Yo debo escribir aquí. No sé a quién o para qué. Ni qué. ¿Por qué? Uds. conocen la respuesta a esta pregunta. Sí, es por eso. Exactamente por eso. No vale pues la pena decirlo. Todos lo sabemos. Cambio de tema. Estoy solo acompañado por números. Llegan de visita. Son perezosos, tolerantes, miedosos. Se nutren a deshoras con letras irrelevantes que les bastan para subsistir en cuanto tales. Sólo es válido el amor. Sin mentira. Con fallas, pase. Pero tampoco se trata de un inocente amor linfático de palabrería insulsa. No. Yo no sé de qué se trata el amor. Sin embargo, curiosamente, amo. Ya no son necesarios besos o penetraciones. No goces. No versos. El cerebro cierra los ojos. Hormiguea. Está tibio y gris. Hubo el tiempo de la risa, de la esperanza y del ensueño. Ya no. Es historia terminada, salvo por recuerdo recurrente hasta el presente y por qué no hasta mañana, qué importa el mañana. Antes de aquel tiempo adolescente e incluso infantil hubo la resignación al nacimiento y a la vida. Te incorporaste al lenguaje. Aprendiste a caminar. Entreveías sin curiosidad a la ciudad ya preconcebida con exactitud. La arquitectura era evidente. El camino de la sorpresa ya salía repetido. No podías volver atrás. Sí, podías, pero era semejante a seguir adelante: el instante de la muerte será un proceso. Hubo después el tiempo del deber hacer. Cumplías tan bien que se te humillaba para situarte como ser normal. Nadie es normal. Pero hasta cierto punto el ser es normalizado. La amenaza interiorizada del castigo florece cual primaveral desafío, has de tener éxito civil contrariando tu vocación sencilla de paz. Bebes la hiel de la victoria cuaresmal. Llegan incluso hijos. ¿Qué era el amor? Ah, la vida era el deber. Quien debe paga. Pagas. Cobras. Empieza una fatiga. En algo te aventuras. No sirve. Daña. Te daña hasta siempre. El perdón no perdona. Llegas a la conclusión que todo había sido una equivocación y se lo dices. Hubo entonces el tiempo de tu soledad en el cual vives. Es una soledad sólo material. Luego del llanto aparece la serenidad. Ya no estás para pasiones. Apagas la música y la televisión, como asimismo el computador. Te aletargas. Los hijos no son un motivo de preocupación. Están grandes. Hay nietos. Los ves. Y no los ves. Pero los ves. Oye. Te reconocen. Te aman. Es gracias a tu teatro de vaudeville made in Chile. No sé qué he escrito. Escribí durmiendo. Rara vez pasa algo así. Tendré que poner un título a esto. No comprendo. Cómo puede ser que uno escriba dormido. ¿O estoy siempre dormido? ¿Ahora también? ¡Díganme Uds.! Sirvan para algo al menos. ¿Y qué pasa con el título? Bueno, ya veré sin releer porque todos mis escritos razonablemente me aburren. Ignoro cómo tanta gente acude para leer mis leseras. Yo no encuentro a éstas sentido. ¿Cantemos? “Éstas son cosas que pasan, y, es la vida que después dirá”. Estoy solo. Ella se enojó hace dos días. Me da risa. Necesito a una mujer. Joder, hostias. Bueno, dejo el resto de los garabatos aquí. Las mujeres desconocen la autocrítica. Así con su “liberación” actual se van autodestruyendo como amantes, lo cual les importa un huevo, pero atención, también como madres, pues, nótenlo mijitas, los pendejos se están aburriendo de su autoritarismo “libre”; sin hablar como he dicho de los guatones huevones, oVio. Ellos ya han dimitido. Los hombres se cansaron de Vuestras Mercedes. Las tasas de natalidad bajan. ¿No se preguntan Uds. por qué? ¿Saben que el maltrato familiar en el mundo es mayor desde el sexo débil que del mío? La hembra no teme golpear al hijo o al marido borracho por ser ésta su única puerta de escape tras su precario trabajo. Señoras: no seáis tontas, un conservadurismo os es de rigor y placentero. Preparad carbonada. Sed fieles. No embolonéis la perdiz. Cuidad vuestro cuerpo sin mucho maquillaje. Orad al Señor. Cumplid vuestro deber conyugal. Amad. Puta que son huevonas estas minas, no cachan nada. Se me echó a perder la televisión, parece. Y qué. Nada. Se me están enfriando los dedos. Mala cueva. Las beso. No, son muchas. Me dejo besar. Copucheen. Yo escribí durmiendo. ¡Y qué hago con el título, título de qué! Será al lote, no me ayudan, voy arriba.