No me atrevo a escribir esto que vendría.

¿No me atrevo? Justamente, porque no me atrevo, sí me atrevo, interese o no, suscite burla o no. A estas alturas ya poco me importa, como a Uds. consta, el qué dirán. Pero, osándolo, es, con toda sinceridad, sin afán narcisista de deshago: para esto tengo a Dios. Y además nadie tengo quien me escriba; un poco como acaecía a aquel triste coronel colombiano, ¿recuerda Ud.?, ¡sí, cómo no va conservarlo en su paquidérmica memoria, conducente al cementerio de los elefantes en extinción!

Es por creer que, con diferencias por cierto, la humanidad comparte desde sus individuos mucho más de lo calculado, que una comunicación veraz podría ser benéfica. Pues de nada vale un cálculo sin convicción, tanto menos cuanto faltando ésta aquél no existe (cf. en A.I. “Poesía de la incertidumbre” en mi discusión del principio matemático de la identidad: “a = a”). De este punto de vista, no considero intrínsecamente perverso el anhelo inclinado a hacer algún bien, por contradictorio que éste sea, aunque el camino del infierno estuviere pavimentado de buenas intenciones, cual dudo.

No daré la lata. No seré exhaustivo ni analítico, sino más bien impresionista. Siempre he admirado en este arte, y no sólo en éste, su invitación a imaginar; ojalá haya algo aquí. No escribiré cosas demasiado obvias pero si vivas, usuales. Utilizaré por franqueza la primera persona del singular. Prefiero tal procedimiento en el presente caso a la pretensión de generalizar hacia otras personas algo que puede no interpretarlas y, con todo derecho, causarles simple extrañeza.

Daré únicamente dos pasos, el primero dedicado a indicar qué me provoca odiar esta vida, y el otro a qué me hace amarla. No me sorprendería que por allí apareciesen algunos encuentros entre “bien” y “mal”. No habrá en el listado un orden alfabético, por ejemplo, ni menos aún de importancia cualitativa: vamos, pues, al lote. Dios dirá. Si se preocupa de trivialidades como saber cuántos pelos restan en la cabeza de Ud., nos orientará aquí, es seguro, con su sagrado corazón. Es en parte por esto que no numeraré los párrafos. Las síntesis son de Uds. Esbribiré brevemente ahora. Pero proseguiré después si en el ínter tanto hallo motivaciones vuestras para ello.

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1

Me cargan los garabatos y el descuido en el lenguaje digno de mejor causa por su historia ojalá abierta con prudencia a indispensables evoluciones donde incluso escasos neologismos se abran paso. Así, en castellano existe la palabra seductor. En Francia también. Pero además hay -acá no- seduciente, tan distinta en su significado. En el personal opto por alguien seduciente que seductor. Ya expliqué esto antes en A.I. y no lo repetiré por seductora gentileza literaria.

Me desagrada Dalila, mujer de Sansón. Días atrás leí que un estudio llevado a cabo en numerosos países muestra a las mujeres más adictas al maltrato de sus hombres que viceversa, como asimismo de los niños. Hay mucha hipocresía en esto. Es “progresista”. Las señoras gritan a grito pelado en un juzgado por unos pesos mientras que ellos ocultan desde luego a ellas, por orgullo machista, su humillante dedo quebrado. Estamos ante un tabú incalificable.

No soporto los griteríos caseros o callejeros, al igual que otras formas peores de violencia.

(Suprimo los verbos de negación).

Mis hijos ya grandes y despreocupados de mí: figuran a la familia que hemos formado.

Los ademanes sacerdotales.

La pompa eclesiástica comenzando por la vestimenta (de los calzoncillos no sé).

La pedofilia, la violación, la sodomía.

La charlatanería hueca de los políticos.

Los economistas creyéndose sabios por sus siglas, sin saber nada.

La Bolsa.

Los Bancos.

La galantería cursi del hombre en la clase media chilena.

Abrir cartas impersonales.

Herir por ironía o abuso intelectual.

Pensar constantemente en la muerte.

Estar a veces convencido que nada valioso he hecho de mi vida.

Los asados familiares y su ambiente donde todo el mundo habla sin que nadie escuche a nadie entre otras razones porque se hablan puras estupideces.

Rezar el Rosario.

Sufrir por África.

Quejarse por lo que sea.

Caminara pie pelado sobre la arena ardiente.

El “hazacho”, “caña” o “pálida”.

Ser mandado.

Las chivas superficiales del virus y de la crisis mundial.

El pánico.

Tener coito sin deseo.

Los médicos negociantes y torpes es decir casi todos.

Los parlamentarios Girardi, Ávila, Flores, ex Schaulsohn, varios demos y aliancistas.

Los regalos de Navidad, el día de la secretaria, del jefe, en fin, todo eso.

Un mall.

La gente guatona.

Los pelados con peluca teñida.

Los aritos de lOs jóvenes.

La televisión.

El cine.

Ya los libros.

La poesía amanerada con o sin sus rimas o su métrica que perturban por su inexactitud posible la lectura. La poesía es en prosa. Mejor Coloane que la Mistral o Neruda.

La ópera.

Johan Strauss.

La cueca.

La vieja miserable sentada en la vereda.

Los cuchuflís blandungos con manjar en las puntas.

El árbol muerto.

El perro atropellado.

El mosquerío.

El barrio La Dehesa.

El cuiquerío sin plata que finge tenerla.

Echarme con esta edad (64) a una prostituta.

El condón.

El narcotráfico.

Defecar en baño público o aun en casa ajena.

Ya, viajar.

¿No estará suficiente lo anterior por ahora?

2

Me llena de felicidad encontrar a mis nietas y nietos.

Lo mismo sucede con mis padres aún vivos (1920, 1922) y hermanos.

Sin hablar de los hijos a quienes amo en cualquiera circunstancia.

“La consagración de la primavera”.

Algunos amigos, más amigas.

La noche estrellada.

La emoción a Dios.

Vivir acompañado.

Divagar solo.

Estudiar sorprendido.

Partes de la Biblia.

Ayudar.

Goya y Van Gogh.

Rembrandt y Dürer.

Bonifacio en Córcega.

Los ojos en la pintura de Leonardo.

El tremendo Moisés de Miguel Ángel.

Santiago de Chile.

París.

El paseo pausado y breve.

La escritura.

Mi pintura.

Jesús escribiendo qué, con el dedo en el suelo, ante la mujer adúltera.

“Otelo”.

Bernardo Leighton.

María y José.

“A cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades” (Marx).

Juan XXIII.

Mariano Puga.

Zamira Riffka.

Reír.

María Eugenia Vergara.

Haber sido arquero y amante del ping-pong, del salto alto, del bridge, del caballo, de los perros, los pájaros, los peces, la gente humilde, la sensatez no sin locuras, la aventura forestal, el silencio, la paz.

Haberme sumergido en grandes olas.

Atravesar océanos en grandes barcos.

Venecia en invierno.

El pueblo de San Javier yendo a Constitución.

El aroma nocturno del jazmín.

Las papas doradas con huevo frito bien hecho.

Las comidas francesa, española, italiana, griega y peruana.

La cazuela de campo, las empanadas de horno, el tomate de verano con ají verde, sal y aceite de oliva, las papayas, la chirimoya.

Estar contento.

Dejar este mundo tranquilo y sin tristeza de seres queridos, pues por egoísmo me gustará luego de un rato sentirlos bien.

Parece que está bueno por ahora.

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¿Sigue Ud.? Buendía. No. Buen día. Pero a propósito de esa falla ejercitaré sin trampa (dije que regalé los libros) la memoria:

“”Cuando se encontrare ante el pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía recordaría aquella tarde lejana en que su padre le llevó a tomar el conocimiento del hielo. (…) Los días de ahora pasan más rápido que los de antes. (…) Una generación condenada a cien años de soledad no tiene derecho a una segunda oportunidad”.

La 1ª frase es del narrador. La 2ª de Úrsula al medio del libro. Y la 3ª otra vez del narrador.

La primera encierra la clave de lo que va a representar en lingüística una epopeya. En efecto, esa oración encierra juntos dentro de sí, en siguiente orden, futuro “cuando se encontrare…”), presente (“el coronel…”) y pasado (“recordaría”). Esto puede ocurrir así de manera aun inconsciente. Pero comúnmente sucede de tal modo. Sin olvidar, claro, que la 1ª frase es la última escrita tras ¡la epopeya!: según Blaise Pascal -me repito en A.I.- “la última cosa que se sabe al hacer una obra es la que se debe poner en primer lugar” (cf. “Pensées”)…->

No releo, qué porquería, estoy durmiendo de día y despierto de noche. Si es que me hallo despierto. ¿O soñé estas líneas? ¿Se trasladaron por sí solas al computador? ¿Están en realidad aquí? ¿Existe A.I.? ¿Para qué, María del Paraná?