de los cuerpos. Ella se había enamorado de mí. Me escribió una carta conmovedora que en diagonal leí debido a la proximidad de Francia. Se la restituí con el pretexto hipócrita aunque fiel de que la belleza de sus palabras sólo podía quedar para ella. Cecilia no ignoraba mi inminente partida en primera clase, VIP, como corresponde. Y los seis nos fuimos. Como es lógico, nunca le escribí: ¿para qué, si iba a vivir allá cuatro años?, sólo despertaría dolor. Pero, después lo supe, igual se ofendió. No me escribió. Jamás me ofendí. Los hombres no amamos. Las mujeres sí. Son la posesión insatisfecha o, si satisfecha, cruel. Pero no Cecilia. Años después la reencontré. Había tenido un hijo de no sé quién, no mío por las fechas, sin que yo sepa ella hubiese amado al progenitor, con cuya historia había ya terminado; mas empezado otra, sin mí. En un grupo nos encontramos un día. Alguien propuso el estúpido juego de “la verdad”. Me tocó Cecilia. Pregunté ante su novio: “¿de verdad la verdad?” – Sí. – Bien. Y la dije en términos llenos de amor. Amo a Cecilia. El amor se dispersa pero no se apaga. Yo ya estaba separado de mi esposa. El novio de Cecilia se enfadó hasta tal punto conmigo, no con ella, que comprendí su homosexualidad. Creo haber hecho un favor a esta mujer. Rompió. Hace unos días me llamó. Rompí no por ella desde mi lado. Hoy la llamé. “No puedo ir ahora”. – Necesito compañía. – Tengo que trabajar. – No temas, conversaremos. – Veré si puedo. – Si no “puedes”, publicaré esto bajo tu exacto y completo nombre. – Sería un honor. – No. Ven. Es lo que quieres. -