El alma en divinización tiende a un silencio. Lo hace comprendiendo no sin quiebre interior y exterior, si algo comprende, como en efecto ocurriría, que la palabra propiamente tal jamás alcanza a expresar aquella intuición de la infinitud no obstante viva en aquélla. Nunca a comunicar ni siquiera a sí misma la magnitud de su fe amorosa, contradicha, dolorosa, moribunda, renaciente, más feliz.

La vida es el milagro sin cuya esencia misteriosa ella no existiría. Imposible es para el ser humano descifrar el misterio del milagro. Su tentativa por lograrlo resulta invariablemente fracasada y desesperada o, por inercia desesperanzada, nihilista. Pero le ha sido dada en gracia más que eso. Y es una conciencia a menudo espontánea de la humildad inherente a la pobreza de nuestra fe, fuente de generosidad alegre, por tanto naturalmente perseverante, compasiva y fraternal en la tierra y ante la tierra.

El mal más que mal es error. De una antropocéntrica ignorancia humana sobre lo real, lo irreal, lo imaginable y lo inimaginable surgen nuestras pasiones más destructivas y autodestructivas, ésas que tornan inaccesible la paz, en ti, en mí. Sólo la oración poco locuaz y en lo posible practicada pero sin ostentación, que la apaga, es capaz de alzarnos a la misericordia divina y al reencuentro ayer, hoy y mañana con ella y con la buena voluntad.

No hallo ahora palabras complementarias que disminuyan la limitación de las anteriores. Entre vosotros, creyentes, fariseos, agnósticos, ateos, yo callo en esta noche, pues.

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